Apsara

CAPÍTULO 47

El otoño huele a mar y almendras tostadas.

La Abadía de la Claridad se escondía entre pequeños pueblos pesqueros al sur de Cornualles, casi enfrentando el Canal de La Mancha. Había pasado los primeros años de mi vida entre esas frías paredes de piedra, luego de que alguien decidiera abandonarme a las puertas del convento. Las monjas me habían aceptado, brindándome refugio y educación, y un nombre.

Marin.

La que vino del mar.

No creía que realmente había nacido del mar. Ni siquiera sospechaba de tener la magia de alguna deidad marítima corriendo por mis venas, pero me gustaba creer las palabras de las monjas; me gustaba imaginar que eran verdaderas. Que había nacido del mar, que mi hogar siempre estuvo cerca.

La abadía había sido lo más parecido a un hogar que había tenido alguna vez.

No importaba si realmente siempre fui la intrusa allí, como en todas partes. Mis días consistían en despertar con el primer bosquejo de luz y ayudar con los quehaceres. Los días que no nos reuníamos para misa los usaba para estudiar, había leído cientos de libros polvorientos en las inmaculadas habitaciones; ayudado en la preparación de cientos de pasteles de manzana luego de la cosecha en la cálida cocina, y había escapado por cortos intervalos al hermoso jardín que llenaría de orgullo a la comunidad si el orgullo no simbolizara un pecado para ellos.

A veces, había escapado al mar.

Cuando ese pequeño rincón prevaleciente en el tiempo era todo lo que conocía, había deseado tanto escapar a la inmensidad del mundo. Había estado tan equivocada. Lo había entendido demasiado rápido, la lección me había costado tanto.

Me había costado todo.

Mi mano se alzó hasta la cicatriz pronunciada en mi rostro, había renunciado a mi velo mientras nos acercábamos por las angostas calles de Looe, los altos arbustos envolviéndonos como si recorriéramos un laberinto natural, temiendo llamar demasiado la atención de las personas que nos encontrábamos en el camino.

—¿Es como lo recuerdas?

La pregunta de Mason llamó mi atención, su mirada recorría la extensa vegetación circundante con curiosidad; sabía lo que cruzaba su mente, este rincón parecía demasiado sereno para pertenecer al mundo violento que conocíamos. Nosotros estábamos demasiado manchados para irrumpir en este lugar. Borré el pensamiento mientras respondía a su pregunta.

—No ha cambiado nada —dije observando el conocido paisaje, se sentía como verlo por primera vez. Viejos desconocidos, eso éramos —. Y al mismo tiempo siento que todo es diferente.

Permaneció en silencio.

—Quizás hay más personas —murmuré pensativamente.

Luego de otro minuto de viaje, la abadía se alzó frente a nosotros.

La construcción victoriana custodiaba la silenciosa Sclerder Ln, imponiéndose como una ilustración de alguna novela gótica sobre fantasmas. Pero ahora sabía que no había fantasmas reales en este lugar, jamás había visto aquí un ser prisionero de tanta desolación como el que había conocido en la misión de Tammen.

—¿Estás lista?

Sacudí mis pensamientos mientras asentía y bajaba del coche. Mason había sugerido que nuestra mejor opción era manipular las mentes de las monjas, no podíamos arriesgarnos a que dijeran algo que podría correr con el viento y llegar a oídos del Concejo, si es que se acercaban lo suficiente como para encontrarnos.

Seríamos sólo otro par de almas en busca de misericordia y reconciliación con nuestra fe. No me gustaba mentirles a estas personas después de lo que habían hecho por mí, sin embargo, de esta forma también podía protegerlas o al menos intentarlo.

El eco secundó los golpes de Mason mientras esperábamos fuera de las puertas de madera. El portal chilló agudamente mientras las bisagras se movían y el pequeño cuerpo femenino de una monja nos enfrentaba.

No recordaba su rostro, quizás era nueva, quizás mi memoria no estaba tan inmaculada como sospechaba.

—¿Puedo ayudarlas?

La serena voz me recordó que la anciana seguía esperando a que nos presentemos. Afortunadamente, Mason ya había comenzado a manipular sus pensamientos.

—Estamos en búsqueda de albergue —dijo tranquilamente, su voz engatusando la mente de la tranquila ancianita —deseamos encontrarnos nuevamente con nuestra fe, atravesamos un largo camino de reconciliación, el cual comenzamos en Zaragoza, España. —los ojos ambarinos de la mujer brillaron hipnotizados mientras mantenía la mirada de Mason —. Nos comunicamos con ustedes por correspondencia durante meses, nos esperaban la semana entrante, pero logramos llegar antes de tiempo. Somos las novicias Fátima y María.

La mujer asintió, su sonrisa ampliándose en su arrugado rostro.

—Por supuesto, Fátima y María, sean bienvenidas. Las esperábamos más adelante, pero siempre hay lugar en la casa del Señor. Adelante, pasen. Soy la hermana Ann.

El aire abandonó mi cuerpo con un suspiro, sólo entonces noté que había estado aguantando la respiración durante todo el intercambio. Seguimos a la monja a través de la modesta estancia, estudiando el lugar con ojos calculadores, contando la misma historia una y otra vez con cada persona que se presentaba frente a nosotros. Al final del recorrido ya habíamos engañado a demasiadas mentes, pero todavía quedaban unas pocas personas con las que no nos habíamos topado según la información que nos proporcionó la hermana Ann luego de que Mason indagara sobre el número de personas viviendo actualmente en la abadía.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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