Me revolví en el pequeño camastro, como si retorcerme en los reducidos confines me ayudara a encontrar alguna posición lo suficientemente cómoda como para conciliar el sueño.
Como si eso fuera lo que me estuviera manteniendo despierta.
—Duerme.
La voz silenciosa de Mason me sorprendió, pensé que había sucumbido al sueño momentos antes, habíamos pasado la primera noche descansando por turnos, comprobando el lugar en caso de posibles intrusos. Había sido una noche larga. Y aburrida.
Después de esa noche demasiado tranquila, Mason había decidido que era seguro descansar una noche completa de sueño, después de todo lo necesitábamos con urgencia. Había echado una mirada rápida a mi reflejo en una de las ventanas mientras ayudaba con la limpieza del día y me había sorprendido encontrarme con oscuros pozos violáceos bajo mis ojos. No recordaba la última vez que había descansado profundamente y en paz.
No era algo que conseguiría esta noche tampoco.
—No deberíamos dejarla fuera de nuestra vista, ¿y si intenta escapar?
No necesitaba decir su nombre para que entendiera a quién me refería. Gretta. No habíamos hablado mucho después de sus palabras en la playa. Su tono enfurecido mientras afirmaba haber vivido un infierno a causa de la Academia y su negación a jurar lealtad seguían rondando mi cabeza. Y el niño. Morgan. No habíamos conversado mucho más que eso, el tiempo se había terminado y teníamos que regresar a tiempo para la cena, no necesitando llamar la atención sobre nosotros todavía más.
Me había pasado esa primera noche deambulando, buscando su dormitorio hasta encontrarlo al final del pasillo. Los balbuceos de Morgan atravesaron la puerta, seguidos por el suave canto de Gretta. Permanecí fuera de esa puerta, sin delatar mi presencia, mucho tiempo después de que ambas voces habían enmudecido.
—No lo hará —dijo Mason, su voz serena viniendo desde la oscuridad.
Me giré en su dirección, como si lograra vislumbrar su gran figura apretándose en los confines de su propio camastro.
—¿Cómo es que estás tan seguro?
El angosto mobiliario protestó bajo su peso, supuse que también se encontraba mirando en mi dirección ahora mismo.
—Porque nos necesita. Quiere contarnos su historia. Y quiere que le creamos.
Suspiré, odiándome por encontrarle sentido a sus palabras.
—No puede hacerlo sola —susurró, incluso más bajo —. Cuidar a Morgan. Es una especie de milagro que lo haya conseguido hasta ahora. Lo sabes. No puede seguir protegiéndolo por su cuenta.
Lo sabía. El pensamiento había cruzado mi mente cada vez que había vislumbrado ese sonriente rostro regordete durante el día; siempre a lo lejos, pasando de persona en persona, todos hipnotizados por su angelical presencia.
Gretta haría lo que fuera por proteger a su hijo.
Y ahora mismo, eso significaba confiar en nosotros.
Acompañé a la hermana Ann en su recorrido por las tierras de la abadía que contenían la granja y los huertos. Me maravillaba ver a todas estas personas trabajando a la par, recolectando la cosecha de los árboles y la tierra; algunos cuidando de los animales que poseía el convento. Todos parecían contentos con sus tareas, siempre brindando una sonrisa en su saludo al pasar.
—Estamos muy agradecidos con su presencia en nuestro hogar —dijo la anciana mientras me ofrecía una de las manzanas que colgaba de una rama baja, había insistido en encargarme de esa tarea, temiendo que la mujer mayor pudiera lastimarse en el proceso, pero ella sólo había desechado mi sugerencia con una risa curiosamente divertida —la ayuda que nos han brindado no tiene precio. En especial la novicia Fátima. No sabía que la dama fuera tan talentosa en reparaciones.
Quise reír a carcajadas al recordar la expresión sorprendida de las hermanas mientras Mason se hacía cargo de todas las refacciones que había que hacerse en el edificio principal. Supongo que una monjita reparando la azotea no era algo que veías todos los días.
—Agradecemos su recibimiento —dije, obligándome a permanecer seria —estamos felices de ayudar en todo lo que podamos durante nuestra estadía.
La anciana asintió mientras me ofrecía otra manzana, la coloqué en la cesta con las demás. Mi estómago protestó en ese momento, el sonido avergonzándome lo suficiente como para que mis mejillas se tiñeran por el calor.
La risa de la hermana Ann no hizo mucho por mejorar mi estado.
—Aquí —dijo entregándome la siguiente fruta de aspecto brillante —ve y descansa, has hecho suficiente por hoy; llevaré esto a la cocina para que las hermanas se encarguen del postre de esta noche.
Quería protestar, pero el sonido de una risa me interrumpió. Busqué con la mirada hasta encontrar a Morgan riendo, en brazos de Mason, cerca de uno de los perros que ayudaban con el ganado. El animal movía la cola, animado y encantado por la atención. No muy lejos de ellos, Gretta descansaba sobre un tronco caído esculpido como banco, una sonrisa pegada a su rostro mientras contemplaba la escena.
—Ve con ellos —la voz de la hermana Ann me sorprendió, pensé que se había alejado silenciosamente —enviaré por ustedes cuando se acerque la hora de cenar.