—Parece que vas a tu ejecución.
Me giré, los lados todavía sueltos de mi velo ondeando con el movimiento, para encontrar a Mason reclinado en mi puerta cerrada.
—Creí haber echado el seguro a esa puerta.
Su sonrisa terminó de delatarlo mientras se alejaba de la puerta y me atraía en un abrazo. Fui sin rechistar porque una parte de mí sentía que podría partirme en cientos de pedazos por el nerviosismo.
La gran noche había llegado.
Y sí, me sentía camino a mi ejecución.
No importaba lo persuasivo que habían sido los talentos indecorosos del príncipe, cualquier recuerdo de lo que habíamos compartido la noche anterior iba perdiéndose ante la sensación de pánico asfixiante que crecía mientras las horas transcurrían y el momento de la ceremonia se acercaba.
Pensé en Zoe y sus palabras de apoyo, sin siquiera conocer la verdadera situación. Tantas personas intentando consolar a una traidora, el Concejo no estaría feliz con esto.
—Lo harás bien —murmuró Mason en la cima de mi cabeza, sus manos palmeando lentamente mi espalda, enterré más mi rostro en su camisa, no queriendo responder a eso —. Eres fuerte. La persona más fuerte que conozco, cariño. Sólo tienes que ir ahí y darles los que quieren, son sólo palabras.
Me alejé lentamente, su rostro relajado, esperando.
—Es un juramento de lealtad —dije tontamente —¿no te sientes comprometido?
Mason se sentó en el borde de mi cama, sus brazos descansando sobre sus piernas mientras me miraba, pensando en su respuesta.
—Un juramento tiene poder —concedió —, pero la lealtad no se puede ofrecer tan libremente. Incluso si se trata de un juramento. Ellos pueden marcarme a fuego y todavía tendré mi lealtad, es lo único que de verdad nos pertenece, ¿sabes?
Lo miré sin comprender.
—¿Nuestro poder? Es sólo la extensión del poder de alguien más —dijo en voz baja, y quizás estaba en lo correcto, su discurso podía confundirse con uno de traición —¿Nuestras vidas? Pertenecieron a la Academia en el momento en que nos encontraron —jamás había advertido toda la amargura que se escondía bajo la superficie risueña de su persona —. Ellos lo saben. Nosotros lo sabemos, aunque elegimos hacernos los tontos, fingir que tenemos el poder de elegir. No lo tenemos, nos han quitado eso. Pero hay algo que no pueden quitarnos, Marin. Y es por eso que te temen.
Me sorprendí.
—¿Me temen?
Asintió.
—La lealtad —dijo simplemente —no pueden quitarnos eso. Pueden intentarlo, pueden marcarnos como ganado para hacernos creer que lo lograron; pero saben que no es así. Porque al final del día, nosotros elegimos por quién damos la vida. Nosotros elegimos a quien le damos nuestra lealtad. Y ninguna marca o tatuaje tiene poder en esa decisión.
Sus ojos ardían en los míos, como si necesitara hacerme entender esto y el tiempo se le acabara.
—Te temen porque tú les recuerdas eso, porque eres la prueba de que no necesitan marcarnos para que salvemos las vidas de los médiums allá afuera. Temen que los demás también lo noten, que tu lealtad no es hacia un grupo de momias intocables sentadas en una larga mesa polvorienta; ni siquiera es hacia alguna deidad que veras una sola vez en tu vida y jamás recordara tu nombre otra vez. Tu lealtad es hacia los más indefensos. Morirías por aquellos que están en peligro, y no necesitas un juramento para demostrarlo.
No había notado que comencé a llorar, pero Mason extendió una mano capturando una lágrima solitaria en mi mejilla y comprendí que sentía ambas mejillas humedecidas.
—¿Entonces por qué juraste? —susurré.
Su sonrisa decía que sabía que estaba en demasiados problemas y no le importaba.
—Porque sabía que era la única manera de permanecer aquí. Contigo.
Abrí la boca para decir, ¿qué exactamente? No lo sabía, pero Mason me interrumpió.
—No podía ofrecerles mi lealtad, porque ya estaba comprometida. Mi lealtad siempre estuvo con mi única familia. Mi lealtad siempre fue tuya.
Temblé, y cuando me atrajo hacia un abrazo, lo dejé. Me aferré a él. Sus palabras calmándome al fin. Podía hacer eso. Decir unas palabras. Dejar que me marquen. Podía darles eso.
Porque nunca tendrían lo que realmente esperaban de mí.