Apsara

CAPÍTULO 40

Los ojos de Tammen se ampliaron, el reconocimiento brillando tardíamente en esos pozos plateados. Él la conocía. Quise preguntar, pero su mirada pareció ordenar silencio. No aquí, parecía decir, no frente a ellos.

Tragué, asintiendo sutilmente mientras la deidad se giraba y lideraba el camino de regreso, fuera del templo y de este lugar.

Tal como al inicio, los lugares nos encontraron.

El fuego de las antorchas se desvaneció mientras salíamos del templo, las imágenes de las tres moiras custodiando en silencio nuestra retirada desde lo alto del frontón. Con cada paso que nos alejábamos el templo se iba desvaneciendo, perdiéndose nuevamente en la engañosa lejanía. Otro paso y dejamos la colina detrás. Me negué a mirar en dirección al fantasma junto a los árboles. Había tenido suficiente de eso por hoy. En su lugar me concentré en la amplia espalda de Tammen, sus pasos decididos mientras lideraba el camino. Estaba tan concentrada en él, que pude ver el momento exacto en el que algo lo alteró.

Su paso trastabilló, su alta figura tropezando hasta detenerse. Su espalda se tensó mientras su mirada buscó alrededor hasta encontrarse con la mía.

—¿Qué dijiste?

Lo miré sin comprender, había permanecido en silencio desde que salimos del templo.

—Um, ¿nada?

Su cabeza se movió, como si intentara borrar lo que fuera que creía haber escuchado. Se giró nuevamente, dispuesto a retomar el camino, pero otra vez algo lo detuvo. Su mirada volvió a encontrarme, la desesperación parpadeando en esos pozos plateados.

—Tú…tú…

Abrí la boca sin saber muy bien qué decir, ¿qué estaba alterándole? ¿Y por qué seguía mirándome con tal desesperación?

—¿Qué sucede? —fue Alec quien habló, alcanzándome y colocándome detrás de él. El dolor y la frustración recorrió el rostro de la deidad. Dio un paso en mi dirección, gruñendo como un animal enfurecido mientras Alec me escondía detrás de su alta figura.

—Es ella —murmuró Park, mirándome confundido, entonces miró alrededor como si estuviera buscando la fuente de algún sonido que no lográbamos escuchar. Sólo ellos —. Lo está llamando. Puedo oírla.

—¿Yo? —miré sorprendida de Park a Tammen, su mandíbula tensa como si luchara por controlarse. Sus ojos iban de mi rostro a donde Alec me mantenía, todavía semi oculta detrás —. Yo no estoy llamando a nadie.

Al menos no creía estar haciéndolo.

Park abrió la boca para decir algo, pero otro sonido lo interrumpió.

—Tammen.

Todos escuchamos con incredulidad como el grito desolado nos alcanzaba. La confusión invadiéndome al reconocer mi propia voz.

Sentí la mirada de todos sobre mí, como si las pruebas fueran más que suficientes para demostrar que había sido la del grito, pero mis labios no se habían movido. Ese grito tenía mi voz, pero no había sido mío.

—Tammen, por favor. Tammen soy yo. Por favor, vuelve. Tammen, por favor, regresa a mí.

Me moví incomoda mientras la mirada desesperada de Tammen se encontraba con la mía. Sus ojos bajaron a mi boca, como si necesitara asegurarse que aquellas palabras torturadas no escaparon de mí. No lo habían hecho. Aunque esa era inconfundiblemente mi voz. Sentí a Alec tensarse junto a mí, todos habían oído lo mismo.

—Tammen, sigo aquí. Estoy aquí. Por favor, regresa.

—No es real —murmuró la deidad, su voz forzada como si la simple oración le costara un gran esfuerzo —sigamos. Es la noche, se acerca.

Sus ojos se encontraron una última vez con los míos, algo intenso y salvaje bailando en aquellas profundidades, entonces se giró y nos guio hasta que el monumento apareció frente a nosotros.

Como antes, el cielo rugió mientras Tammen invocaba su poder, aquí el espectáculo fue atenuado por las tonalidades apagadas de la nada. No había cielo azul oscureciéndose, ni la formación de una tormenta avecinándose. El cielo, tan gris como el resto del paisaje, cantó al son del poder de la deidad. Entonces el relámpago centelló y la ráfaga de poder tocó el suelo, marcando el centro del círculo formado por los megalitos. El poder permaneciendo allí, creando la brecha entre los planos, habilitando el portal.

Will, Mason y Park lo atravesaron primero, desapareciendo en nuestro plano. Alec tomó mi mano, listo para atravesarlo, Tammen siguiéndonos siendo el último en cruzar; pero algo lo detuvo.

Esta vez no escuché ninguna súplica o llamado. Miré alrededor buscando lo que había captado su atención, mientras sentía a Alec tensándose a mi lado. Ambos miraban hacia un espacio vacío, una extraña neblina comenzaba a formarse allí donde miraban.

—Es hora.

La voz de la deidad nos empujó ese último paso a través del portal.

El resto del equipo nos esperaba del otro lado, ansiosos mientras vigilaban alrededor por posibles testigos humanos. La luna brillaba alta en el cielo, una espesa niebla suspendida por encima del suelo. Supuse que no estábamos muy lejos del amanecer, Tammen había tenido razón al decir que el tiempo corría en formas distintas en los distintos planos.

La deidad emergió del portal, su expresión perturbada encontrándose con mi rostro por un momento, parecía querer decir algo, pero sacudió su cabeza deshaciéndose de la idea y avanzó, alejándose.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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