Aproximación fatal

12

Aquel recipiente contenía una bomba de tiempo, la simiente de todo un planeta que podría comenzar a desarrollarse en cualquier momento. El líquido no dejaba de golpear el cristal que lo mantenía cautivo. Temí que fuera a romperlo, porque algunas partes se habían solidificado e impactaban con suficiente violencia. Constituían pequeñas rocas que flotaban en un ámbito cada vez más tempestuoso. Vida, eso sentía yo en ese momento, que estaba observando un ser vivo que trataba de regresar al exterior, que sufría su cautiverio, y que no ignoraba que uno de nosotros lo había puesto en esa incómoda situación.

Me resultaba difícil dormir, o siquiera descansar, con ese tubo de ensayo en mi dormitorio, pero tampoco quería alejarme demasiado de él. Ahora que Peig también sabía de su existencia, me atormentaba la idea de que pudiera ingresar a mi casa sin que yo lo sepa y apropiarse de ese inquieto pedazo de planeta. Me sentía ahora impulsado a resguardarlo tanto de Neil como de Peig, lo cual duplicaba mi ansiedad y mi nerviosismo. Y esta necesidad de cercanía, aunque yo podía explicarla con diferentes argumentos, me hizo pensar en el comienzo mismo de toda esta pesadilla, en el momento en que aquel planeta me arrastró hacia él sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

¿No estaría ahora ejerciendo otra vez esa influencia, no ya dirigiéndola una nave espacial sino hacia mi propia mente, hacia lo único que en esas circunstancias aquel tentáculo invisible y hambriento de proximidad podía asir?

Porque no lo sentía en mi cuerpo, pero sí en mis pensamientos. De manera que a la segunda noche empezó a resultarme ya demasiado molesto. Me levanté de la cama y guardé el recipiente en un cajón. Ya no quería verlo ni escuchar ese tenue pero intimidante rumor que se volvía casa vez más contundente. Necesitaba alejarlo de mí y a la vez protegerlo. Desentenderme de él y, al mismo tiempo, procurar que nadie más sepa de su existencia. Así de turbios y contradictorios eran los sentimientos que se estaban apoderando de mí y que, además, parecían estar llevándome a una especie de obsesión o locura.

Por la mañana Neil se comunicó conmigo para averiguar si yo había tomado alguna decisión. Le dije que, en las últimas horas de la madrugada, el líquido se había evaporado sin dejar un solo rastro en el recipiente.

Neil se quedó callado durante un tiempo, pensando, y finalmente comentó:

- Bueno, esperemos que se haya ido para siempre. ¿Pero estás seguro de que desapareció por completo? Quiero ver el recipiente.

Le dije que podía pasar por mi casa cuando quisiera, considerando, obviamente, la posibilidad de comprar un tubo de ensayo idéntico a ése para completar mi engaño. Así que, apenas concluimos esa conversación, salí a las calles en busca de una tienda de instrumentos químicos.

Caminar por mi ciudad después de haber pasado un buen tiempo en otro planeta me resultó una experiencia casi onírica. Tenía la impresión de que soñaba, que esos edificios estaban dibujados en el imposible horizonte de mi propia imaginación, como si, para mi sorpresa, una parte de mí se hubiera aclimatado a ese otro planeta y ahora debiera aclimatarse, nuevamente, a la Tierra. Luego pensé que esta sensación podía deberse a ese mismo influjo extraño que yo sentía estar recibiendo, cuyo propósito podría ser el de convertirme en un habitante genuino de su territorio, hacerme sentir un extraño en mi propio planeta natal para despertar en mí la necesidad de volver a los lugares de donde logré escapar. Porque era evidente que aquel astro trató de retenernos, sin tener, en un principio, la intención de matarnos.

Sólo quería parecerse a la Tierra.

Tal era su ingenua y humilde aspiración.

Me preguntaba si Peig o Neil estaban sintiendo lo mismo, o si nuestra estadía en aquel planeta sólo a mí me había afectado de este modo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.