Apsara

CAPÍTULO 25

La chica me observaba en silencio.

Tragué nerviosamente mientras mi mirada volvía a dirigirse hacia la única puerta de la habitación. Las paredes de tosca piedra incrementaban la sensación de encierro absoluto, me pregunté cómo hacía para soportarlo.

Hombres habían sucumbido a la locura en lugares como éste.

La desertora alzó una ceja, indicando que seguía esperando a que hablara. Correcto. Respiré profundamente, concentrándome en mi tarea aquí. Alec me había aconsejado cómo llevar este interrogatorio, hacia donde direccionar mis preguntas. También había insistido en estar presente, pero la idea fue descartada tan pronto la chica había dejado en claro que hablaría conmigo y sólo conmigo. El hecho de que confiara en que yo serviría de ayuda a su causa todavía me desconcertaba.

—Pediste verme —dije, adoptando una postura aburrida, aunque todo dentro de mí lo desmentía —, bueno, aquí estoy.

La comisura de su delgada boca se alzó como si luchara con una sonrisa burlona, me pregunté si ya había tenido ese pequeño corte en su labio inferior cuando la encontramos en el bosque. Aparté la mirada de la herida.

—Marin Blackthorn —murmuró y me impresionó lo ronca que sonaba su voz, ¿qué podría haber causado semejante lesión? No lo quise imaginar —la bastarda de la Academia.

Me tensé.

Su voz rezumbaba burla, pero había algo más bajo esa mirada. Desesperación.

—Me encuentro en desventaja —dije tranquilamente —, no sé siquiera tu nombre.

La sorpresa fue breve en su rostro, ¿nadie le había preguntado su nombre desde que la capturamos? Supongo que no era necesario, la información que buscaban no requería de tales formalidades.

—Tonya —dijo luego de un minuto de silencio —Deres —susurró esto último, sorprendiéndome. Al principio creí que sus ojos eran oscuros, quizás algún poder profundo y violento, pero ahora lo notaba con más claridad; las motas ambarinas estaban allí, como los colores del trigo al cosecharse. Una hija del dios de la cosecha, de todo lo que fecunda y crece.

La sorpresa continuó, la magia asociada a la vida y la propagación era amable, gentil; los caminantes hijos de deidades de la vida raramente luchaban, la mayoría elegía mantenerse dentro de los muros, sus tareas relacionadas a la enseñanza o el mantenimiento. No entendía cómo la hija de Deres podía dedicar sus días a cazar y vender médiums, tenía que ser toda una contradicción a sus instintos.

—Estas sorprendida —dijo, atrapando mi atención nuevamente. No fue una pregunta.

—Lo estoy —no tenía sentido negarlo —tu magia es…

—¿Sumisa?

—Amable —dije, y noté como sus ojos se agrandaban con la sorpresa. No esperaba mi sinceridad o el hecho de que no estuviera obligándola a hablar. Tampoco esperaba eso último, se supone que tenía una misión aquí. Me recompuse —. Y, a pesar de tu herencia, dedicas tu vida a matar inocentes.

La sorpresa en su rostro no podía fingirse.

—¿Matar inocentes? —preguntó con incredulidad —¿Eso es lo que te dijeron?

—Eso es lo que es —dije rudamente, Alec me había advertido que podría recurrir a engaños y mentiras para dominar este interrogatorio, no iba a permitirlo —. Cazan médiums indefensos, personas que desconocen su propio poder; sólo para entregarlos a hechiceros, conociendo sus planes para ellos; ¿todo por qué? ¿cuánto vale la vida de uno de los tuyos?

Su mirada buscó en la mía, analizándome. Esperé.

—De verdad lo crees.

Me tensé.

—Realmente crees fielmente lo que la Academia te dijo —continuó, no había rastro de burla en su voz —ni siquiera te detienes a cuestionarte esas verdades.

Me cuestionaba más de lo que ella creía, pero no iba a dejárselo saber.

—La Academia me salvó la vida —dije ferozmente, sorprendiéndome con la verdad detrás de esta declaración —. Me alejó de monstruos como los que tú elijes satisfacer. Me dio refugio y me enseñó a protegerme, ¿por qué iba a dudar de lo que me dicen?

—Sí, la Academia hizo todo eso. Pero no fue gratis —dijo bruscamente —. Su solidaridad tiene un precio, una deuda que debe ser saldada.

Me callé. Porque estaba en lo cierto, después de todo.

Todo lo que habían hecho por mí tenía un precio. Uno que me había negado a pagar hasta el momento.

Mi juramento de lealtad.

Una promesa que me haría pertenecerles hasta mi último aliento.

—Lo sabes —susurró, casi confidencialmente —, sabes que lo que piden a cambio es demasiado. Un precio demasiado alto. Nos alejan del mundo que puede lastimarnos ¿a cambio de qué? De nuestras almas.

Alejé mi mirada, enfocándome en los relieves dentados de la piedra tallada. Tonya no esperó a que volviera a mirarla para continuar.

—Te has negado a jurar lealtad, pero sigues aquí, ¿no te has preguntado por qué? ¿Por qué te tuvieron consideración cuando cualquiera de tus compañeros que se negaron a jurar desaparecieron?

Mi aliento quedó atrapado en mi pecho. Por supuesto que me lo había preguntado. Cientos de veces. Mi mente seguía volviendo a ese momento, cuando decidí no jurar, pidiendo más tiempo, hablando con Fairfax y explicándole que no me sentía lista para dar el siguiente paso. Su respuesta tranquila ofreciéndome una prórroga. La mirada horrorizada de Gretta cuando fue escoltada fuera de la habitación, con ella no habían tenido la misma consideración.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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