Apsara

CAPÍTULO 23

Me dirigí a los salones de clases en busca de la profesora Berlín. La anciana se encargaba de enseñar a crear y reforzar nuestros escudos, proteger nuestras mentes de la intrusión no deseada.

Las bóvedas de crucería me dieron la bienvenida mientras atravesaba la gran puerta de madera; el aspecto medieval de las instalaciones era una burla en comparación a la tecnología de los instrumentos.

El sonido de libros cayéndose me guio hasta encontrarme con la mujer. La anciana se encontraba encorvada sobre una pila de escrituras antiguas, en lenguas que ni siquiera podía identificar. A pesar del aspecto frágil de la profesora, sabía de primera mano que era sólo una máscara para lo que se escondía detrás, un gran poder tan antiguo como las propias páginas amarillentas acumuladas en sus arrugadas manos.

Nadie sabía la edad exacta de la profesora Berlín, y eso sólo evidenciaba que era mucho más longeva de lo que aparentaba. Mientras me preparaba en mis años de formación, ella había sido mi profesora favorita. Un insulto en alemán resonó en la polvorienta habitación, haciéndome sonreír en silencio. No había sido el mérito por su cariñosa personalidad.

—Señorita Berlín.

Mi voz causó otro sobresalto en el tembloroso cuerpo, la canosa cabeza se alzó hasta reconocerme de pie a poca distancia; las cejas cobrizas arrugándose en un intento de reconocerme.

Ouch, mucho para mi ego.

—¡Oh, Marin, querida! ¡Eres tú!

Mantuve la sonrisa en mi rostro mientras me acercaba y le ayudaba a terminar de recoger las hojas sueltas, algunas palabras en alemán me recordaron las clases de defensa y tuve que tragarme la nostalgia del recuerdo mientras las acomodaba sobre el polvoriento escritorio. Una parte de mí añoraba esos tiempos, cuando me sentía segura dentro de estos muros de piedra, cuando el mundo real era sólo un tormentoso recuerdo lejano al cual no esperaba regresar. Pero lo hice, eventualmente. Y nunca volví a sentirme segura después de eso.

—No te había visto por estos salones en mucho tiempo, jovencita —dijo medio en broma, medio en regaño —. Déjame observarte mejor.

Me quedé incómodamente de pie dejándole hacer precisamente eso, observarme. El nerviosismo que me invadió no tenía sentido, quiero decir, casi parecía que una parte de mí buscaba la aprobación de esta mujer, a quien no había visitado en años. Supongo que las secuelas del abandono seguían allí.

La profesora hizo un ruido de aprobación desde el fondo de su garganta, era vergonzoso la satisfacción que sentí.

—Te has convertido en una mujer muy hermosa, lo noto —alcé mis cejas preguntándome cómo podía notar tal cosa con mi velo en su lugar, pero no objeté —. También veo que tus escudos están altos y fuertes en su lugar, muy bien. Y tu poder…

Su voz se silenció mientras su ceño se arrugaba, la incertidumbre me atacó desprevenida.

—¿Sucede algo con mi poder?

—Yo…no estoy segura. Siempre noté que había un gran poder allí, mayor al que demostrabas. Incluso mayor al que tú misma reconocías, me atrevo a decir; pero ahora…

El pánico se instaló en mi pecho.

—Ahora veo algo más, querida. Algo que no debería estar allí. Burbujeando bajo la superficie.

—¿Es algo…malo?

Los ojos cristalinos de la profesora se encontraron con los míos, el color casi blanquecino de una tempestad helada, la fuente de su poder. La preocupación en su envejecida mirada sólo me mantuvo alerta.

—No estoy segura, querida —admitió —sólo sé que no debería estar allí. Casi parece como si estuviera…

—¿Cómo si estuviera qué?

—Esperando.

Las palabras casi premonitorias de la profesora me persiguieron por los pasillos de la Academia por el resto del día. Afortunadamente logré fingir una calma que no sentía mientras le preguntaba sobre los progresos de Zoe y Lanka, la razón por la que la había buscado en primer lugar.

Sentí alivio al escuchar que ambas estaban progresando positivamente, Lanka había reforzado sus escudos y en cualquier momento volvería a asumir misiones al exterior. Zoe por su parte se había integrado por completo a su nueva realidad.

La había encontrado a la hora del almuerzo, la avisté de lejos en la cafetería, rodeada de su propio séquito como si ya formara parte de este lugar. Iba a alejarme antes que me notara pero su voz me detuvo mientras salía del recinto.

—¡Marin!

Me giré, sorprendida al verla corriendo a mi encuentro, una sonrisa entrañable en su rostro. Como si se alegrara de verme, como si fuéramos amigas.

—Hola, lo siento por llamarte así, vi que te ibas y yo sólo… —se movió de un pie a otro, como si recién cayera en cuenta que me había saludado como viejas amigas —. Sólo quería saludarte, no te he visto desde… bueno, ya sabes. Quería saber cómo estabas y…darte las gracias.

La sorpresa me robó cualquier respuesta que pudiera tener.

—Yo…sé lo que hiciste, por mí. La forma en que luchaste esa noche. Lo recuerdo todo —las lágrimas brillaron en su mirada —. Quería agradecerte por haberme salvado.

Tragué.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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