Apsara

CAPÍTULO 39

Muchas cosas sucedieron a la vez.

La pelea a mi alrededor pareció detenerse. Las oscuras criaturas chillando enloquecidas, los escalofriantes sonidos lastimando mis oídos mientras aumentaban en volumen. Y entonces, silenciándose abruptamente. Y una voz. Una voz oscura y siniestra que jamás había oído antes alzándose, naciendo de ese silencio abismal. El frío acarició mi espalda, rodeándome mientras el canto de la voz se hacía más clara, un idioma que no reconocí, algo antiguo y culto, parecía un rezo.

La voz me envolvió y entonces la entendí.

—Apsara.

Inhalé. El nombre cosquilleando los bordes de mi mente, como un recuerdo que hace tiempo había olvidado.

—Marin.

La voz susurraba en mí oído, como si se encontrara detrás de mí, hablándome sobre mi hombro. Pero sabía que no era así. Era el libro. El libro que en este momento descansaba como un ligero peso en mis manos. Me estaba hablando.

Y al parecer era la única que podía escucharlo

—¿Marin? —Alec dió un paso tentativo en mi dirección, lo miré por el rabillo de mi ojo, no podía moverme. Mi cuerpo entero estaba paralizado, de pie todavía junto al pedestal ahora vacío. El libro en mis manos.

Y la voz todavía susurrándome.

—Apsara y Marin. Marin y Apsara. No importa el nombre del alma. El destino es el mismo. El castigo es el mismo.

—Marin, ¿qué sucede? —la voz de Mason parecía llegar desde muy lejos. No podía encontrarlo en mi rango de visión y la voz me seguía manteniendo cautiva en mi lugar, sin poder moverme. Las lágrimas comenzaron a nublar mi visión, la impotencia aumentando mi respiración en cortos jadeos.

Era una prisionera.

Un destino peor que la muerte.

La imagen del fantasma fuera del templo pasó fugazmente por mi mente, aumentando mi desesperación, pero la voz otra vez reclamó mi atención.

—Nacida de la muerte. Nacida de las cenizas. El castigo por nacer. El castigo por vivir. El castigo por morir. Apsara. Marin.

Imágenes invadieron mi mente, demasiado rápido como para que reconociera alguna. Un mar. Una tormenta. Una playa. Fuego. Demasiado fuego. El horror me recorrió mientras sentía manos alcanzándome con brusquedad. Sentí el agua rozando mis pies, la sentí alcanzando mis piernas, avanzando, empapándome. Las manos forcejeaban con rudeza, maltratando mi carne mientras luchaba por liberarme del tosco agarre.

El agua se sentía helada, congelándome, pero el fuego estaba demasiado cerca. El agua me daría libertad. El fuego me condenaría.

—Apsara.

Sollocé mientras las manos invisibles rasgaban mis prendas, empujándome hasta que mis rodillas cedieron, el agua salpicando mis rodillas. El fuego centelló demasiado cerca de mi rostro. Me alejé. Las manos no me dejaron ir muy lejos, sometiéndome nuevamente. Estaba helado. Los temblores invadieron mi cuerpo. Por el frío. Por la lucha. El fuego acarició mi rostro. El calor enviando ríos de terror por mis venas. Prefería morirme helada a sentir el calor engañoso del fuego. El fuego me condenaría.

—Marin. No es real. Tienes que luchar contra ello. No es real, nada de lo que ves es real.

No podía responder, no importaba que mis amigos me rodearan e intentaran alcanzarme, no estaba con ellos. El agua rugía a poca distancia. Olas heladas golpeando las rocas en la orilla. Sentí algunas rocas cortando mi piel. El agua cubriéndome mientras luchaba con las manos invisibles. El fuego amenazándome a unos pasos.

Un llanto silenció las voces de mis amigos. Era mi voz. Salía de mi garganta. Pero sabía que no era mi llanto. No era mío. Esa desesperación no era mía. Ese dolor no era mío. El rencor trepando por mi pecho, asfixiándome, no me pertenecía.

Nada de eso era mío.

Pero lo sentí. Sentí el dolor. Sentí la rabia. Sentí las manos golpeándome, maltratándome. Mis ropas hechas jirones, el agua colándose y acariciando mi piel. Intentando consolarme mientras el fuego disfrutaba de mi tortura. El fuego presenciaba mi violación con perversa satisfacción. Las manos no tenían piedad.

Podía escuchar las voces de mis amigos creciendo, reconocí vagamente sus intentos por traerme de regreso; pero lo que el libro me mostraba lo ocupaba todo. Era todo lo que podía ver. Era todo lo que podía sentir.

Grité desesperada. Supliqué que se detuvieran. El dolor lo opacó todo. Opacó la helada caricia del agua. Opacó las risas oscuras de la oscuridad. Opacó la vergüenza. El dolor se apoderó de cada centímetro de mi cuerpo. Venciéndome.

Lloré mientras el fuego terminaba de consumirme. El dolor rivalizando con su ardiente quemadura. Lloré mientras las manos finalmente me soltaban, satisfechas por mi ultraje. Lloré mientras el agua se alejaba. Abandonándome. No tenía salvación. El fuego había vencido. Luché por respirar mientras todo lo que podía ver, oír y sentir era dolor. Crudo.

—Marin.

Esta vez no fue la voz del libro la que pronunció mi nombre. Ni siquiera la de mis amigos. Era una mujer. Era suave y lejana, pero todavía nítida. Su voz me envolvió como un bálsamo. Borrando poco a poco el dolor y reemplazándolo con otro sentimiento. Con algo amargo e igual de enfermizo.



#13351 en Fantasía
#5217 en Joven Adulto

En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.