Apsara

CAPÍTULO 13

No podía dormir.

No importa cuánto pesaran mis ojos. O cómo el frío helado se colaba en mis huesos, adormeciendo mis extremidades a un ritmo alarmante.

No debería dormirme.

Aunque, en secreto, fantaseaba con la idea de sucumbir al sueño; quizás borrando así todo el dolor.

Y había mucho de eso. Prácticamente podía saborearlo.

El dolor había sido la única constante en estos últimos, ¿qué? ¿días? ¿semanas? Me aterraba descubrir la respuesta. Había intentado llevar la cuenta con los vistazos de luz solar que lograba conseguir, pero incluso esos eran confusos. Adivinaba que algunos días los pasaba sumida en la inconciencia, demasiado herida como para mantenerme despierta.

Esos días eran los que más temía.

No es que hiciera alguna diferencia, el estar despierta. Los golpes seguirían llegando. Las manos maliciosas tocándome, torturándome. Las gruesas voces burlándose con cada amenaza, promesa, que hacían. Y sus rostros.

Sus rostros permanecían ocultos.

Ninguno había enseñado su rostro durante todo este tiempo que me habían mantenido cautiva. Ni siquiera podía darle un rostro al monstruo que acechaba. Había contado cinco de ellos, los reconocía por sus voces. Por sus toques.

Había uno especialmente cruel.

Era el peor de ellos, porque me había hecho creer que podía ayudarme a escapar. Me llevé una mano al rostro, hacia la zona palpitante en mi mandíbula. Podía sentir pequeñas protuberancias allí, donde mi rostro había impactado con los trozos de cristales rotos. Donde él me había empujado violentamente, riendo mientras me oía suplicar y sangrar.

Era por él que me obligaba a mantenerme despierta.

Lo había notado atentamente, cómo sus manos permanecían más tiempo que el resto sobre mí. Como su voz se engrosaba con cada uno de mis gemidos lastimeros. Estaba disfrutando de esto. De mi sufrimiento.

Lo excitaba.

Lloré mientras el miedo aceleró mis latidos, la oscuridad permanecía a mi alrededor en la helada estancia. Podía vislumbrar el plateado resplandor de la luna intentando colarse por las gruesas cortinas oscuras. Las ventanas estaban demasiado altas, fuera de mi alcance. Lo había intentado los primeros días, pero nada había sido de ayuda.

No había escapatoria.

Sollocé, pero incluso esa acción dolía, así que me obligué a calmarme mientras observaba mis manos en las penumbras. Mis uñas lucían sucias, algunas rotas en mis pobres intentos por defenderme. La sangre seca coronaba las puntas de mis dedos. Nada de eso importaba ahora, tenía que intentarlo otra vez.

Me concentré, imaginando una luz escapando de mis dedos, extendiéndose fuera de mi cuerpo. Obligándome a visualizarla, aunque sabía que no era real.

Pero la había visto.

Había escapado de mí mientras luchaba contra dos de ellos. Se habían pasado el día anterior en otra de sus visitas especiales. Me habían golpeado con puños y ´pies, mi cuerpo todavía palpitaba en algunos lugares que me obligaba a ignorar para no sucumbir ante el dolor. Había sido demasiado, en un momento había sospechado que podría morir a causa de la paliza.

Algo se había roto dentro de mí.

Y algo había escapado.

No sabía si ellos también lo habían notado, pero lo que vi me había dejado sin aliento, incluso en el dolor.

Hilos plateados y brillantes habían escapado de mis manos, como si mis uñas se extendieran en puntiagudas garras. Una sensación extraña se había instalado en mi pecho, expandiéndose lentamente, abarcando todo mi torso. Era como si intentara crear una barrera entre los golpes y mi carne. Los hilos se habían extendido un poco más, dirigiéndose a los cuerpos de pie frente a mí. Tan cerca de tocarlos. Si tan solo pudiera envolverlos en esos hilos…

Pero la paliza había terminado, y los hilos se desvanecieron junto con la extraña sensación, como si nunca hubieran existido en primer lugar.

No sabía lo que eran, ni cómo lo había conseguido. Pero tenía que intentarlo otra vez. Tenía que dominarlos.

No soportaría muchos días más. Había perdido la esperanza de ser encontrada hace mucho. Después de todo, ¿quién me buscaría? ¿las monjas? Ellas sólo sabían que había decidido buscar otra vida en la ciudad. No tenía a nadie en este mundo a quien le importara lo suficiente como para notar mi ausencia.

Tenía que salvarme a mí misma.

Gruñí, poniendo más fuerza en la idea. Recordé la forma y el color brillante de los hilos, los imaginé escapando de mis dedos, haciéndose más y más largos. No importa cuánto lo intentara, no parecía funcionar.

¿Qué era diferente hoy?

—Veo que estás despierta.

No. Esa voz.

Era él.

Me tensé mientras lo escuchaba acercarse. Pasó junto a mí y se detuvo junto a la chimenea que había notado el primer día. No importa cuánto me habían visto temblar y retorcerme, jamás la habían encendido.

Las llamas ardieron a la vida mientras la oscura y alta silueta se giraba de nuevo hacia mí. Su capa ocultando el resto de su rostro. No es como si no reconociera esa voz en cualquier lugar.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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