Apsara

CAPÍTULO 33

Iríamos en dos vehículos, aunque bien podríamos colarnos en uno.

—Necesito hablar contigo sobre los detalles de la misión —explicó Tammen cuando señalé que, si tomábamos una de las furgonetas de la Academia, todos podríamos viajar en el mismo vehículo.

Viajaría a solas con él. Una deidad.

Las miradas de Alec y Mason me decían que a ellos tampoco les agradaba mucho este cambio de planes. Will y Park, por su parte, sólo observaban en silencio toda la escena, como fieles espectadores de este drama sin sentido.

—De acuerdo —dije, cuando era obvio que ninguno daría un paso atrás en su postura erguida y defensiva. Hombres —, ustedes nos seguirán. Sean cuidadosos y presten atención.

Mason aceptó las llaves que Tammen le lanzó, la mandíbula de Alec sólo apretándose más mientras una mirada de diabólica diversión se acomodaba detrás de los ojos plateados de mi compañero de viaje.

—Será mejor que conduzcas tú —me tomó un momento descubrir que me hablaba a mí, su mano extendida, ofreciéndome la llave en ofrenda —yo te guiaré.

Alcé las cejas, aceptando la llave y dando la vuelta al vehículo. El resto del equipo ya se encontraba montándose en su propio coche. Sentí el peso de una mirada sobre nosotros y observé sorprendida como una diminuta figura se encontraba detrás de una de las tantas ventanas de la torre sur, contemplándonos. Podría jurar que se trataba de Fairfax.

Abandonamos los confines de la Academia, una mirada al espejo retrovisor me confirmó que el resto del equipo nos seguía a poca distancia; volví mi atención hacia mi acompañante.

Tammen se hallaba perdido en el paisaje fuera de su ventanilla y me tomé esos segundos para estudiarlo. Su cabello plateado desordenado como si no se molestara en encontrar un cepillo; era corto en los costados y más largo en la parte superior, algunos mechones alcanzando su frente. Sus cejas eran algunos tonos más oscuros, definiendo ese rostro anguloso; y aunque no podía ver sus ojos ahora mismo, sabía que la plata fundida brillaba detrás de esos pozos; magia en su estado más puro, custodiada por gruesas pestañas oscuras.

Era hermoso, el pensamiento traicionero regresó, como lo había hecho en aquella ocasión, en el bosque; robándome el aliento por un segundo. Su boca se curvó, atrayendo mi atención.

—Deberías prestar atención al camino —ronroneó, demostrándome que no había estado para nada distraído como lo había creído en un principio —si tenemos un accidente me veré obligado a sanarte, y dudo que a tu amante le agrade las cosas que tendré que hacer para lograrlo.

Miré el camino frente a mí, mis manos aferrándose al volante. Su risa sólo empeorando mi vergüenza.

—Pensé que ibas a guiarme —objeté, todavía negándome a apartar la mirada del camino —¿no es por eso que me pediste que condujera?

Silencio.

—No —dijo, y juré escuchar la sonrisa en su voz —. Te pedí que lo hicieras para poder tener mis ojos en ti.

Había una gran probabilidad de que tuviéramos ese accidente después de todo.

—Deja de jugar conmigo.

Lo sentí observándome, me negué a devolverle el favor.

—Nadie está jugando, Marin.

Iba a protestar nuevamente, pero su voz me interrumpió; esta vez no había rastro de burla en su tono.

—Dirígete hacia la A34 —señaló hacia el frente, tomé la dirección que indicó comprobando por el espejo que la camioneta detrás seguía mi ejemplo —calculo que serán dos horas de viaje, sugiero que no nos detengamos, necesitamos terminar la misión antes del anochecer.

Esperé a que ofreciera más información. No lo hizo.

—¿Qué sucede al anochecer?

Me atreví a mirarlo, su rostro ya se encontraba girado hacia su ventanilla, pero el reflejo en ésta me demostró que el disgusto se había instalado en él.

—Los muertos salen de su tumba.

Nos mantuvimos en silencio la siguiente hora, podía sentirlo mirándome por momentos, pero siempre que miraba en su dirección se encontraba observando el paisaje fuera de su ventanilla. Casi luciendo…entusiasmado.

—No haces mucho esto.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas, ahora tenía toda su atención. Maldición.

—Viajar por carretera —aclaré cuando me dejó sin opciones. Lo observé, su rostro pensativo como si la idea fuese desconcertante para él.

—No —admitió al fin —no lo hago. De hecho, tuve que comprobar la forma de llegar por este medio más temprano, ni siquiera sé conducir.

Esta vez no pude esconder mi sorpresa, su mirada me esquivó al comprender que lo observaba boquiabierta. Podría jurar que sus mejillas enrojecieron sutilmente, pero eso era imposible.

—¿Qué? —espetó —Soy una deidad, no necesito conocer los secretos más mundanos del mundo, ¿no te parece?

Me obligué a cerrar la boca, entonces lo miré otra vez.

—¿Cómo te mueves de un lugar a otro, entonces? ¿Tienes choferes o algo así?

¿Era su chofer ahora mismo?

Se encogió de hombros, restándole importancia.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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