Apsara

CAPÍTULO 48

El silencio permaneció con nosotros mucho después de que la puerta se cerrara tras la partida de la hermana Ann. Mason fue el primero en romperlo.

—Eso fue…sorprendentemente sencillo.

Asentí, de acuerdo. Sí, usar nuestra magia siempre nos dejaba un poco cansados o somnolientos cuando requeríamos de tanto esfuerzo, pero había esperado mucho más de una tarea como esta. Vencer el sistema no podía ser tan sencillo, ¿verdad?

Mason soltó un suspiro mientras inspeccionaba el ropaje que nos habían brindado con ojo crítico, no podía usar el uniforme femenino, pero ambos teníamos un cambio más de ropa y siempre podíamos encontrar algo en alguna tienda cercana. Eligió una toalla.

—No sé tú, pero realmente necesito una ducha y dormir una hora o dos antes de esa cena, ¿qué crees que nos servirán?

Pensé en las tartas de manzana y canela. El aroma a almendras tostadas que siempre rodeaba el lugar, mezclándose con la sal fresca en la brisa marina que apenas se percibía a esta distancia.

—Probablemente algún guisado —dije distraídamente mientras observaba el extenso jardín fuera de la pequeña ventana ubicada entre los reducidos camastros. Podía atisbar algunas de las lápidas de piedra del cementerio desde esta distancia. Ese lugar me había asustado de niña, observarlo ahora sólo me dejaba una extraña sensación de calma.

—¿Estarás bien aquí?

La voz de Mason me sorprendió, había olvidado que seguía en la habitación.

—Por supuesto. Toma esa ducha, estaré aquí. Haré la primera guardia mientras descansas, no tengo sueño.

Mason se movió hacia la puerta, entonces dudó y se detuvo, girándose hasta encontrarse con mi mirada otra vez.

—Sólo serán unos días —me recordó, era sólo una fachada para planear cómo seguir desde aquí —. Sólo hasta que pensemos en un mejor lugar.

Asentí.

—Estoy bien. No te preocupes.

Parecía que no terminaba de creer en mis palabras, no podía culparlo. Estaba de todo menos calmada. Afortunadamente, asintió y salió de la habitación, cerrando suavemente la puerta tras él.

Regresé mi mirada al extenso jardín, y más allá, hasta las tranquilas lápidas descansando silenciosas, custodiando serenamente la abadía.

Quizás incluso reconociéndome y dándome la bienvenida.

Merodeé por los pasillos mientras observaba a las hermanas organizarse para servir la cena. Habían asignado las tareas previo a nuestra llegada y cuando nos ofrecimos a ayudar fuimos descartados con la excusa de que era nuestra bienvenida. Estaba segura que mañana estaríamos lustrando los pisos de la capilla como el resto.

Avisté la alta figura de Mason mientras ignoraba las órdenes de la hermana Ann y ayudaba a un grupo de monjitas con las cosechas del día, trasladando los bultos de frutas y vegetales hacia el área de la cocina. Una sonrisa se me escapó al imaginar la imagen de la hermana Fátima, una morena rechoncha y bajita, arrastrando las pesadas cargas sin inmutarse.

Las puertas que llevaban al jardín se encontraban abiertas de par en par, la brisa colándose y refrescando la cálida estancia. Eché un rápido vistazo alrededor para comprobar que nadie me seguía y salí sin llamar la atención.

Apenas puse un pie en el exterior, una ventisca rozó mi cuerpo, obligándome a apretar el sencillo chal que había tomado del uniforme, envolviéndolo a mi alrededor para protegerme del gélido clima. Mi rostro seguía al descubierto, la sensación del aire helado acariciando mi piel todavía siendo una novedad. No me molestaba, como esperaba que lo hiciera. Sólo se sentía ajeno, extraño. Inhalé la fragancia marina y salada que acarreaba el viento, llenando mis pulmones hasta que sentí que podrían explotar en mi pecho; lo retuve allí hasta que sentí la protesta de mi cuerpo, entonces lo dejé libre, disfrutando la sensación casi calmante.

Una risa infantil interrumpió mi extraña meditación. El sonido demasiado fuera de lugar en mi entorno. Busqué por la fuente de aquella risa cuando noté una solitaria figura descansando en uno de los bancos de madera sueltos en el jardín. La delgada silueta de la mujer se encorvaba hacia adelante, su cobriza cabellera recogida en una larga y espesa trenza que resaltaba en contraste con los colores neutros de su vestimenta. Noté tardíamente que llevaba un uniforme similar al que la hermana Ann nos había ofrecido al llegar. Me acerqué lentamente, con cautela, sorprendiéndome mientras la risa infantil aumentaba; los balbuceos inconfundibles de un bebé mezclándose con la baja voz de la mujer.

—Por supuesto que lo eres —susurró la suave voz, llena de afecto.

Una rama se rompió bajo mi bota, el sonido perturbando el ambiente. Los hombros de la mujer se tensaron al instante, los susurros deteniéndose mientras se ponía de pie rápidamente, girándose en mi dirección. El bebé en sus brazos sólo me observó con curiosidad, una sonrisa todavía adornando su pequeño rostro.

El miedo trepó por mi garganta mientras mi mirada se encontraba con ojos del más brillante plomo, el color recordándome a una feroz tormenta. No podía ser real. Era imposible.

El niño era un caminante.

Su sonrisa se atenuó mientras la curiosidad en su pequeño rostro de querubín crecía, su mirada grisácea recorriéndome como si intentara adivinar quién era, qué estaba haciendo allí. Yo me preguntaba lo mismo.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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