Apsara

CAPÍTULO 46

—Marin, no temas. Voy a resolver esto. Lo juro.

Las palabras me despertaron con un sobresalto. La cama bajo mi cuerpo chirrió en protesta mientras me movía hasta incorporarme. La habitación que habíamos conseguido para pasar la noche cuando el viaje se volvió demasiado agotador no era más que un cuartucho barato en medio de un pueblo que no me molesté en recordar. No nos quedaríamos el tiempo suficiente para conocerlo después de todo. Nuestro único propósito ahora mismo era poner toda la distancia posible entre la Academia y nosotros.

Mi mirada se alzó hasta la pequeña ventana, la única en toda la habitación, notando la luz matutina intentando colarse a través de la fea cortina barata. La tela que alguna vez fue blanca ahora lucía amarillenta frente a la suave luz. Habíamos parado a descansar pasada la medianoche, después de pasar un día entero en la carretera.

Mis huesos protestaron mientras me ponía de pie, amaba mi motocicleta, pero tenía que admitir que no era la mejor opción para un vehículo de escape. Aun así, agradecía a Mason por haberla elegido al momento de planear nuestra huida. Eso era lo que le había encargado a Dorian que hiciera, habían buscado por algún dispositivo de rastreo y cuando estuvieron seguros que estaba limpia la sacaron a escondidas de la Academia.

Todavía me costaba asimilar todo lo que Mason estaba haciendo por mí. Los riesgos que había tomado para evitar que el Concejo pusiera sus garras en mí. La parte incrédula en mí, la que no confiaba en que alguien pudiera elegirme a este nivel, sobre su propio beneficio; no dejaba de recordarme que todo esto podía cambiar en un momento para el otro. Que nos encontrarían. Que Mason finalmente recapacitaría y me abandonaría en la siguiente parada. Que no podía enfrentarme a la Academia entera y vencer.

Era también esa parte de mí la que se molestaba en colar las últimas palabras de Alec en mis sueños, su mirada dorada decidida a enfrentarse al Concejo en mi nombre, pero todavía sin aceptar que todo esto no era un error. Que mis verdugos no escucharían de razones.

La puerta de madera oscura crujió al abrirse, dejando pasar a Mason. Llevaba una bandeja con dos tazas de café y una bolsa de panadería. Alcé las cejas impresionada, no creía que este pueblucho tuviera una cafetería.

—No te ilusiones —comenzó, entregándome la bolsa y una de las tazas —probablemente sea asqueroso. El lugar no se veía mucho mejor que esto —dijo señalando la habitación descolorida, capas de la pintura anaranjada comenzaban a caerse de las paredes.

—No voy a quejarme. Estoy muriendo de hambre.

Y lo hacía, la sensación sorprendiéndome. Después de todo, comer había sido la última de mis preocupaciones mientras había estado cautiva. Ahora que ya no estaba en mi fría celda, sentía que moriría si no probaba bocado.

Parecía que Mason quería añadir algo más, su boca se abrió como si fuera a hablar, pero entonces la cerró y se movió hacia el borde de la cama, sentándose mientras bebía un trago dudoso de su propio café. Fingí que no lo había notado mientras devoraba mi desayuno. Mi estómago agradeciéndome a pesar del insulso sabor.

—¿Convenciste al mecánico?

De pronto recordé la razón de la salida de Mason en primer lugar.

—Lo hice —dudó —¿Estás segura que esto es lo que deseas?

Asentí, masticando lentamente la masa dulce hasta que no era más que una pasta insípida en mi boca.

—Es lo mejor. Necesitamos poder descansar sin tener que detenernos. Llegaremos más lejos si viajamos en coche.

Lo habíamos discutido largo y tendido la noche anterior. Amaba mi motocicleta, pero en este momento no podíamos correr ningún riesgo, y detenernos para descansar era una acción demasiado peligrosa. Si viajábamos en coche podríamos descansar mientras el otro conducía, de esta forma nunca dejaríamos de avanzar.

Mason no apartó la mirada de mi rostro, como si necesitara asegurarse que lo decía de verdad. Sabía que si elegía seguir en mi motocicleta él no protestaría. Pero también sabía que hacerlo sólo aumentaría nuestras posibilidades de ser encontrados. Podía hacer esto. Por él.

—Bien —suspiró —entonces está arreglado. Le dejaré tu motocicleta y nos llevaremos uno de sus coches, jugaré un poco con su mente para hacerle creer que esto fue un gran trato a su favor.

Asentí, jugando con la taza en mis manos.

—Oye —su susurró me obligó a encontrarme con su mirada otra vez —¿sigues conmigo?

Quería decirle que se fuera. Que el problema aquí era que él siguiera conmigo a través de todo esto. No hablé.

—No me arrepiento, Marin —dijo, sabiendo exactamente lo que estaba carcomiéndome —. Si tuviera que elegir, lo volvería a hacer. Dime que me crees.

—Lo hago —lo hacía —. Ese no es el problema.

—Entonces, ¿cuál es?

—No importa el hecho de que lo hayas aceptado. El problema es que te estoy arrastrando conmigo mientras me hundo más y más. Te arrastro conmigo sin importar cuánto intente salvarte.

Un gruñido de frustración lo abandonó mientras dejaba la taza en el suelo y se acercaba a mí, sus manos enjaulando mi rostro, obligándome a mantener su mirada decidida.

—Eres mi familia, Marin. No la Academia. No la deidad que me dio nombre. Tú. Tú eres mi familia y todo lo que tengo en este mundo. Si no soy capaz de arriesgar mi vida por ti, ¿entonces por qué sí debería? Dímelo, porque a mí no se me ocurre nada más.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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