No quería acercarme y comprobar. Era estúpido sentir culpa por él, pero había sido mi equipo. En su lugar me dirigí a Gretta, arrodillándome a su lado. Una mueca de dolor se apoderó de su rostro mientras la moví con cuidado, no parecía haber sangre donde Park había golpeado.
—Gretta, necesito que me digas dónde están Morgan y Mason.
Soltó otro gemido de dolor, esta vez sus ojos parpadearon hasta abrirse en pequeñas rendijas.
—Iré por ellos y volveré por ti. Necesito que me digas dónde están.
Vi su lucha mientras intentaba darles sentido a mis palabras, un leve asentimiento me dijo que me había comprendido.
—¿Dónde? —insistí.
—Iglesia —escupió con dificultad.
La capilla era un edificio independiente, eso explicaba porque ambos estaban empapados. Asentí, susurrando una disculpa mientras la arrastraba hacia el comedor adjunto, escondiendo su cuerpo de la vista desde las puertas del exterior.
—Lo siento —dije al oír su llanto lastimero —estarás más segura aquí. Comprobaré a Mason y volveré por ti. Lo prometo.
Regresé al salón, comprobando que Park seguía desmayado en su sitio, si es que el impacto no le habría matado. No me quedé a comprobarlo. Salí al exterior, sintiendo la fría lluvia bañándome, la brisa helada se colaba por mis ropas humedecidas enviando hielo a mis huesos.
La capilla se alzó frente a mí como la protagonista de cualquier cuento de terror; la tormenta sólo dándole un aspecto más tenebroso. Corrí por los pocos escalones, lanzándome a través de las altas puertas.
Las luces se encontraban encendidas en el interior, bañando el lugar de un suave resplandor amarillento. Caminé por la nave principal, notando que todos los bancos se encontraban ocupados.
Las monjas.
Todas se hallaban sentadas, todavía hipnotizadas, sus miradas perdidas enfocadas en el altar. Ninguna se giró en mi dirección mientras avanzaba. Mis botas tropezaron con un bulto pesado en mi camino, el objeto casi causando mi caída. Me tomó un minuto comprender lo que era.
Un cuerpo.
La caricia del miedo se sintió helada en mi nuca mientras me obligaba a girar el cadáver hasta tener una buena mirada de su rostro. O lo que quedaba de él. Sólo volví a respirar al comprobar que no se trataba de mi amigo. Seguí avanzando, deteniéndome cada poco paso para repetir el proceso. Un mar de cuerpos asesinados cruelmente me señalaba el camino, conté seis antes de llegar al transepto. Ninguno era Mason.
Di otro paso, llegando finalmente al altar, cuando un susurro cortó el silencio. Miré hacia atrás, encontrándome con todas las cabezas giradas en mi dirección. Supongo que ya sabían que estaba aquí. Me tensé, imaginando que las monjas se levantarían e intentarían llegar a mí, como en el pasillo, pero nada de eso paso. Las miradas vacías seguían sobre mí; pero ninguna de ellas parecía tener órdenes de atraparme.
Volví mi mirada hacia el altar, cuando lo vi.
Su cuerpo se encontraba bajo la cruz, acostado pacíficamente sobre una gran mancha oscura. Sabía que era sangre. Su propia sangre. Tropecé dos pasos, mis piernas cediendo mientras mi cerebro se negaba a aceptar lo que veía. Me arrastré el metro que nos separaba, no conseguía ponerme en pie. Un gemido se me escapó cuando sentí mis manos humedecerse con el líquido oscuro. Su sangre. Dejé de respirar cuando el aroma cobrizo alcanzó mi nariz. No podía ser verdad.
Mason.
No se despertó. Ni siquiera cuando lo alcancé, moviendo su cuerpo inerte. Buscando por cualquier signo vital, por más débil que fuera. No logré encontrar ninguno, pero eso no me detuvo. No podía detenerme.
Mason.
Sollocé, sintiendo las lágrimas empapando mis mejillas, la calidez de las mismas cubriendo los ríos helados que la lluvia había dejado, no era suficiente. Me sentía helada más allá de la salvación.
Me ahogué con un sonido tan agudo que le tomó un momento a mi cerebro descubrir que había salido de mí y no de algún animal herido. Mi cuerpo tembló mientras mis manos lo tocaban, manchando todas las superficies con un rastro oscuro. Su propia sangre. Incliné su rostro hacia el mío. Sus ojos estaban cerrados. No respiraba.
—Mason.
Mi voz apenas fue audible para mí, lo intenté otra vez.
—Mason, por favor. Abre los ojos. Vamos. Abre los ojos para mí.
No lo hizo. Sus ojos seguían cerrados. Su pecho no se levantaba con la siguiente inhalación.
No podía aceptarlo. No podía ni siquiera pensar en la palabra. Ni siquiera lograba considerar la posibilidad.
Tanteé su amplio pecho, dejando ir su rostro. Nada pareció perturbar su sueño. Tenía que bombear aire en sus pulmones, sí. Tenía que ayudar a su corazón a volver a latir con más fuerza. Claramente lo hacía demasiado bajo como para que yo pudiera detectarlo. Tenía que ser eso, sí.
—Lo arreglaré —sollocé —. No te preocupes. Lo arreglaré.
Me acomodé sobre él, mis manos encontrando su lugar en su diafragma. Bombeé con todas mis fuerzas, la cuenta siendo una rápida letanía escapando de mis labios mientras aplicaba presión una y otra vez. Volví a inclinarme sobre su rostro, acercando su boca a la mía para empujar aire en su cuerpo, cuando una mancha en su mejilla llamó mi atención. Polvo oscuro siguió las huellas de mis manos, donde momentos antes lo había sostenido. Me acerqué hasta comprender que lo había hecho yo. Miré mis manos, acercándolas tanto que el aroma a su sangre se coló por mi nariz. No era sólo su sangre.