Gretta había sido mi primera misión.
Nunca había olvidado ninguna, pero estaba segura que mientras viviera jamás olvidaría esa en especial. No sólo porque había sido una primera misión exitosa, alimentando mi ego y haciéndome sentir que mi existencia en este mundo tenía algún motivo mayor al fin; no. Gretta no sólo había sido mi primera misión, sino que también fue la persona con la que tracé la línea.
No me permitiría jamás volver a relacionarme con ningún encargo. Las víctimas no eran mis amigos. No recordaría sus nombres, mucho menos me encariñaría con ellos.
Había desaparecido de mi vida después de esa reunión con el Concejo, la incredulidad me había inundado cuando Fairfax nos había informado sobre aquellos que habían desertado y su nombre había aparecido en esa lista, junto a otros pocos. No podía creerlo entonces, como no podía creer lo que mis ojos veían ahora mismo.
Ella había sido mi amiga. Habíamos compartido habitación, la había escuchado llorar incontables noches luego de que la oscuridad nos ofreciera refugio, la había consolado algunas de las peores. Su mundo había sido destrozado el día que nos conocimos, y una pequeña parte de mí había sanado ese mismo día. Ella me había dado un motivo para que toda esta violencia y sacrificio tuviera alguna especie de razón, algo que locamente hiciera que arriesgar mi vida valiera la pena.
Y entonces me lo había arrebatado, llenándome de dudas y desconfianza. Volviéndome una traidora. Sentenciándome.
No había cambiado nada y a la vez era una persona totalmente diferente a la que recordaba. La persona frente a mí no era la misma que había esperado ansiosamente por mí luego de cada entrenamiento de lucha para desayunar juntas, ni la que había bromeado tontamente con el supuesto enamoramiento de Mason conmigo. Gretta había cumplido veintiún años cuando desapareció de mi vida, había pasado un poco más de un año y se veía demasiado diferente para tratarse de la misma persona. Había signos de preocupación grabados en su rostro, su cabello que usualmente brillaría y bailaría suelto ahora se hallaba apagado y sujetado en una sencilla trenza; el atuendo que llevaba no dejaba mucho de su cuerpo a la vista, pero la delgadez en su figura era notable.
Era un fantasma de la persona que alguna vez conocí.
El balbuceo interrumpió mis pensamientos, recordándome que el verla aquí, viva frente a mí, no era realmente lo más sorprendente de este encuentro.
Bajé mi mirada a la carga en sus delgados brazos. El bebé seguía mirando en mi dirección, sonriendo como si creyera que era un rostro familiar, un amigo. Sus manitas se estiraron mientras intentaba alcanzarme, sus ojos grises brillando mientras la magia detrás descansaba expectante. Aún era demasiado pequeño para manifestar su poder, pero allí estaba. Esperando. Un gran poder residía dentro de este niño. Me obligué a apartar la mirada de sus ojos, reconociendo el resto de su apariencia, notando por primera vez los hilos cobrizos en la cima de su cabeza y el tono caramelo de su piel. La angustia trepó en mi garganta, asfixiándome. Él no podía ser realmente…
—Es mío.
Alcé la mirada rápidamente, ante la declaración llena de intención de Gretta. Sus brazos parecieron envolverse con más ímpetu alrededor del pequeño cuerpo. Como si intentara protegerlo. De mí.
—No voy a permitir que te lo lleves. No se los entregaré. Es mío.
Abrí la boca, aunque no conseguía hilar ningún pensamiento mucho menos alguna oración para decir. El terror se vislumbraba en los bordes de su mirada, y algo más, algo salvaje que me aseguraba que Gretta moriría antes de apartarse del lado de ese niño.
—Quizás deberíamos llevar esta pequeña reunión a otro sitio…más discreto.
La tranquila voz nos sorprendió a ambas. Maldije en silencio lo descuidada que estaba siendo. Había bajado mis escudos al comprender que un bebé caminante se encontraba en este lugar, permitiendo a Gretta tener un buen vistazo bajo mi disfraz; y ahora ni siquiera había notado la llegada de Mason, encontrándome demasiado perdida en el hecho de que Gretta no sólo estaba viva, sino que obviamente había tenido un hijo. Un hijo dreamwalker.
El hijo de una deidad.
—Caminemos —habló nuevamente Mason, su voz sonaba tranquila, pero su rostro serio lo delataba. Había ferocidad brillando en esa mirada. Y sólo quizás un poco de sorpresa y curiosidad mientras miraba hacia Gretta y el niño —tenemos tiempo antes de la cena.
Gretta miró hacia el recién llegado en silencio, tomándose su tiempo en asentir lentamente mientras se aferraba a su bebé y nos guiaba fuera del jardín de la abadía, sabía sin preguntar dónde nos dirigíamos.
Hacía tiempo que no veía el mar.