Apsara

CAPÍTULO 37

Algo había cambiado en el aire. Lo sentí apenas di ese paso para seguir a la deidad. Lejos de sentir la calma vacía que asocié a este plano, ahora había algo diluyendo tensión en mi interior. Lo sentí con la primera respiración que tomé. Mis músculos se tensaron todos al mismo tiempo, como si supieran que algo andaba mal, como si me instaran a actuar.

Tammen esperaba frente a mí, a poca distancia. Y frente a él se alzaba imponente el templo de las moiras. Miré asombrada mientras lo alcanzaba, jamás había estado en Grecia, pero el parecido con las ilustraciones que había visto en libros de historia era innegable.

Ocho columnas monumentales sostenían el cornisamento y un imponente frontón, la escala de la estructura nos empequeñecía todavía más; llamas grises ardían en antorchas colocadas en el sendero y los muros de piedra, como si indicaran el camino. Esperamos a que el resto del equipo se nos uniera antes de seguir la dirección del fuego.

Todos permanecimos en silencio, como si un simple sonido pudiera condenarnos. Y quizás así era. La sensación de alerta seguía allí, tensando mis músculos, cosquilleándome en la nuca. Las extrañas llamas parpadearon, a pesar de no sentir la caricia del viento, entonces la escena plasmada en el frontón del templo se hizo visible para nosotros.

Tres figuras femeninas protagonizaban la escena, elegantes mujeres de rasgos indistinguibles, cada una diferenciándose por el objeto que sostenía en sus manos. Una poseía una rueca, simbolizando la acción de hilar. La del medio parecía estar midiendo este hilo con una corta vara, mientras que la última acercaba unas tijeras hacia el hilo con la intención de cortarlo. Las tres mujeres vestían una larga túnica que cubría sus cuerpos enteros, sólo dejando entrever sus manos y los objetos allí. Estas figuras eran las moiras.

—Las hiladoras del destino —susurró Park, un poco de admiración dejándose ver en su tono usualmente mordaz.

Tammen echó una silenciosa mirada a las tres figuras alzándose sobre nuestras cabezas antes de continuar, adentrándose en el silencioso templo. Contemplé la escena una última vez, descubriendo una cuarta figura tallada en la piedra que no había notado antes. Retorcida en una incómoda posición en el centro de la escena, bajo el hilo extendido entre las tres moiras, se encontraba una pequeña silueta de un hombre.

Un mortal.

—No nos pagan lo suficiente —bromeó Mason, sus ojos en la pequeña cuarta figura, los bordes de su voz tensándose a causa del peligro latente que parecía custodiarnos.

—No nos pagan —dije, antes de seguir a Tammen dentro del templo.

Las llamas grises iluminaban la gran cella, allí donde la luz no alcanzaba sólo había oscuridad absoluta, tragándose los límites de este espacio; ocultando el resto a nuestros ojos, como si supieran que veníamos por sólo una cosa. Y allí, en medio del gran recinto, sobre un tosco altar crudamente tallado se encontraba un libro.

No podía ser tan sencillo.

—Tiene que ser una trampa —dijo Park, mirando con ojos ambiciosos el simple libro que parecía estar burlándose de nosotros desde su rudimental trono.

Asentí, observando con desconfianza hacia la oscuridad, la sensación de tener ojos sobre mí creciendo mientras más observaba.

—No puedo ir más allá —dijo Tammen, sorprendiéndonos a todos. La deidad se encontraba observando el espacio vacío frente a sus pies, como si la piedra que pisábamos le hubiera ofendido de alguna manera —, ninguna deidad puede. El poder de las moiras nos mantiene fuera de sus dominios, aquí comienza esa restricción.

No puede adentrarse. Nunca pudo realmente conseguir el libro, por eso nos necesitaba. Tragué mientras comprendía que dependía de nosotros. De mí. Abrí la boca lista para ofrecerme cuando otra voz me interrumpió.

—Déjame ir a mí.

Todos nos giramos hacia Alec, su mirada concentrada en el libro, su mente trabajando en un plan, adiviné.

Dudé.

—¿Estás seguro?

Esta vez esos ojos dorados se encontraron con los míos, asintiendo.

—Déjame hacer esto. No necesitamos arriesgarnos todos.

¿Pero si necesitas arriesgarte tú? Iba a discutir esta idea, después de todo era mi deber como líder tomar estos riesgos, cuando Tammen habló.

—Muy bien —no lo dudó —. Puedes ir.

La mandíbula de Alec se tensó ante la orden de la deidad, pero asintió y dio otro paso, adentrándose al amplio espacio frente a nosotros. Miré a Tammen, obligándolo a encontrarse con mi mirada furiosa.

—¿Qué? —la confusión en su expresión me decía que realmente no comprendía qué había hecho mal.

—Me pusiste a cargo de esta misión —la rabia latía silenciosamente detrás de mis sienes, me concentré en el parpadeo de las llamas en ese rostro peligrosamente hermoso —, no puedes decidir quién de mis hombres arriesgan su vida por ti. Es mi decisión para tomar.

Su mirada de plomo me observó en silencio antes de dirigirse hacia donde Alec se encontraba, avanzando sigilosamente hacia el pedestal en el centro del recinto, entonces volvió a mirarme.

—¿Entregarías tu vida por la suya?

No parecía estar burlándose, parecía…desconcertado. Abrí la boca para responder, ¿qué? ¿sí, después de todo ese era mi deber como capitán? ¿sí, lo haría por el hombre del que estaba enamorada? No lo sabía, y no pude responder cuando un grito ronco heló mi sangre, paralizándome.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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