Apsara

CAPÍTULO 20

Bien podía tomarlo por sorpresa.

Corrí hacia él, estrellándome con su cuerpo de piedra, apretando los dientes ante el dolor del impacto. No había tiempo para lamer mis heridas. Afortunadamente, mi ataque lo había tomado por sorpresa, por lo que caímos sin miramientos sobre el manto de hojas y ramas secas, su protesta endulzando mis oídos.

Se encargó de borrar mi sonrisa rápidamente.

Nos giró, deslizando mi cuerpo bajo el suyo. Luché para quitármelo de encima, pero ya estaba alerta a todos mis movimientos, desgastando mi fuerza en mis intentos fallidos. Así no lo vencería.

Me concentré en mi magia, golpeando una ráfaga hacia él, me regocijé en su maldición mientras volaba lejos de mí. Salté en mis pies sin perder tiempo, reuniendo otro golpe de magia antes de que se recuperara, lanzándolo contra uno de los gruesos troncos secos.

—Tienes que estar bromeando —escupió, lanzándome una mirada incrédula.

Sonreí, encogiéndome de hombros.

Mantuve mis defensas alertas, no iba a tomarme por sorpresa otra vez.

—Escucha, claramente no nos presentamos correctamente. Pero no quiero hacerte daño —dijo mientras caminaba despreocupado hacia mí, ¿es que quería morir?

—Eso es una lástima —dije tranquilamente —porque yo estoy muy interesada en hacerte daño.

Antes de que pudiera responder, lancé una ráfaga de poder; desafortunadamente esta vez ya se lo veía venir y empujó la fuerza con un simple movimiento de su mano, como si fuese un insecto molesto. El terror recorrió mi cuerpo, eso…no era posible. Nadie podía hacer algo como eso.

—Hablemos, insisto.

Retrocedí mientras llamé a todo el poder que pude reunir, los esfuerzos por usar mi magia de esta forma ya estaban tomándome partido; no era lo mismo que dominar una mente; luchar de esta forma, usando mi magia como un arma primitiva, estaba desgastándome, y rápido.

—Luchemos —mordí el dolor que recorrió mi brazo, mi herida se había golpeado al caer al suelo, los puntos rompiéndose por la lucha —insisto.

Dejé escapar el poder, quemando mis venas mientras escapaba de mí. Jamás había intentado un movimiento tan arriesgado, estaría pagando el precio más temprano que tarde. La ráfaga ni siquiera lo alcanzó, alzó sus manos frente a él, como si el simple gesto lograra controlar un choque de poder que dejaría frito a cualquier humano. Sabía que había cometido un error en ese instante.

Sus ojos brillaron, la plata fundiéndose en algo líquido y pesado como el mercurio. Mi aliento se atascó cuando esos ojos sobrenaturales se posaron en mí.

—Si insistes.

Mi maldición se interrumpió mientras la ráfaga de poder me golpeaba, lanzándome contra un montón de hojas, el colchón apenas amortiguando mi caída. Gemí cuando intenté incorporarme, mi brazo tembló y una molesta lágrima escapó. Mierda, dolía muchísimo.

—Estás herida.

Me eché hacia atrás al notar que no sólo se había acercado sigilosamente, sino que se encontraba de rodillas junto a mí. Su mano alcanzando con increíble acierto el brazo herido, había una extraña gentileza en su toque.

—Por supuesto que estoy herida —escupí —me golpeaste con magia, debería estar muerta.

Me sorprendía no estarlo, a decir verdad.

—Primero, tú me golpeaste a mí, ibas a hacerlo de nuevo. Tenía que detenerte —quitó la tela de la camiseta que se interponía en su estudio de mi herida —. Segundo, no iba a lastimarte de verdad, quité la mayor parte del poder para que sólo fuera un vientito soplándote lejos, incluso te empujé hacia un montón de hojas para que tu aterrizaje fuera leve —finalmente llegó a la venda, que como adivinaba se encontraba manchada por la sangre que escapaba de mi herida maltratada —. Y tercero, a Baz le agradas. Y él es un experto en juzgar a las personas. Si le agradas a Baz, me agradas a mí. No lastimo a la gente que me agrada.

Puede que me haya golpeado la cabeza al caer.

—¿Baz? —pregunté confundida —¿el búho?

Asintió sin dejar de examinar mi brazo, sus dedos hicieron un rápido trabajo apartando la venda. Hice una mueca ante la molestia.

—Así es, Baz es muy bueno juzgando a la gente. Tienes suerte de agradarle.

Tenía miedo de preguntar.

—¿Qué hubiera sucedido si no le hubiera agradado?

Sus ojos plateados brillaron con una burla secreta.

—Te hubiera sacado los ojos —se encogió de hombros, restándole importancia —o arañado la mierda fuera de ti, nunca se sabe con él. Tiene mucho temperamento.

Mierda santa. Definitivamente iba a cuidarme de los pájaros de ahora en adelante.

Los ojos plateados bajaron hacia mi herida, aparentemente demasiado concentrado en su tarea como para prestarme atención. Miré con curiosidad la cima de su cabeza, sería posible que…

Extendí mi magia hasta rodearlo, su cuerpo brillaba en mi mente, totalmente envuelto por mi poder. Pero no había nada allí, ninguna mente por alcanzar. Sólo un vacío silencioso.

—¿Qué eres? —susurré.

Su mano se tensó contra mi piel, la única señal de que escuchó mis palabras. Su frente se frunció como si estuviera concentrado en su tarea, las cejas más oscuras casi uniéndose con la mueca. Sentí un viento gélido recorrer mi brazo, poniéndome la piel de gallina, acercándose a mi herida. Intenté apartarme, pero su control era irrompible. La sensación helada toco mi carne, como miles de pequeñas agujas clavándose al mismo tiempo. Grité, luchando por escapar, pero no me dejó ir. El dolor duró unos minutos hasta desvanecerse.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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