Apsara

CAPÍTULO 43

Había perdido la cuenta de los días que me habían mantenido aquí.

Prisionera.

Nadie, además de la mano ocasional que abría la ventanilla en la puerta para dejar comida, se había acercado a mi celda. No había ventanas, por lo que intentaba medir el tiempo contando las comidas. Pero ni siquiera eso parecía ser muy regular. Una semana, tal vez. Una semana desde que me sacaron de esa cafetería anunciando que el Concejo me estaba acusando de traición.

Finalmente estaba sucediendo. Era una traidora.

Las paredes de piedra eran mi única compañía, la celda no era más que una caja vacía equipada con un deprimente sector de aseo que intentaba usar lo menos posible, y el camastro en el que pasaba la mayor parte del tiempo.

Los primeros momentos después de haber sido retenida fueron los más difíciles, la lucha latía en mi sistema, demasiado cerca de la superficie. Había caminado por horas en el espacio reducido, gritando, exigiendo hablar con el Concejo. Suplicando hablar con mis amigos, con cualquiera. No había obtenido respuesta alguna, mis palabras desapareciendo en el vacío solitario como si no hubiera nadie del otro lado de esa gruesa puerta metálica para oírme.

Estaba sola, y quizás esa era la peor parte.

Mis gritos se fueron enmudeciendo, los pasos flaqueando hasta que me había resignado a esperar. Y esperar.

Y esperar.

Esperar era todo lo que hacía mientras permanecía sobre mi espalda, la dura superficie del camastro negándose a adoptar mi forma, mi cuerpo entero enviándome quejas silenciosas que me concentraba en ignorar. No había mucho para hacer además de observar las grisáceas superficies de los planos de piedra que me mantenían cautiva, así que me dediqué a bucear en mi mente.

Me estaban acusando de traición después de volver de una misión en la que una deidad no sólo había ido en contra de los deseos del Concejo, sino que se había paseado por el salón con absoluta arrogancia, recordándoles que no eran nada frente a uno de ellos, utilizándome para demostrar su punto.

Esto era una venganza.

¿Realmente llegarían tan lejos para recuperar su poder? ¿Me usarían para demostrar su posición, al igual que Tammen me había usado para burlarse de ellos?

No. No pensaba permitírselo. Me incorporé sentada, la frustración recordándome que no había mucho que pudiera hacer encerrada aquí. La urgencia de moverme me obligó a ponerme de pie, dispuesta recorrer nuevamente los confines de la celda hasta que la piedra se desgastara bajo mis pisadas, terminé dos vueltas enteras cuando el sonido de la puerta detuvo mis rondas.

La pesada puerta metálica se movió con un sonido chirriante, para mi sorpresa, mientras una figura se paraba en el umbral.

Sarah Fairfax.

Siempre había creído que Fairfax era el único miembro del Concejo decente, quizás por su voz serena con la que se dirigía a ti en cada presentación frente a ellos. O su imagen, distando de los accesorios y adornos de jerarquía con los que se embellecían los caminantes de alto rango, o la mueca altanera que permanecía inamovible en los rostros de los médiums de élite. Ella por su parte siempre vestía sencillos trajes recatados, a veces blancos, a veces algún tono pastel. Siempre luciendo inofensiva con su cabello oscuro corto enmarcando un rostro de facciones delicadas, su piel pálida resaltando los orbes negros que eran sus ojos.

Fairfax nunca me había despertado ninguna alarma porque siempre se había visto demasiado normal, demasiado inofensiva. Ahora me daba cuenta de lo equivocada que había estado.

Su sonrisa seguía en su sitio, inalterable, mientras terminaba de entrar en la celda, la puerta cerrándose a su espalda demostrando que alguien esperaba en el pasillo. Esperé a que fuera la primera en hablar.

—Marin.

Su voz me cubrió con una falsa sensación de calma y familiaridad. No respondí a su saludo mientras la estudiaba con atención, todavía parada cerca de la pared de piedra mientras ella se paseaba por mi celda como si no hubiera dado la orden de detenerme hace días, su inspección no demoró demasiado después de todo la pequeña caja de piedra donde me había encerrado era sobre todo eso, pequeña.

—Me alegró saber que no te resististe en el momento de tu arresto —dijo alegremente —, me hubiera decepcionado mucho si alguno de tus compañeros hubiera resultado injustamente herido.

Apreté los dientes, aunque tenía razón. No había luchado. En su lugar había dejado que me escoltaran a esta fría y solitaria celda mientras cerraban la puerta y escondían la llave. Mi sangre había rugido en mis oídos, mi cabeza había martillado mientras seguía al caminante con el peso de las miradas indiscretas sobre nosotros, sobre mí, a través de los oscuros pasillos. Tragué la ponzoña que inundó mi boca mientras el caminante hijo de Skar me lanzaba una última sonrisa altanera al cerrar la puerta, encerrándome quién sabía por cuánto tiempo.

No había luchado porque ella tenía razón, no quería que ningún inocente resultara herido. Sabía que Will, y tal vez incluso Park, no dudaría en defenderme si mostraba algún signo de lucha. Habríamos peleado, quizás incluso vencido, pero las víctimas inocentes que hubieran quedado atrapadas en medio no tenían la culpa de nada.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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