Jurar lealtad.
No recuerdo haberme despedido de Fairfax, ni siquiera recuerdo haberme dirigido a la biblioteca; pero ahí es donde me encontraba ahora mismo. Escondida en un rincón polvoriento de la sección de prácticas defensivas, los tomos cubiertos de una gruesa película de polvo indicando que nadie había necesitado leer cualquiera de estos libros en un largo tiempo.
Apenas podía respirar a través de la presión en mi pecho, con un gruñido me quité el velo; buscando desesperadamente meter aire en mis pulmones, polvo incluido o no.
Me obligarían a jurar lealtad. Se habían cansado de esperar.
Escondí mi rostro en mis rodillas, abrazándolas tan cerca de mi pecho que podría hacerme una bola y ocultarme aquí para siempre.
—¿Marin?
No.
Alcé lentamente mi cabeza, encontrándome con la mirada preocupada de Zoe. La pequeña médium estaba de pie junto a la estantería, mirándome confundida, sin disimular su preocupación.
Por mí.
No estaba lista para enfrentarla ahora mismo, pero tampoco me sentía capaz de ponerme sobre mis propios pies para huir. Tenía que ser ella quien se fuera.
—¿Marin, estás bien? ¿Quieres que llame a alguien? ¿Busco a Mason?
El horror me invadió cuando abrí la boca para responder y un sollozo escapó. Sus ojos se ampliaron, su mirada sorprendida tenía que haber sido un reflejo de la mía al comprender que había comenzado a llorar.
Sentía que no podía detenerme.
Intenté esconderme en mis rodillas otra vez, pero los sonidos dolorosos no se silenciaban. Cualquiera descubriría lo que sucedía con un simple vistazo. Dioses, quería reír a través del llanto por lo absurda que era esta situación.
—Aquí —susurró la suave voz de la médium mientras la sentía sentarse en el frío suelo junto a mí, no pasó mucho hasta que sentí sus brazos envolviéndome y acercándome a su pequeño cuerpo. Consolándome —. Todo estará bien.
Una risa desquiciada burbujeó a través del llanto. No me atreví a alzar mi rostro de su hombro.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera sabes por qué estoy así.
Sus manos no detuvieron las suaves palmaditas reconfortantes en mi espalda.
—Porque tú me hiciste creerlo. Que cualquier situación puede mejorar, no importa qué tan complicada sea al principio.
La observé, confundida.
Una sonrisa tímida se asomó en su rostro.
—Me salvaste la vida. Todavía tengo pesadillas con esa noche. Eran dos y yo…—la oscuridad cruzó su mirada, sacudió sus recuerdos con un movimiento de cabeza —era una situación jodida. Entonces apareciste y te hiciste cargo de ellos.
Quería recordarle que había huido de mí tan pronto hice eso, pero no quería martirizarla después de que me hubiera ayudado a través de mi ataque de ansiedad.
—Una vez que me trajeron aquí, comprendí que fuiste mi heroína esa noche. Ellos me hablaron sobre quienes eran esos…monstruos. Y lo que buscaban de mí. Eso sólo me hizo admirarte más. Nunca podré devolverte el favor por lo que hiciste por mí.
—No necesitas hacerlo. Me alegra haber estado allí para ti.
Me quedé en silencio, dejando que los restos de mi llanto se desvanecieran en la silenciosa estancia. Los ojos curiosos de Zoe me recorrieron, recordándome que llevaba el rostro desnudo, todo el desastre que solía ocultar a su entera disposición para ser apreciado.
Supuse que las preguntas no tardarían en llegar.
—Lo lamento, Marin.
Su susurro me tomó desprevenida.
—¿Por qué?
Pareció dudar, como si temiera mi reacción a sus siguientes palabras.
—Por todo el dolor que debiste atravesar hasta este momento.
Me tensé. Sabía que se refería a las cicatrices de mi rostro, pero no podía evitar pensar que sus palabras tenían un significado mucho más profundo. Había demasiada verdad detrás.
Después de todo, el dolor nunca se terminaba. Siempre habría más dolor esperando a la vuelta de la esquina. Era nuestro castigo por ser quienes éramos. Nuestra maldición por haber sido bendecidos con poder.
No se lo dije, en su lugar dejé que me consolara un poco más. Permanecimos en silencio, todavía abrazadas mientras la polvorienta habitación nos ofrecía refugio en este extraño momento de vulnerabilidad.
El dolor era, pensé, la única constante en nuestro mundo.