Encontré a Alec después de cenar, se dirigía a su habitación cuando lo abordé en uno de los pasillos, ganándome algunas miradas indiscretas de otras personas; claramente reconociendo al Príncipe o a mi velo.
—¿Tienes un minuto?
Alec asintió, siguiéndome al primer salón vacío que encontré, escapando de las miradas y oídos demasiados interesados en nuestra conversación.
Me giré hacia Alec.
—Creo que sería bueno hablar de lo que sucedió, ya sabes, entre nosotros.
Su mirada se encendió en llamas doradas como si estuviera reviviendo el recuerdo, el calor se dirigió a mis mejillas.
—Quiero decir, para que todo sea más sencillo en la misión.
Eso llamó su atención.
—¿Lo dices por Mason?
Mierda.
—Parecía molestarte que le haya pedido que se uniera al equipo.
Alec suspiró, sentándose en un escritorio vacío.
—Es tu misión, Marin. Lo que me moleste o no, no debería importarte.
—Pero lo hace —dije, sorprendiéndonos a los dos —. Justamente porque es mi misión, no quiero que haya incomodidad en el equipo.
Alec asintió después de un momento.
—Está bien —dijo —. Entiendo por qué lo incluiste. Es tu mejor amigo. Confías en él.
Asentí.
—Como confío en ti —le recordé.
Su silencio en respuesta estaba poniéndome nerviosa, pero esperé soportándolo. Alec se puso de pie, caminando hacia mí. Sus manos hicieron un rápido trabajo deshaciendo mi velo, dejándolo colgar de mis hombros mientras sostenía mi rostro, sus ojos recorriendo toda la piel descubierta. Inhalé.
—Detesto que lo uses —susurró, como si temiera que su confesión me molestara —. Entiendo por qué lo haces, pero todavía lo odio. Eres hermosa, Marin. No deberías ocultarte, jamás.
No sabía qué decir a eso. Afortunadamente, Alec no había terminado de hablar.
—Y controlaré mis celos alrededor de tu amigo —una sonrisa de disculpa rompió la rigidez de su rostro —o al menos me comprometo a intentarlo. Dame tiempo, todo esto es nuevo para mí.
Asentí, todo esto era nuevo para mí también.
—Entonces —comencé, sin saber cómo terminar mi pregunta —¿estamos bien?
—¿Estás hablando de la misión o de nosotros? —se burló.
Gruñí, odiándolo por obligarme a usar todas las palabras.
—Olvídalo.
Intenté alejarme mientras su risa me hacía cosquillas en la frente, pero Alec era más fuerte y antes de comprender lo que sucedía, su boca estaba en la mía. Cualquier intento de escapar olvidado. Le devolví el beso mientras sus manos descendían, explorando, conquistando nuevos territorios. Nos movimos hasta que sentí la dura madera chocando con mi cadera y Alec me alzó hasta sentarme en uno de los escritorios, su cuerpo instalándose entre mis piernas; acercándome hasta que nuestros torsos se rozaban, moviéndose juntos.
—Te tengo una propuesta para ti, Marin Blackthorn —murmuró contra mi boca. Sonreí, mordiendo la suya.
—Te escucho, Alec Nuvis.
Se demoró otro minuto besando un punto interesante detrás de mi oreja izquierda, casi pensé que se había olvidado de lo que iba a decir.
—Pasa la noche conmigo —susurró.
Abrí los ojos para encontrarlo observándome, la intensidad detrás del fuego de su mirada dejándome sin aliento.
Ya sabía mi respuesta.
—¿Tu habitación o la mía?
Exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire todo el tiempo que esperó por mi respuesta. La idea me parecía risible. Alec Nuvis tenía que saber lo que provocaba en mí, no tenía manera de ocultarlo.
Nos decidimos por la mía mientras intentábamos recorrer el camino evitando cualquier testigo de lo que estábamos por hacer. Lo que no conseguiríamos si no lográbamos mantener las manos fuera del otro por al menos cinco minutos.
Casi grité mi victoria en el momento que cerramos mi puerta detrás de nosotros, pero Alec tenía otros planes. Me empujó contra la puerta cerrada, deshaciendo nuevamente mi velo, esta vez no deteniéndose sólo ahí. Sus manos se encargaron de desnudarme rápidamente, aunque todavía con sumo cuidado. Hice lo mismo con él, sacando su camiseta oscura por su cabeza, revelando su cuerpo pulcramente esculpido para el disfrute de mis ojos ambiciosos.
—Puedes mirarme así cuando quieras —murmuró.
Resoplé, estando en secreto de acuerdo con aquella idea, y lo empujé hasta que cayó sobre mi cama, revotando una vez antes de colocar sus manos bajo su cabeza; esperando mi próximo movimiento.
Si quería jugar así…
Terminé de quitarme las prendas que todavía vestida, sin inmutarme ante mi desnudez; las luces seguían apagadas, pero la luz plateada de la luna se colaba por la ventana que había olvidado cerrar más temprano, el aire frío enviando un escalofrío por mi carne descubierta. Sus ojos lucían hambrientos mientras me observaba en silencio.