El silencio descendió sobre todos mientras la deidad atravesaba las puertas y caminaba, se paseaba, hacia donde Mahun y yo nos encontrábamos boquiabiertos. La sonrisa permanecía en su rostro, sus ojos todavía en mí. Y había algo más allí, noté, algo burbujeando detrás de la intensa mirada.
¿Curiosidad? ¿Interés? No podría saberlo con estas deidades.
Me pregunté si me reconocía, aunque la idea era absurda. Mi velo había estado cubriendo mi rostro cuando nos habíamos encontrado en el bosque; ahora no había barrera que le impidiera tener una buena mirada a todo el desastre que se ocultaba debajo de aquella prenda. Él también lo notó, no podía decir si me asociaba con la chica de Foxley Wood o no, pero sí podía ver cómo sus ojos recorrían hambrientos cada línea ahora expuesta. La necesidad de cubrirme nunca llegó, sorprendentemente.
Podía sentirlo observándome, como si su mirada dejara un rastro sensible a su paso; desde la cicatriz más notoria, hacia las pequeñas marcas que se perdían en contraste con la anterior más grotesca. Me estaba recorriendo a consciencia sin inmutarse ante el resto de los presentes en el salón; ni siquiera yo podía culparlo por eso, todavía demasiado absorta por haberlo encontrado también aquí como para apartar la mirada de él mientras terminaba de unirse a nosotros.
—Mahun —saludó, todavía con la mirada clavada en mí; estaba tan cerca que podía notar que su piel también resplandecía sutilmente, demostrando que no era humano. Demostrando que estaba hecho de cada parte de su poder.
¿Cuál era ese poder? No podía esperar a descubrirlo.
Despegué mis ojos del recién llegado para ver como Mahun se veía incómodamente nervioso, la curiosidad volviéndose casi asfixiante en mi pecho. ¿Quién era este tipo que lograba incomodar a otra deidad?
—Tammen —respondió Mahun asintiendo, cualquier rastro de su anterior chulería desapareciendo. Seguía observando, disfrutando, como Mahun se retorcía en su propia piel cuando comprendí que todos tenían su atención en mí.
Esperando.
Miré al recién llegado mientras su sonrisa se ampliaba con diversión, una explosión plateada detrás de esos ojos. Burlándose de mí.
—¿Qué? —espeté, olvidándome completamente de dónde y con quienes estábamos. De repente estábamos otra vez en aquel bosque, enfrentándonos y burlándonos. Como si fuésemos iguales, como si cualquiera pudiera derrotar al otro tirándolo sobre un montón de hojas secas.
Sus ojos resplandecieron y por un segundo me pregunté si podía saber lo que estaba pensando, lo que estaba recordando. Si lo hacía o no, no lo dijo. En cambio, relajó su rostro, ocultando cualquier emoción mientras me hablaba con una voz totalmente diferente a la que había usado en el bosque, una voz impersonal y helada como la sensación de su poder recorriendo mi carne.
—Te pregunté quién eres.
Me tensé, el imbécil de Mahun lo notó y la diversión volvió a centellear en su rostro; como si mi incomodidad fuese entretenimiento suficiente como para olvidarse de la presencia intimidante junto a nosotros.
—Marin —dije, lo suficientemente tensa como para romperme si un viento me rozaba.
Las pestañas oscuras bajaron mientras inclinaba la cabeza, tomando un buen vistazo de mí.
—¿Marin qué?
Mis puños estaban tan apretados que sentí mis uñas clavándose en mis palmas, probablemente cortando la piel allí.
—Marin Blackthorn.
Una ceja alzada fue todo lo que recibí después de eso. La deidad, Tammen, dirigió su atención al Concejo, donde todos los miembros se hallaban de pie, mirando ansiosos toda la escena.
¿Quién era este hombre?
—Tammen —dijo respetuosamente Fairfax, inclinando su cabeza en una leve reverencia; alcé mis cejas, incrédula —nos honras con tu presencia. Aunque debo admitir que también nos desconciertas un poco; no estábamos al tanto de tu visita.
Tammen se paseó por el resto del salón hasta detenerse frente a la larga mesa y los miembros detrás de ésta. Su mirada se dirigió hacia el estandarte colgando sobre el alto muro de piedra; podría jurar que una sonrisa sardónica parpadeó en su rostro al contemplar el escudo de la Academia ante él.
Sin embargo, cuando habló lo hizo con total aburrimiento y desinterés. La expresión permanente de las deidades al parecer.
—No necesito informar a nadie de nada —cortó tajante mientras decidía ocupar el trono abandonado de Mahun, ignorándolo como si no pudiera importarle menos que otro igual estuviera a unos pocos metros de él —. Esta Academia funciona bajo la inspección de Nuvis, a quien visité recientemente sólo para descubrir que decidió sucumbir al somnum. Imagínense mi sorpresa al descubrir que no sólo no había sido advertido de aquello, sino que la prestigiosa Academia Blackthorn tomó otra deidad patronus sin la aprobación del Simposio.
El conde Wentworth se veía a punto de vomitar mientras la mirada intensa de Tammen los recorría uno a uno. Sonreí.
—Recibimos la aprobación para acceder a otro patronus —dijo Fairfax, sonando condescendiente.
—Oh, ¿lo hicieron? —murmuró Tammen, inquietantemente tranquilo, su mirada cayendo sobre Fairfax como si hubiera entendiendo quién era la cabecilla del Concejo. Por su mirada adivinaba que también estaba más que listo para cortar dicha cabecilla de una vez por todas.