Los tres nos detuvimos cerca de la orilla, mirando hacia la helada extensión frente a nosotros como si necesitáramos postergar esta conversación otro segundo. Los balbuceos del niño se incrementaron, su entusiasmo al visualizar las pequeñas olas barriendo las rocas era evidente. Pensé en la tormenta escondida en sus ojos, quizás su magia latía con más fuerza al visualizar el paisaje marítimo.
—Trato de traerlo tantas veces como puedo —murmuró Gretta, cediendo ante el entusiasmo del niño y sentándose en una roca, permitiendo que la espuma se acerque a ellos sin tocarlos realmente —, ama el mar. Cuando…escapé, este fue el primer lugar en el que pensé que estaría segura. Recordé lo que me dijiste una vez. Que aquí podía sentirse el aroma del mar en el aire. Quería eso para él.
—¿Cómo se llama?
El suave susurro de Mason me sorprendió, apenas lo había oído por encima del rugido del viento. La emoción enmudeció a Gretta por un momento, pude verla tragar antes de contestar.
—Morgan.
Morgan. Morgan. Morgan.
—Es un bello nombre —miré hacia Mason, pero sus ojos nunca abandonaron la pequeña figura jugueteando, intentando alcanzar la espuma marina sin éxito —es él la razón por la que… ¿te fuiste?
Mis ojos cayeron en Gretta nuevamente. Su rostro inclinado me impedía ver su expresión, pero noté la forma en que sus hombros se tensaron ante las palabras de Mason. Mi propio cuerpo se tensó también.
¿Era posible? ¿Gretta había estado embarazada antes de jurar lealtad? ¿Esa fue su razón para negarse?
—No podía jurarles lealtad —dijo finalmente —, no cuando lo supe. Estaba asustada. Aterrorizada. Pensaba en lo que pensarían. En lo que harían. En lo que me obligarían a hacer. Simplemente no podía permitirlo. Sabía que si juraba lealtad…él les pertenecería, me lo arrebatarían. No iba a permitir que lo hicieran. No iban a alejarlo de mí.
—Fue uno de ellos.
Las palabras colgaron en el viento, entre nosotros. Tardíamente me di cuenta que eran mías.
—No lo diré. No importa quién es el padre. Es mío. No van a alejarlo de mí.
Abrí la boca para protestar, pero Mason se adelantó nuevamente.
—Nadie quiere alejarte de tu hijo, Gretta —intentó tranquilizarla.
Esta vez, el rostro lleno de furia y dolor nos devolvió la mirada.
—Te equivocas —la intensidad detrás de sus palabras nos silenció a ambos —si estás aquí. Si ambos están aquí, significa que ellos no tardarán en llegar; y cuando lo hagan, lo alejarán de mí. Ya lo han intentado.
Mason y yo compartimos una mirada rápida.
—¿Qué quieres decir? ¿Cuándo lo intentaron?
Una risa cansada escapó del cuerpo de la que alguna vez fue mi amiga, el sonido parecía transmitir todo el peso que la agobiaba. No había humor en su voz, sólo era una melodía desesperada.
—¿Realmente creen que la Academia permitiría a alguien escapar? ¿Sólo así de fácil? No creo que ninguno de los dos haya estado realmente tan ciego todo este tiempo.
—¿Qué tratas de decir?
Gretta me miró, el enojo agudizando sus rasgos.
—¿Qué crees que hacen con los desertores, Marin? ¿Dónde terminan aquellos que no están dispuesto a jurarles lealtad ciega, los que se niegan a seguir sus reglas?
No me atreví a hablar.
—Te has negado a jurar lealtad, pero sigues aquí, ¿no te has preguntado por qué? ¿Por qué te tuvieron consideración cuando cualquiera de tus compañeros que se negaron a jurar desaparecieron?
Las palabras acribillaron mi mente, rehusándose a darme un respiro mientras los recuerdos de aquella desertora, Tonya, volvían como un tsunami. La sensación de asfixia se incrementó mientras la mirada furiosa y desesperada de Gretta permanecía sobre mí.
—¿Te has cuestionado siquiera qué sucede después? Con aquellas personas que se negaron y no tuvieron tanta suerte como tú, ¿piensas en alguien más que no seas tú misma, Blackthorn?
Lo había pensado, me había obligado a no pensar. No quería conocer la respuesta. Sabía que lo que diría, la verdad, acabaría por derrumbar el mundo que me había esforzado tanto en mantener en pie. Tenía una razón. Mi existencia tenía un motivo. Mataba para proteger. Servía a la Academia para eliminar a los monstruos que caminaban por este mundo. Lo hacía.
Éramos los buenos.
Lo éramos.
No podía aceptar otra verdad que no fuera esa. No podía considerar la posibilidad de que…
—En el infierno, Marin. Nos condenan al infierno.