Alec fue el primero en encontrarme. Sus ojos me recorrieron a la distancia, como si necesitara asegurarse que me encontraba en una sola pieza. Redujo nuestra distancia a un paso mientras su mano se extendía y sus dedos encontraban mi mano, aferrándose como si el único pensamiento que hubiera rondado en su mente desde que nos separamos había sido encontrarme nuevamente.
Moví mi peso de un pie al otro sin saber muy bien cómo actuar con mi superior después de habernos despedido con un beso para nada profesional. Afortunadamente, el sonido de pasos acercándose nos obligó a separarnos, manteniendo las apariencias.
Park y Will nos saludaron mientras se unían a la pequeña reunión, había pequeñas hojas secas aferradas a los mechones azules de Park, alcé mis cejas en pregunta. Will intentó esconder su sonrisa y falló.
—Tenemos a una —explicó Park sin dar detalles, sus ojos conocedores fueron de Alec a mí, entonces otra vez a Alec.
—¿Cómo se tomó Nuvis la inesperada visita?
Sentí la tensión escapar del cuerpo de Alec, incluso con la distancia prudencial entre nosotros, algún día descubriría la razón detrás, me prometí, aunque no fuera de mi maldita incumbencia.
—No me recibió —dijo Alec, la tensión abandonándolo poco a poco, como si hubiera sido una buena cosa el no haberse encontrado con su padre —Nuvis decidió unirse a los durmientes.
Park alzó las cejas, sorprendido. Miré a todos comprendiendo que era la única sin entender el mensaje oculto.
—¿Los durmientes?
Park fue quien respondió mi pregunta.
—Las deidades son lo más cercano que existe a seres inmortales —explicó —al parecer tener vidas tan longevas puede llegar a ser…aburrido. Llega un punto en el que deciden por voluntad propia someterse a un sueño profundo que puede durar hasta siglos. Durmientes es una forma de referirnos a esas deidades que decidieron sucumbir al sueño indefinido.
—Entonces —comencé, sin saber muy bien cómo preguntar lo siguiente —¿no hay forma de matar a una deidad?
Tres pares de ojos me clavaron en mi sitio. El nerviosismo se apoderó de mi cuerpo, la necesidad de retroceder al escrutinio era fuerte, pero me mantuve en mi lugar.
—No exactamente —respondió Will, apiadándose de mi alma —, quiero decir debe existir alguna forma, pero son tan poderosos que bien podrías firmar tu sentencia de muerte al intentarlo.
Pensé en la deidad de ojos plateados, lo ingenua que debí parecerle al intentar luchar, lo fácil que le resultó dominarme y tenerme a sus pies…y la forma en que se sintió su poder al sanarme.
Park se acercó rápidamente, sorprendiéndome, y sujetó mi brazo, ahora sanado. Empujó la tela de mi camiseta lejos mientras enseñaba a todos la piel pulcramente curada, apenas quedaba pequeñas manchas de sangre alrededor, donde la venda se había ensuciado; mis mejillas ardieron al recordar su lengua limpiando la mayor parte de la sangre sobre la zona de la herida.
Park alzó las cejas, desapareciendo detrás de los mechones azules cayendo en su frente, claramente había atrapado el pensamiento del recuerdo.
—Bueno…
—Cállate —el calor aumentó, bajando por mi cuello.
Will no apartó sus ojos de mi brazo.
—Espera, ¿cómo…?
Abrí la boca para explicarles, pero Park fue más rápido.
—Al parecer nuestra querida Marin tuvo un encuentro…interesante. Con una deidad.
Todos se tensaron, incluso Park aunque su rostro demostraba una falsa burla. Y lo comprendía. No había nada de gracioso en intentar asesinar a una deidad; todavía no entendía por qué no me había matado cuando lo lancé contra un maldito tronco.
—Mierda.
Park seguía husmeando donde no era bienvenido.
Alejé mi brazo de su agarre, retrocediendo. Sus ojos todavía se hallaban en mí, pero la furia había reemplazado rápidamente el nerviosismo. Afortunadamente.
—Sal. De. Mi. Cabeza.
Park negó, acercándose otro paso. Al parecer no le importaba una mierda lo cerca que estaba de comer hojas secas y tierra.
—No hay tiempo para lucir cohibida —se quejó, como si mi privacidad no importara —. Atacaste a una deidad. Luchaste con él, ¿y todo lo que hizo fue sanarte? Sí, bueno, no me lo creo.
Cerré mi mente tanto como pude, aunque sabía que mis escudos eran inútiles ahora mismo. Comencé a cantar la canción favorita de Mason, la letra extrovertida reemplazando cualquier pensamiento en mi mente.
—Lindo —murmuró Park, para nada sorprendido.
Lo ignoré. Negándome a pensar en la deidad y nuestro encuentro. Necesitaba olvidarme de lo sucedido, no podía…
—¿Si sabes que al decirte “no debo pensar en eso” sólo piensas aún más en ello?
Lancé una mirada irritada hacia Park, la burla brillaba en sus ojos.
Alec nos interrumpió.
—Marin, ¿qué sucedió?
Suspiré, no había duda del tono autoritario en su orden, cualquier rastro de nuestra intimidad olvidada.