No le devolví la navaja. Gretta tampoco pareció interesada en recuperarla.
—Me mantuvieron sedada.
La voz de Gretta llamó mi atención lejos del arma en mis manos. Incluso Mason pareció alejar su atención del niño para encontrarse con las palabras de nuestra antigua amiga.
—Los primeros meses —continuó, su voz raspándose como si su garganta se encontrara llena de arena —es todo lo que logro recordar. Ellos lo sabían. Que estaba embarazada. De quien lo estaba. Lo sabían y por eso me mantenían en ese estado. Lo suficientemente saludable como para asegurarse de que no perdería al niño, pero todavía demasiado débil para escapar.
Tragué saliva, sintiendo mi boca demasiado seca de repente.
—No hablaban conmigo. No importa cuánto suplicara. Cuanto rogara. Sólo veía a una persona cuando me alimentaban, cuando me tomaban muestras para asegurarse que mi embarazo seguía en ritmo. Y siempre eran personas diferentes. Quizás no lo eran. Quizás era eso lo que querían que creyera.
Su mirada brilló con las lágrimas contenidas, pero no se encontró con ninguno de nosotros; nunca apartó la mirada de Morgan.
—Estuve en dos lugares. Lo…recuerdo. O al menos creo que lo hago. El primer lugar parecía demasiado clínico, antiséptico como una habitación de hospital. El segundo…el segundo lugar fue el peor.
El miedo que inundó su voz repentinamente me mantuvo alerta.
—No estaba sola. En ese lugar. Recuerdo voces y llantos. Súplicas, similares a las mías. Todas eran mujeres. Algunas se veían incluso más jóvenes que tú o yo, Marín. No sabía sus nombres, pero estaba segura de una cosa. Todas eran médiums.
Miré a Mason, sorprendida, los médiums eran extraños de localizar de por sí, ¿el hecho de que incluso todas fueran médiums mujeres? No podía ser sólo una coincidencia.
—¿Cómo…cómo lo sabes? —Gretta me miró —Que eran médiums. Como tú.
Un recuerdo pareció presentarse tras esa mirada, el horror más crudo escapando y bordando sus rasgos.
—Porque todas veíamos los fantasmas de aquel lugar.
Mi aliento se detuvo, el recuerdo del fantasma atormentado regresando como una venganza. Ella no había visto uno. Ninguna de ellas lo había hecho. ¿Qué podría ser ese lugar si había tantos retazos de almas condenados a permanecer allí? Mason me miró, supe sin preguntar que su mente había ido a la misma pregunta.
—Al principio, me aterraban —admitió silenciosamente, como si el hecho de vivir una experiencia tan tenebrosa y sentirse afectada por la misma era motivo de vergüenza —. Pronto entendí que ellos no eran los peores, no. Debía temer a los que seguían vivos, los monstruos que nos mantenían allí. A los que ya no les serviría una vez que diera a luz.
—¿Cómo conseguiste escapar? —esta vez fue Mason quien habló.
Gretta asintió lentamente en reconocimiento.
—Iban a movernos a una nueva localización. La última según aprendí después. Un grupo de desertores libres interrumpieron el traslado. Ellos fueron los que me liberaron. Estaba demasiado débil como para caminar por mi cuenta, si no fuera por su ayuda…ninguno de los dos estaríamos aquí.
Pensé en eso, recordando a los desertores que había estado cazando en nombre de la Academia. De pronto sentí que no podía respirar.
—Tonya —dije sin pensar —¿estaba Tonya en ese grupo?
La sorpresa en su rostro pecoso fue fugaz.
—Lo estaba, ¿cómo puedes saber eso?
Porque yo me encargué de matarla.
El pensamiento pareció reírse de mí. Miré en silencio a Morgan, quien se encontraba ajeno al horror de nuestras palabras, todavía jugueteando con su trozo de fruta. Estaba vivo, y sano, gracias a Tonya. Y yo le había pagado el favor llevándola a su muerte.
Sentí que iba a vomitar.
Mason me lanzó una mirada preocupada, pero no había mucho que pudiera hacer mientras sus brazos se encontraran ocupados con tal preciosa carga.
Me puse de pie, alejándome unos pasos, obligándome con cada uno a tomar una respiración. Necesitaba respirar. Necesitaba llenar mis pulmones y expulsar el aire.
—Marin, ¿qué sucede?
No me giré cuando sentí a Gretta acercándose. No podía hacerle frente y descubrir la preocupación en su rostro. Quería reír por la ironía. Ella estaba preocupada por mí ahora, pero no lo estaría cuando supiera lo que había hecho. Que había devuelto a la persona que salvó su vida con sus captores, para hacerle sólo los dioses saben qué.
La muerte parecía ser demasiado bueno.
—Marin…dile.
Miré a Mason. Morgan seguía en sus brazos, la manzana olvidada mientras miraba entre los tres, como comprendiendo que algo estaba sucediendo. Sus pequeñas cejas cobrizas se fueron arrugando en preocupación.
No podía hacerlo. No podía decirle. No frente a Morgan.
No podía convertirme en el monstruo de la historia frente a él.
—Tiene derecho a saber.
Quería gritarle a Mason que se detuviera. Que no siguiera hablando. No podía.