Apsara

CAPÍTULO 61

Su pecho estaba cubierto de cenizas.

—Te dije que lo resolvería.

Mi mano tembló, mi puño cerrándose mientras aquella voz se acercaba a mis espaldas. No me atreví a mirarlo. Mis ojos seguían sobre el rostro dormido de Mason. Se veía tan pacifico. Tan sereno.

Tragué.

—Te dije que lo resolvería. Pero no creíste en mí.

Mason lucía tan pálido. Ajeno al tono dorado que solía lucir su piel. Solía bromear con él al respecto. Alabando sus matices de oro. Ahora sólo lucía blanquecino. Durmiendo sobre una oscura manta húmeda que se filtraba por mis pantalones, empapando mis rodillas.

—Al principio me negué a aceptarlo. No importaba lo que todos dijeran. Tú no podrías haberte ido. No sin mí. No sin decirme a dónde irías. Pero entonces supe que él también había desaparecido. Y lo comprendí.

No importa cuánto mirara el cuerpo de Mason. Su pecho no se movía. Sus ojos no se abrían.

—Dime, Marin, ¿fue por él? ¿Siempre fue él?

Nunca lo había visto tan quieto.

Jamás vería su sonrisa otra vez.

El dolor fue tan grande, que mi sistema luchó por adormecerme. Pero lo sentí. Sentí cada ráfaga de ese dolor como puñaladas. Una tras otra. Clavándose y alejándose. Volviéndose a clavar en mi carne. Las heridas haciéndose más grandes. La sangre escapando de ellas. De pronto sentí que estaba cubierta de heridas. Que sólo era eso. Una enorme herida abierta, sólo desangrándome hasta la muerte.

Como Mason.

Temblé mientras me puse de pie. Necesité dos intentos para conseguirlo. Cuando finalmente lo conseguí aparté la mirada de Mason, de su figura serena dormida en un charco de su propia sangre, girándome para encontrarme con la mirada dorada de él.

Su ceniza cubría mis manos,

Su ceniza cubría el pecho de Mason.

El pecho de Mason que ya no se movía.

Alec no se molestó en negar lo que había hecho, no tenía por qué hacerlo. La risa de Park pareció burlarse de mí mientras la recordaba. Tu amigo está ocupado, había dicho. Alec lo había mantenido ocupado.

Alec lo había matado.

Avancé un paso, casi resbalándome con la sangre de mi mejor amigo, casi cayendo junto a su cadáver. Me obligué a dar otro paso más. No dijo nada mientras me observaba, luchando con el peso de mi propia alma, intentando llegar a él.

—Le hice una promesa —susurré, mi voz quebrándose en la última palabra.

La curiosidad bordeó sus rasgos. Pero no habló. Bien. Esperaba no volver a oír esa traicionera voz.

Como tampoco volvería a escuchar la de Mason.

Eso fue toda la fuerza que necesité.

En un rápido movimiento extraje la navaja de Gretta de mi bota, saltando el último paso que nos separaba, chocando contra su cuerpo. Sus brazos se envolvieron a mi alrededor, como si temiera dejarme caer.

Como si temiera dejarme escapar.

No me importaba. Lo necesitaba así de cerca.

Moví mi brazo, el sonido del metal rasgando el aire mientras dibujaba un arco perfecto y cortaba su carne. Su aullido de dolor se reprodujo con un eco mientras me soltaba y se echaba para atrás; su mano volando a su rostro, la sangre filtrándose de la herida que cortaba una línea perfecta, similar a la mía.

Sonreí enloquecida mientras apretaba la navaja en mi mano. Algunas gotas caían de la hoja, mezclándose con la sangre de Mason a nuestros pies.

Los ojos dorados de Alec resplandecieron de furia mientras alzaba su otro brazo, con el que no sostenía la herida intentando en vano detener el sangrado de su rostro, y me apuntaba.

No hubo segundo de duda.

El aire escapó de mis pulmones mientras la llamarada de dolor me azotó. Vagamente escuché el sonido del metal salpicando el suelo mientras la navaja escapaba de mis manos, no podía concentrarme en nada más que en el dolor que crecía en mi pecho, expandiéndose a cada una de mis terminaciones nerviosas, demandando ser sentido.

El fuego me quemaba, desde mi centro hacia afuera.

Grité cuando el dolor fue demasiado. Iba a morirme.

El sonido pareció finalmente alcanzarlo, su mirada ampliándose mientras su brazo caía, incluso la mano que sostenía su herida sangrante cayó, estirándose en mi dirección mientras su magia abandonaba la tortura en mi cuerpo, intentando alcanzarme.

Mi respiración salía en jadeos, demasiado rápido como para meter aire en mi cuerpo. Sentía mis pulmones en llamas.

Mi visión comenzó a oscurecerse en los bordes, la imagen frente a mí perdiendo nitidez. Un movimiento detrás de Alec llamó mi atención. La imagen borrosa de una mujer de pie observándonos. Observándome.

No la recordaba, pero sabía que la conocía.

Su figura se desdibujó mientras la imagen se nublaba, la oscuridad consumiéndolo todo.

El fuego al fin consumiéndome.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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