Los fantasmas, como eran comúnmente conocidos, no eran otra cosa sino almas en pena. Residuos del alma después de la muerte que continuaban vagando desprendidos de la carne en la que alguna vez estuvieron contenidos. Y a eso se reducía todo, a un viaje eterno sin rumbo ni propósito. El angustiante pensamiento dejaba una sensación difícil de tragar en mi boca.
Entonces recordé que el hecho de poder ver uno de esos no debería ser posible. Ningún ser mortal debería ser capaz de verlos, nuestra propia mortalidad nos condicionaba a ello. Ningún mortal, salvo los médiums. Mi mirada se dirigió a Park, y como si sintiera el peso de la misma, sus ojos rasgados se encontraron con los míos. Los médiums eran los únicos mortales que sabíamos podían interactuar con los aspectos más espirituales de la vida, con el alma, esto estaba ligado al origen de su poder. Después de todo, su magia nacía de la muerte misma.
Y yo no era una médium. Tampoco era una deidad.
Conocíamos poco y nada de la naturaleza divina de los dioses que mandaban sobre nosotros; gracioso teniendo en cuenta que dedicábamos nuestra vida a brindarles servicios, a jurarles lealtad. Era una simple cadena de poder, donde el más poderoso exigía vasallaje de los más débiles. Nos había tocado una mala jugada desde el principio, nacidos para servir. Además de su poder nacido del caos mismo, una deidad contaba con la bendición o maldición de la inmortalidad, o lo más cercano a la vida eterna. El carácter inmortal de sus almas los desvinculaba de las restricciones que nos fueron impuesto a las almas mortales, quizás hasta el origen de su poder jugaba un papel importante, lo cierto es que de las pocas cosas que conocíamos sobre estos seres, sabíamos que podían interactuar con los aspectos más espirituales de la vida. Podían ver almas, podían condenarlas.
Podían eliminarlas.
Un escalofrío me recorrió, aunque desde que atravesamos el portal no había sentido ni siquiera el susurro del viento. Este lugar era la nada misma. Un recuerdo desteñido de una realidad distante. Un triste intento de imitar el plano de los vivos. Y, al parecer, el escondite perfecto para uno de los objetos más legendarios del mundo mágico.
—¿El libro se encuentra allí? —pregunté, mis ojos yendo de la figura grisácea que seguía retorciéndose en su lugar, luchando por alcanzarnos al templo alzándose por encima de nosotros, en lo alto de la cumbre.
Tammen observó la distante estructura como si pudiera ver su interior desde donde nos encontrábamos, y quizás podía; no conocía los límites del poder de una deidad de la vida después de todo.
—Las moiras fueron las últimas guardianas del libro —dijo, esta vez sus ojos plateados se encontraron con los míos, contrario a lo que pensaría, sus propios tonos platas resplandecían en contraste con el grisáceo pasaje; su poder latente bajo la superficie —. Este lugar fue su última residencia antes de escapar al plano de los vivos. No detecté el libro en ese plano, tiene que estar aquí.
Tenía demasiadas preguntas ahora mismo.
—¿Escaparon? —miré alrededor del grupo, preguntándome si alguien más comprendía lo que estaba sucediendo, por las miradas conmocionadas adivinaba que no —¿Quieres decir que las legendarias moiras, los demonios originales del caos, se encuentran en este momento vagando por nuestro plano? ¿entre nosotros?
La expresión de reproche se instaló en su duro rostro. Estaba familiarizándome mucho con esa expresión, recibiendo muchas de esas miradas en este pequeño viaje.
—Las moiras no son demonios. Claramente no comprendes las diferencias abismales entre ambos.
—Claramente no.
Listillo.
Tammen abrió la boca, listo para continuar esta discusión sobre mi aparente desastrosa comprensión de la magia y sus distintos portadores, cuando Mason nos interrumpió.
—Quizás esta lección de demonología puede esperar a que regresemos a nuestro plano. Mencionaste que el tiempo aquí transcurría de forma distinta, asumo que nos estamos quedando sin él.
Tammen asintió, como si hubiera olvidado su propia advertencia. Sin decir palabra, reanudó la marcha hacia la extensa colina. Lo seguimos en silencio, mi mirada agudizándose en la figura grisácea mientras nos acercábamos al punto donde se encontraba todavía luchando por alcanzarnos, custodiado por los solitarios y resecos árboles. No sé cómo esperaba que se viera un fantasma, pero no esperaba esto. Su rostro carecía de rasgos, como si sólo se tratara de una pintura inacabada o borroneada. Incluso sin tener expresión alguna se podía sentir su desesperación, estaba allí, en el zarandeo de su esbelta figura; como intentando zafarse de un agarre invisible, como si quisiera escapar. No había forma de saber si era hombre o mujer, el resto de su cuerpo no era más que una larga mancha desteñida en los bordes que flotaba unos centímetros por encima del suelo. Era tan alto como Alec, pero extremadamente delgado. Si tuviera que adivinar, diría que no sólo era una sombra restante de algún alma, sino que seguía desvaneciéndose. Continuaría así hasta desvanecerse por completo.
—Es lo que sucede cuando nadie te recuerda —dijo Park en voz baja.
Lo observé, descubriendo que su atención también había estado en la desesperada figura a poca distancia. Entonces me miró como si estuviera respondiendo una pregunta no formulada.