Contrario a lo que nos dictaba el instinto, nos separamos.
Si estaban cazándonos, no les daríamos la ventaja de tenernos a todos en un mismo sitio. Deambulé por las calles vacías, rodeando los grandes almacenes, preguntándome por qué ni siquiera veía a algún guardia. Supuse que quien sea la mente maestra detrás de esto tenía a varios humanos controlados. Me había alejado lo suficiente de la camioneta como para sentir la cautela en cada respiración que tomaba; sabía que había llegado a un punto crítico cuando un escalofrío me recorrió, advirtiéndome del peso de una mirada en mí.
Me estaban observando.
Extendí mi poder, buscando alguna mente o muro, si estaba lo suficientemente cerca lo sentiría, incluso si sólo saboreaba la restricción de su escudo. No tuve que ir muy lejos para sentirlo, la cosquilleante sensación de una mente ajena, y el inconfundible bloqueo de su escudo. No me dejaría pasar, no sin antes debilitarlo.
—No parece justo —canté en voz alta, mis manos jugando cerca de las cuchillas en mi cinturón —que puedas verme y yo no.
El viento susurrante fue mi única respuesta. Iba a hacerse el difícil. Bajé mi capa, dejando mi rostro cubierto a la vista y alejé las manos de mi cuerpo, dejándole creer que estaba desarmada.
—Y yo aquí pensando que podría tener un poco de diversión —canturreé, dando una vuelta en círculos, sabía que estaba en su mira, sólo tenía que presionar los botones correctos para que se dejara al descubierto —, pero veo que me tocó el eslabón débil del grupo. Quizás pueda ir con los demás y simplemente volver después, seguirás escondido en las sombras, ¿verdad? Como una buena niñita.
Un sonido detrás de mí fue toda la advertencia que tuve antes de que una explosión de dolor recorriera mi espalda, lanzándome varios metros hacia adelante. Caí sobre mis rodillas, raspando el material de mis pantalones hasta casi rasgarlos.
Mi hombro palpitaba como un hijo de puta mientras miraba sobre el mismo para encontrar una figura oscura de pie donde momentos antes había estado. Mi agresor medía al menos dos cabezas más y pesaba el doble. Supuse que me había derribado de una patada.
—¿Por la espalda? —escupí —¿en serio?
El gigante me lanzó una sonrisa oscura, el mensaje era claro. Iba a matarme.
Bueno, al menos lo iba a intentar.
Me enderecé, girando mi hombro comprobando que todo estaba en su sitio. Afortunadamente no parecía haber más daño que el dolor palpitante, sería una mierda pelear con el brazo fuera de lugar.
—Atacar a una dama por detrás —murmuré, enfrentándolo —¿no te enseñaron modales?
—Me enseñaron a matar monstruos como tú —escupió.
Alcé las cejas, fingiendo sorpresa.
—¿Monstruos como yo? Creo que estás confundiendo los papeles.
El gigante dio un paso amenazador, retrocedí con precaución, no quería estar en su rango de alcance si planeaba dar otra patada.
—Zombies —dijo, confundiéndome con su discurso —soldados sin cerebro. Fieles a lo que dice la Academia.
—Ah, ya lo entiendo —dije, retrocediendo otro paso, tenía que cambiar rápidamente de estrategia o acabaría acorralada entre su cuerpo y uno de los almacenes. No podía permitir eso, no ganaría si lograba someterme —¿te va todo eso del discurso revolucionario de no servir a nadie? Pues, prefiero ser leal a la Academia antes de vender a los míos a monstruos desalmados.
La sorpresa parpadeó en su oscura mirada, pero no tenía tiempo de sentarme a comprobar cada una de sus reacciones, aproveché ese segundo de distracción para actuar.
Y ataqué.
El golpe de mi magia apenas lo movió, demostrándome que estaba bien entrenado, necesitaría jugar bien mis cartas y no gastar mis energías en intentar vencerlo limpiamente. No era rival para él, la sonrisa en su rostro me lo dijo mientras se recuperaba de mi ataque.
—¿Eso es todo lo que tienes?
Ah, mierda. Se había puesto todo chulito.
—De hecho, esa sólo fue la distracción.
Antes de que pudiera entender mis palabras, saqué dos cuchillas del cinturón, lanzándolas en su dirección con una exhalación. Las hojas perforaron la carne a cada lado de su esternón, desafortunadamente no eran lo suficientemente profundas como para causar un daño verdadero.
Pero tenía que doler como una perra.
Sonreí cuando su grueso quejido me alcanzó, cayó sobre una de sus rodillas, una de sus manos alcanzando la cuchilla, para extraerla. Era ahora o nunca.
Corrí, lanzando todo mi peso en mi ataque, enrollé mi pierna en su cuello mientras me subía encima. De rodillas todavía parecía capaz de romperme con un movimiento de sus grandes manos, reforcé mi agarre, cortando su suministro de aire. Sólo hasta que estuviera inconsciente, entonces podía pedir a los demás que lo llevaran al coche, pero primero…
No vi el movimiento, pero sentí el dolor.
Un grito involuntario se me escapó mientras una quemadura se extendía por mi brazo derecho, abarcando todo mi antebrazo. Observé incrédula como una de mis propias cuchillas, las cuchillas de Lanka, escapaba de la herida abierta y sangrante.