Cientos de pequeños fragmentos de cristal volaron por los aires, el estallido me tumbó sobre mis piernas, envolví mis brazos sobre mi cabeza, evitando que cualquier trozo cortante me alcanzara. Risitas divertidas, el siniestro sonido jugando por encima del bullicio de la tormenta todavía desencadenándose, se filtraron mientras las puertas que daban al exterior se abrían con otra ráfaga, el aire helado colándose dentro de la habitación, tiñendo de una delgada escarcha cualquier superficie que alcanzara.
Dos figuras delgadas se detuvieron en el espacio vacío, caminando lentamente a través de las puertas abiertas, casi parecían estar paseando en su camino a mi cuerpo todavía desparramado en el suelo.
Lancé una baja maldición cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para que sus rostros idénticos fueran visibles para mí. Ojos blanquecinos se quedaron fijos en mí.
Una tempestad helada rugiendo detrás de esas miradas.
Hijas de Boreol.
Me puse de pie lentamente, nunca despegando mi atención de las gemelas idénticas. Las había visto en la Academia antes de su juramento, había escuchado los rumores sobre el sadismo con el que les gustaba realizar su trabajo. Eran excelentes controladoras del elemento que habían heredado, el viento, y siempre lo utilizaban para crear destrozos donde fueran.
No me sorprendía que esta tormenta sólo se hiciera más y más caótica si estas dos estaban cerca.
Había pocas cosas que envidiaba a los caminantes reclamados, pero había una que sólo podía envidiar a los hijos de deidades elementales. No importaba lo alto y fuerte que estuviera mi escudo, no podía defenderme de ningún ataque de elemento que lanzaran en mi dirección. Podrían matarme lanzándome ráfagas y ráfagas de viento, golpeándome contra todas las superficies duras que encontrara en mi paso.
Tendría que matarlas antes de que esa idea cruzara sus mentes.
Una de ellas se acercó un paso, no podía distinguir entre ambas, Quin y Khloe, no sólo compartían las mismas facciones, sino que les parecía divertido que las personas siempre las confundieran con a otra, por lo que llevaban su corto cabello platinado cortado y peinado de la misma forma. No había manera de diferenciarlas.
—¿Qué tenemos aquí? ¿No es esta la bastarda de la Academia?
Me obligué a mantenerme serena, aunque no me sentía para nada de esa forma, mientras me encontraba con la mirada gélida de la gemela que había hablado.
—Y sus sabuesos, al parecer.
La sonrisa burlona se atenuó levemente, una pequeña ventisca colándose por las ventanas rotas fue la única señal de que mis palabras le habían molestado.
—Terminemos con esto, Khloe —habló aburrida la hermana que se había quedado atrás —. Noquéala y sigamos, recuerda que no puedes asesinarla. Órdenes de Nuvis.
Mi cuerpo se tensó ante aquel nombre. Afortunadamente ninguna pareció notarlo mientras me lanzaban otra sonrisita divertida.
La gemela más cerca, Khloe, se lamió los labios mientras me recorría lentamente.
—Oh, pero no dijo nada sobre maltratar un poco el paquete. Digamos que se resistió y no tuve más opción que lastimarla sólo un poco. Puedo ser muy convincente.
El interés brilló en los ojos de la otra hermana.
—¿Quieres jugar?
¿Jugar?
La risa de Khloe fue instantánea.
—Sabes que siempre quiero jugar, hermanita.
Supuse que esta sería la única oportunidad que tendría.
Lancé el primer cuchillo hacia Quin, adivinando que su hermana intentaría protegerla. Cuando la atención de Khloe estuvo en el arma volando hacia su gemela, me lancé hacia ella. Desvainé rápidamente un segundo cuchillo, clavándolo con fuerza en su hombro. Su grito rasgó mis oídos, pero no me aparté, en su lugar me aferré a ella con todas mis fuerzas, abrazándola.
Algo me decía que su hermana no estaría muy feliz.
Quin no se detuvo a pensar, con otro rugido enfurecido dirigió todo su poder hacia mí, enviando una ráfaga tan poderosa que lanzó varias mesas y sillas contra las paredes. Mi cuerpo no fue la excepción. Sentí como la helada ventisca me separaba del suelo, mi cuerpo volando a través de la habitación, afortunadamente Khloe no había logrado soltarse de mi agarre, por lo que ambas volamos hacia el extremo opuesto del salón, utilicé su cuerpo como amortiguador mientras chocábamos contra la dura superficie, hice una mueca de dolor al sentir el golpe contra la fría pared, sin embargo, el crujido que rompió el silencio no provino de mí.
Gracias a los dioses.
Khloe abrió la boca sorprendida, un lento tartamudeo escapó de sus labios antes de que sus ojos se pusieran en blanco; arranqué el cuchillo de su hombro mientras su cuerpo se deslizaba lentamente hacia el suelo, dejando un rastro oscuro dibujado en la pared, detrás de su cabeza.
Podría apostar que no se despertaría en ningún momento cercano.
El bramido sollozante que escuché fue toda la advertencia que tuve antes de que la mesa más cercana volara en mi dirección. Me lancé al suelo, rodando lejos mientras el mueble de madera se estrellaba contra la pared, rompiéndose en pedazos. Me puse de pie rápidamente, esquivando el mobiliario que Quin seguía lanzando hacia mí, su grito lloroso seguía perforando mis oídos mientras rodeaba el salón, buscando acercarme a ella sin que sus ráfagas me tocaran.