Apsara

CAPÍTULO 44

Me gustaría decir que me mantuve indiferente hasta el final. Que ninguna injusticia, ni siquiera el Concejo condenándome por algo que no hice, podía sacar lo peor de mí. Que el rencor, la furia, por lo que me estaban haciendo me mantenía unida, firme. Que el odio que alimentaba esa furia impedía sentir pena por mí misma.

Pero sería una mentira.

Tan pronto Fairfax abandonó mi celda, llevándose esa extraña sensación con ella, lo que acababa de pasar recayó sobre mí. El hielo acarició mis venas mientras sus palabras lograban colarse por mi mente, despertando al fin mi instinto dormido, el instinto primario que gritaba y luchaba, con la falsa ilusión de defenderme.

Iban a matarme.

Y yo en verdad, en verdad no quería morir.

Primero, fue la desesperación. La angustia estrujó mi pecho hasta que ninguna otra respiración pudo colar aire en mis pulmones, hasta que sentí que podría asfixiarme hasta la inconciencia. Y quizás hubiera sido preferible eso, morir así por muy cobarde que fuera, porque sabía en mis huesos que cualquier cosa que el Concejo tuviera planeado para mí sería mil veces peor. Pero, de nuevo, yo no quería morir.

El segundo lugar lo ocupó el enojo. Oh, había mucho de eso en mí. La furia que me invadía rivalizaba con la desesperación, alimentaba mi instinto de sobrevivir. Mi rabia sería la que mantendría viva, quizás la única capaz de salvarme.

Al final, sólo quedaba el dolor. La tristeza. El desconsuelo por saber que sin importar cuanto odio o desesperación pudiera reunir en mi cuerpo, con cuanta valentía disfrazando mi resentimiento me enfrentara a los doce miembros del Concejo, al final del día todavía iban a matarme.

Sollocé, ni siquiera molestándome en regresar al camastro, en su lugar me derrumbé sobre mi trasero. El frío suelo congelándome rápidamente, o quizás fuera mi propio cuerpo, intentando endurecerme de adentro hacia afuera. Tenía que pensar algo, tenía que haber algo que pudiera hacer. El Concejo había tenido mucho tiempo para acusarme y condenarme, pero nunca lo habían hecho. Hasta ahora.

Hasta esa maldita misión.

Apsara.

El recuerdo de las emociones de Fairfax quebrando su máscara de serenidad al oír su nombre y lo que el libro había dicho regresó a mí. No estaban castigándome a mí. Esto era para ella. Y al parecer era un precio que tenía que pagar con mi propia vida.

Escondí mi cabeza en mis rodillas, mis sollozos enmudecieron, pero las lágrimas corrían libremente. Las dejé correr, quizás inundarían esta caja de piedra y encontraría el abrazo de la muerte en mis propias lágrimas, ahogándome en ellas.

Al menos no sería a manos del Concejo.

Me tomó un momento comprender qué había perturbado mi sueño. Otro para recordar por qué estaba durmiendo en el frío suelo de piedra y no sobre el camastro frente a mí. Mi rostro se sentía extrañamente hinchado y tierno, las lágrimas secas molestando la piel. Parpadeé, el sonido que me había despertado repitiéndose, entonces la puerta metálica protestó, abriéndose.

Alec observó el reducido espacio que conformaba mi prisión con evidente enojo, su expresión intensificándose al encontrarme encogida en un rincón, todavía en el suelo, abrazando mis rodillas a mi pecho.

—Marin.

Dio un paso, listo para alcanzarme, pero una mano enguantada lo detuvo.

—Tienes cinco minutos —dijo la voz aguda, supuse que ese era mi guardián de turno; sea quien fuera se mantuvo fuera de vista, ocultándose detrás de la pesada puerta —ningún minuto más.

Alec apretó la mandíbula en esa forma tan característica suya, la ira avivando las llamas en sus ojos dorados, pero terminó asintiendo y soltándose del agarre para terminar de adentrarse en el reducido cuarto.

—Alec.

Cayó de rodillas, alcanzándome y arrastrándome a su regazo mientras su mano sostenía suavemente mi rostro, sus ojos estudiándome cómo si buscara algún daño visible. Cuando no pareció encontrar ninguno me empujó a sus brazos, abrazándome con tanta fuerza y delicadeza que, si no sintiera que mis glándulas lagrimales se habían secado para siempre, podría haber vuelto a llorar.

—Shh, lo sé —su mano acarició mi espalda en una reconfortante caricia, su otro brazo manteniéndome aferrada a él —, lo sé. Lo siento. Intenté verte antes, pero ellos sólo no me dejarían. Tuve que esperar a que Lorch asumiera su turno para sobornarlo por unos minutos. Marin, ¿qué está sucediendo?

Me obligué a enderezarme para encontrar su mirada, incluso si eso hacía que me soltara de su abrazo.

—Me están acusando de traición, Alec.

Asintió lentamente, su mandíbula trabajando, pero nada de sorpresa impactando en su mirada dorada. Sabía que no debía ser un secreto para nadie fuera de estos muros, todo el mundo debía haber oído sobre mis cargos.

—¿Es por la misión? —preguntó suavemente —¿Es por lo que él te dijo?

¿Él? Lo miré confundida, sin comprender a qué se refería. Debió ser evidente, porque aclaró.

—La deidad.

La deidad. Tammen.

—No —dije, todavía confundida por su extraña conclusión —. No, Tammen no me dijo nada. No están haciendo esto por él. Me están acusando injustamente, Alec. Ellos saben que no hice nada, lo saben. Pero todavía van a declararme culpable.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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