No busqué a Gretta el resto del día. Ni siquiera pude obligarme a permanecer fuera de su puerta esa noche. Me decía a mí misma que era lo mejor para ella, que necesitaba tiempo para digerir la noticia y mi papel en toda esta historia, sólo un verdugo más de la Academia; pero en el fondo sabía que tampoco podía enfrentarla aún.
Estaba huyendo mientras pudiera.
Mason se mantuvo en un tormentoso silencio, también. Sabía que estaba de mi lado, que no me culpaba por lo que había tenido que hacer en nombre del deber. Pero también sabía que no era precisamente la víctima en todo esto. Siempre había opciones. Siempre existían elecciones que hacer. Y al parecer siempre había elegido mal.
Gemí, luchando por respirar mientras me inclinaba, apoyando las manos en mis rodillas desnudas. La lluvia de la ducha caía sobre mi espalda, bañándome mientras el resto de mí luchaba por mantener el oxígeno dentro de mi sistema. Me enderecé, todavía mareada por la sensación de asfixia. Tenía que recomponerme. Rápidamente.
Las decisiones que había tomado, las elecciones que había hecho, seguirían allí. No podría borrarlas. Serían mis marcas, las llevaría conmigo hasta el día en que muriera. No podía hacer nada con eso, y tampoco podía dejarme vencer por el peso y castigo por mis errores.
Tenía que seguir.
Aun me quedaban muchas elecciones por hacer. Y sólo lo conseguiría atravesando todo esto. Un respiro a la vez.
Me quedé en esa ducha más tiempo del debido, probablemente. Pero cuando al fin salí del cuarto de baño, me sentí un poco más como yo.
Y un poco menos como el monstruo que la Academia había forjado orgullosamente.
Busqué a Mason en nuestra habitación, pero no lo encontré. Me dirigía hacia el salón principal cuando una voz me detuvo.
—Marin, dulce niña.
El vello de mi nuca se erizó con un escalofrío mientras buscaba a la dueña de aquella voz, aun sabiendo que era imposible, que tenía que ser algún truco de mi imaginación.
La imagen frente a mí permaneció serena, esperando a que reaccionara. Mi mente estaba demasiado aturdida como para hacer algo más que mirar a la mujer que me devolvía la mirada. No había cambiado nada. Ni siquiera una arruga en ese hermoso rostro, sólo interrumpido por aquella cicatriz que recordaba bien. Le había preguntado en infinidad de ocasiones cómo la había conseguido, cuánto dolor había tenido que soportar por cargar una herida como aquella. La fea cicatriz surcaba su rostro, atravesando su mejilla izquierda y acariciando los bordes de sus ojos y boca. Quien diría que con el tiempo yo me había ganado mi propia cicatriz. Como si adivinara mis pensamientos, sus ojos de hielo fueron a mi propia marca, estudiándola minuciosamente.
—Pequeña manzanita, tú también te has enfrentado a las cuchillas del destino.
Tragué, comprendiendo que esto estaba sucediendo realmente, aquella mujer se encontraba frente a mí. Hermosa e imperturbable como tantos años atrás, antes de que me marchara de este lugar. Como si el tiempo no habría logrado alcanzarla.
—Hermana Clotilde.
Su sonrisa iluminó su bello rostro, como si la idea de que la recordara le entusiasmara.
—Sabía que no me olvidarías, mi manzanita.
Miré alrededor, comprendiendo que estábamos solas en el pasillo, el murmullo demasiado lejos como para que alguien osara asomarse en un momento cercano.
—¿Cómo es posible? Se ve…igual a como la recuerdo.
Una risa entretenida fue mi respuesta.
—Me halagas, Marin.
No lo hacía. Me encontraba realmente confundida.
—No la veo desde que tengo diez años —le recordé, como si necesitara dejar en claro mi punto y la razón de mi confusión —y usted se ve…joven.
La sonrisa se atenuó, apenas.
—Tú te ves mucho más sabia, Marin. Me alegra comprobarlo. Temía que tu destino te hubiera convertido en alguien…diferente. Estoy feliz de descubrir que no es así.
¿Mi destino?
Abrí la boca para preguntar, pero un llamado me detuvo. Me giré para comprobar que Mason se encontraba trotando en mi dirección.
—¿Dónde estabas? Llevo una hora buscándote.
¿Una hora?
Acababa de salir de la ducha. Quise decirle eso, pero entonces recordé que no estábamos precisamente solos.
—Estaba hablando con la hermana Clotilde, ella es…una vieja amiga.
La confusión fue fácil de leer en el rostro de Mason.
—¿De qué estás hablando?
Señalé a mi compañera.
—Esta es la hermana Clotilde. Vivía aquí cuando yo era pequeña.
La mirada de Mason se estrechó, una sensación extraña me cubrió.
—Marin…no había nadie contigo. Estuve viéndote todo el tiempo que corrí hasta ti.
Miré hacia donde momento antes había estado la mujer, comprendiendo que Mason estaba en lo cierto. No había nadie. Busqué alrededor pero tampoco parecía haber alguna vía de escape cerca. Él tendría que haberla visto, en algún momento.