Las palabras de Mason me abrigaban mientras recorría los pasillos hacia el salón, donde el Concejo me esperaba, donde una deidad presenciaría el juramento y ofrecería su escudo. No había preguntado quién tendría tal generosidad, no quería saberlo. Sería una bastarda no reclamada de todas formas, todos lo sabíamos.
Mason había querido asistir, pero había cedido cuando le pedí que no lo hiciera. No quería su rostro entre los que presenciarían mi mentira. Lo quería lo más lejos posible de todo esto.
Las puertas se cerraron detrás de mí y me tomé unos segundos para calmar mi respiración antes de avanzar los metros que me separaba de la larga mesa. El Concejo tenía toda su atención en mí, los rostros apenas parpadeando en mi mente cuando noté que no éramos los únicos en la habitación.
Un hombre descansaba aburrido en un asiento que bien podría ser un trono. Su piel oscura resplandecía con un extraño brillo, como si las partículas brillantes emergieran de él, lo rodearan. Su cabello en largas trenzas caobas iba adornado con cuentas perladas, los tonos abarcando toda la gama de plateado. Su mirada aburrida se posó en mí, descartándome con un suspiro mientras volvía la vista hacia el Concejo. La orden clara en ese simple movimiento. Terminemos con esto.
Me detuve cuando Fairfax se ponía de pie, una sonrisa remilgada en su rostro. Un rostro que demostraba muy poco de todo lo que sabía.
—Bienvenida, Marin. Estamos aquí reunidos para celebrar contigo este gran momento. Para vincularte a nuestro objetivo, para enlazar tu vida a la de esta Academia.
Para atarme, para hacerme oficialmente su soldado.
Los bordes de la sonrisa de Fairfax se atenuaron y supuse que husmeaba en mis pensamientos. La necesidad de sonreír era fuerte, pero me contuve.
—La deidad Mahun —continuó, recuperándose —accedió generosamente a brindarte su escudo para que sirvieras a su casa.
Mahun, el dios de las tormentas.
Miré otra vez hacia la deidad aburrida, un simple asentimiento en mi dirección fue todo el reconocimiento que recibí de su parte. Como si dirigirme la palabra fuera un desperdicio de aire que no estaba dispuesto a permitirse. Su generosidad tenía límites.
—Sin embargo —aclaró Fairfax, tardíamente —solicitó que sólo la mitad de su escudo estuviera grabado en ti; después de todo, no eres realmente su descendencia.
Mis mejillas ardieron por la vergüenza, las sonrisas de algunos de los miembros crecieron ante mi evidente incomodidad.
—Oh, casi lo olvido —dijo Fairfax con una sonrisa resplandeciente en su bello rostro —. Necesitaremos que te quites el velo para la ceremonia, Marin. Por favor, quítatelo.
Me tragué la protesta mientras mis manos subían automáticamente a los bordes de la tela, liberándolos. Dejé que los extremos ondearan, respirando profundamente antes de terminar de quitar la tela, enrollándola en una de mis manos.
Los ojos de todos los miembros del Concejo recorrían hambrientos toda la piel accidentada; incluso Mahun había cambiado su atención hacia mi rostro, el interés brillando en sus ojos como si al fin ocurriera algo interesante en todo esto.
—Bueno —murmuró con una vieja voz que me recordó a algún trueno surcando el cielo en la tempestad impetuosa —, supongo que hay una historia interesante detrás.
Me tensé, no sería yo quien le contara esa historia.
Afortunadamente, ni siquiera Fairfax se encontraba con ganas de cumplirle el capricho a la deidad, a decir verdad, casi se veía nerviosa mientras nos relataba el procedimiento de la ceremonia. Diría mi juramento, repitiendo las mismas palabras que todos mis compañeros habían repetido por cientos y cientos de años; una promesa. Una sentencia. Y entonces Mahun usaría su escudo, o la mitad de éste en mi caso, y la grabaría a fuego en mi carne; para que luego un miembro del Concejo hiciera lo mismo con el escudo de la Academia.
Esperaba no desmayarme antes que todo esto hubiera terminado.
—Es hora —dijo Fairfax, mirando ansiosamente hacia las puertas dobles por las que había entrado momentos antes.
Un chirrido recorrió la habitación mientras Mahun levantaba su pesado cuerpo de su trono, haciendo todo un espectáculo de pereza de ello, acercándose a mí en una lenta caminata que sólo acrecentaba mi miedo. La sonrisa en su boca perversa me dejaba saber que él lo sabía, y el hecho sólo le hacía disfrutar más y más.
—Tu nombre.
Quise gruñir, él sabía mi nombre.
—Marin —escupí, ganándome más relámpagos y truenos en respuesta, una tormenta batallando detrás de esa mirada abismal.
—Marin hija de nadie —se burló —. Mis disculpas, quise decir, Marin Blackthorn.
Deseaba tanto borrar la sonrisa de su rostro, el enojo venciendo al miedo.
—Marin, repetirás las palabras después de mí —llamó Fairfax, pero me negué a apartar la mirada de Mahun mientras un médium se acercaba con una vajilla de hierro en sus manos, sabía lo que había dentro. Brasas ardientes. El dios me dedicó otra de sus sádicas sonrisas antes de retirar una de sus largas trenzas hacia atrás, revelando un prendedor plateado. Un rayo atravesaba un cielo caótico. Su emblema. Dejó el sello sobre las brasas ardientes que el médium sostenía, su mirada nunca abandonando la mía —Yo, Marin Blackthorn, juro solemnemente, ante el dios de mi casa y los representantes de mi Academia.