Un incesante dolor perforó mi cabeza mientras luchaba por despertar, la acción ocupando demasiado de mis fuerzas. Me tomó un momento absurdamente largo recobrar la consciencia; incluso después de abrir los ojos, los recuerdos se tomaron su tiempo en alcanzarme.
Mason.
El dolor ardió como la primera vez, clavándose en mi cuerpo con venganza mientras mis ojos se llenaban de lágrimas apenas contenidas. Un sonido herido alcanzó mis oídos, me tomó un momento comprender que había salido de mí. El sollozo desgarrado sorprendiéndome mientras abandonaba mi cuerpo. No podía entender cómo podía respirar a través de tanto dolor. Era inimaginable.
Mason se había ido. Para siempre.
No, no había ido a ningún lado. Estaba muerto.
Alec lo había matado.
El hielo recorrió mis venas, congelando mi cuerpo mientras lo recordaba. Aquella mirada enloquecida en ese rostro estúpidamente hermoso, aquellas palabras que habían sentenciado el destino de mi mejor amigo. Su ceniza cubriendo el cuerpo de Mason. El recuerdo del dolor que me causó su poder dejándome sin aliento, Mason había sufrido algo parecido. Algo peor. Mucho peor.
Mason había ardido hasta morir.
El dolor fue demasiado. Incluso respirar se volvió difícil mientras luchaba por aire. Mi visión borrosa a causa de las lágrimas y la imagen de mi entorno distorsionada al fin alcanzó mi mente.
¿Dónde estaba?
No recordaba mucho más allá del dolor. No podía concentrarme en nada además del mismo.
Era una habitación sencilla y clínica con baldosas y paredes blancas, recordándome un momento a algún hospital. ¿Acaso habían arrastrado mi cuerpo maltratado para recibir tratamiento? Lo dudaba seriamente. No había mobiliario más allá del camastro en el que me encontraba y, por las dimensiones de la diminuta estancia, dudaba que incluso cupiera una silla.
Tampoco había ventanas. Nada interrumpía el blanco absoluto de aquellas paredes, salvo la puerta. El único escape.
Me habían retenido, nuevamente.
Pero, ¿qué era este lugar? No estaba en la Academia. Al menos no en un lugar de ella que reconociera. Incluso cuando fui encarcelada en los calabozos me habían recluido en una celda muy diferente a esto. No importaba cuanto lo pensara, no conseguía hacerme una idea de qué podría ser este lugar. Eso sólo me dejaba una opción.
Escapar. Incluso a ciegas.
Intenté incorporarme, mi cuerpo se sentía pesado y malherido. El poder de Alec ardiendo en mi interior se había sentido peor que cualquier herida en mi carne que hubiera experimentado antes. Ahora entendía la magnitud de su poder. Ahora comprendía lo equivocada que había estado al confiar en él.
Desafortunadamente, lo había entendido demasiado tarde.
Mordí un sollozo mientras me obligaba a reunir fuerzas, esta vez saboreando aquel dolor físico, encontrando en él un escape al otro dolor que nublaba mi mente. Me moví con esfuerzo mientras lograba una posición sentada y bajaba los pies de la camilla.
O al menos lo intentaba.
Un sonido metálico alcanzó mis oídos al mismo tiempo en que un peso desconocido mordía mi tobillo izquierdo. Miré con incredulidad el grueso grillete de aspecto rudimental que permanecía atado en mi pie, la extraña y corta cadena unida a él parecía ser una extensión de la cama.
Me habían atado a este lugar. Literalmente.
Intenté reunir un poco de magia para romper la cadena, sabía que usar mi poder de forma tan rudimentaria me debilitaría, pero era un riesgo que necesitaba correr si quería escapar. Planeaba reunir lo suficiente como para crear una pequeña explosión y romper el material, pero sin importar cuanto lo intentara, nada sucedía.
Me sentía más débil sólo de pensar en ello.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué me sentía de esta forma?
¿Y qué demonios era ese material?
Me incliné hacia adelante, olvidándome por un momento de intentar usar magia. Mis dedos alcanzaron el grillete y la cadena, escuché de nuevo aquel sonido metálico mientras los eslabones chocaban entre sí, pero sorprendentemente no se sentía como acero al tacto.
Era frío y un poco poroso en algunos lugares. Parecía haber sido labrado a mano, como madera siendo tallada. Podía detectar algunas marcas con los dedos mientras exploraba más.
Mientras más lo pensaba, menos lo entendía.
—No te molestes —la voz engañosamente amable me sorprendió, en ningún momento había detectado la presencia de alguien más. Solté la cadena rápidamente mientras me echaba atrás, tanto como la restricción lo permitía, en un absurdo intento por defenderme del visitante indeseado —, se trata de una restricción especial, diseñada específicamente para impedirte recurrir a tu poder. No importa cuanto lo intentes, no conseguirás escapar de ella.
Fairfax se paseó dentro de la habitación, su rostro petulante que antes me había parecido amable ahora solo me asqueaba. La mirada en sus ojos había perdido cualquier intento de engañarme, dejándome ver todo el odio que albergaba en su interior.
Había sido tan ciega en tantos aspectos.