No sé cómo esperaba que se viera el infierno, pero ciertamente no era algo así.
Atravesar el portal fue tan sencillo como observar a Tammen invocar su poder, el cielo se oscureció con una tormenta naciente, las nubes gruñendo mientras una ráfaga de viento gélido nos empujaba. El cielo protestó cuando un solo rayo descendió, tocando la tierra en el centro del círculo. Sabía que realmente no se trataba de una tormenta ni de un rayo, nada de esto era parte del clima. Era él. Tammen. Su poder era tan intenso que alteraba la calma natural.
Nacido del caos. Ahora comprendía el por qué.
—Es tiempo —sus ojos resplandecían cuando miró en nuestra dirección, entonces avanzó, desapareciendo entre las imponentes columnas monolíticas. Compartimos una última mirada entre todos antes de seguirlo.
No sentí nada al atravesar el portal. Un segundo estaba allí, en el plano de los vivos, y al siguiente un paisaje grisáceo me dio la bienvenida. Y eso es todo lo que podía ver. Gris. Esto podía pasar por cualquier paisaje rural de no ser porque todo estaba coloreado en escala de grises. Los árboles, el cielo, la tierra bajo nuestros pies. Parecía una fotografía desteñida de nuestra realidad, incluso el monumento se encontraba de pie, tan similar al que observábamos segundos antes, pero aquí camuflándose entre las grisáceas tonalidades de su entorno.
—Esto es…inesperado —dijo Park, mirando alrededor tan sorprendido como todos, bueno, todos menos Tammen. Él se veía como si esta no fuera su primera visita, totalmente inexpresivo —y algo decepcionante, también.
Asentí, compartiendo el sentimiento.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Tammen, recordándonos que teníamos una misión —el tiempo es diferente aquí. No queremos perder demasiado.
Iba a preguntar a qué se refería con el tiempo es diferente aquí, pero Mason se adelantó.
—¿Dónde deberíamos comenzar?
—La residencia de las moiras —respondió Tammen, ya comenzando a caminar en una dirección, como si supiera a dónde dirigirse. Todos nos apresuramos a seguirlo. No entendía cómo podía orientarse, además del monumento no parecía haber nada significativo. La carretera había desaparecido, en su lugar sólo se encontraba una vasta extensión de nada —en este lugar no encuentras los lugares —dijo Tammen, como respondiendo a mi duda interna —, los lugares te encuentran a ti.
Justo en ese instante, una colina se alzó ante nosotros. La elevación de tierra claramente no había estado allí momentos antes, cuando miramos en esa dirección. Pero allí estaba ahora, alzándose imponente; y en su cima una gran estructura de piedra reinaba en silencio. De tonos tan grises como todo a su alrededor, la arquitectura recordándome a algún templo griego que había visto en libros polvorientos de historia, relatos de otros tiempos. Tiempos en los que humanos adoraban a deidades ficticias sin comprender que las verdaderas caminaban entre ellos.
Ahora comprendía lo que Tammen había querido decir.
—Supongo que los lugares sí te encuentran —murmuró Will.
—Y al parecer no sólo los lugares —había tensión en la voz de Park y todos miramos en su dirección.
Su mirada estaba fija en un punto, cerca de la colina. Unos pocos árboles se mantenían de pie allí, casi custodiando el montículo como silenciosos centinelas. Iba a apartar la mirada cuando lo vi. Entre los árboles, casi oculto. Una figura delgada se balanceaba lentamente, demasiado lento. Intentaba acercarse en nuestra dirección, comprendí, pero cada paso parecía requerir demasiado esfuerzo y debía detenerse a recuperar el aliento. Todo ese trabajo parecía ser agonizante.
—¿Qué es eso? —Alec y yo hablamos al mismo tiempo, lo miré sorprendida.
Y no era la única.
La intensa mirada de Tammen iba de la grisácea figura todavía luchando por acercarse, a Alec y entonces a mí. Incluso Park lucía sorprendido mientras miraba entre nosotros. Los únicos que parecían no seguir la conversación eran Will y Mason cuyas miradas barrían el paisaje sin detenerse en ningún punto más allá de la colina. Entonces lo comprendí. Ellos no veían la figura.
—No pueden verlo —murmuré mirando a un confundido Mason.
—Y tú tampoco deberías ser capaz de verlo —dijo Tammen, esa mirada llenándose repentinamente de desconfianza mientras miraba hacia Alec —, ninguno de los dos debería poder verlo.
—Park puede verlo —me defendí.
—Lo hago —aceptó el susodicho —, pero soy un médium. Y esta no es la primera vez que veo un fantasma.
Un fantasma.
Aquella figura era un fantasma.
Miré hacia Alec, comprendiendo al mismo tiempo lo que intentaban decir. Ninguno de los dos deberíamos ser capaz de ver fantasmas pero, aun así, lo hacíamos.
Como un médium.
Como una deidad.