Apsara

CAPÍTULO 63

El horror enmudeció mi cuerpo mientras observaba con repulsión aquel grillete apresando mi carne. Fairfax ni siquiera me dio tiempo para asimilarlo mientras aplaudía con entusiasmo y se movía al otro lado del camastro, dejándome en medio de ambas mujeres.

La sospecha acarició mi mente mientras observaba a la otra mujer, todavía silenciosa e imperturbable, acercarse sigilosamente hasta quedar junto a la camilla.

¿Por qué estaban aquí?

—Fuiste muy astuta hasta ahora, Marin. Pero tus juegos se terminan hoy. Aquí.

La suave amenaza de Fairfax me obligó a desviar mi atención nuevamente hacia ella.

—Realmente me hiciste enojar esta vez —contrario a sus oscuras palabras, su sonrisa sólo iba en aumento —¿tienes idea de todo lo que tuve que soportar desde que decidiste jugar al gato y el ratón?

Antes de que pudiera responder, un dolor quemó mi mejilla, sorprendiéndome. Una bofetada. Miré aturdida hacia la médium mientras se limpiaba la mano enrojecida con un pañuelo a juego con su traje blanquecino. Todo en ella se veía pulcro, como si no acabara de usar su verdadera naturaleza violenta en mí segundos antes.

—Incluso arrastraste a Alec con tus sucias artimañas. Al dreamwalker perfecto, nada más y nada menos. Sigo preguntándome cómo lo hiciste. ¿Qué otros sucios trucos escondes, Marin? Me niego a descubrirlo. Prefiero cortar este problema de raíz.

¿Planeaba matarme? Miré entre ambas en busca de algún arma potencial, pero no parecían tener nada a la vista. Fairfax era una simple médium, no importaba que no pudiera recurrir a mi poder, todavía tenía años de entrenamiento de mi lado. No iba a dejar matarme sin pelear. Por otra parte, no podía adivinar el poder de la otra mujer. No parecía ser una caminante, al menos no distinguía ningún poder en aquella mirada vacía. Mientras sus manos permanecieran vacías todavía tenía probabilidades de mi lado.

—Desafortunadamente —habló Fairfax, ajena a la turbulencia en mis pensamientos —, tengo órdenes de no deshacerme de ti por el momento. Eso es tan molesto. ¿Qué tienes de especial? Por supuesto, él no me lo dirá. Ni siquiera después de descubrir que arrastraste a Apsara de la tumba contigo.

Aquellas palabras me obligaron a prestarle atención. Apsara. De nuevo ese nombre. Todo esto había sido por ella en primer lugar.

—¿Quién es Apsara?

El parloteo de Fairfax se detuvo abruptamente. Incluso la otra mujer pareció reaccionar ante mis palabras, el miedo reflejándose momentáneamente en aquella mirada vacía.

—Toda mi vida fue sentenciada debido a ese nombre, ¿verdad? Merezco saber por qué. Quiero saber a quién le debo el favor.

Fairfax esbozó una mueca molesta, al parecer ese nombre era lo único capaz de romper aquella máscara de falsa amabilidad que siempre parecía vestir. Mi curiosidad por Apsara sólo aumentaba.

—No veo por qué no deba decírtelo —murmuró casi en tono rebelde, sea quien sea quien dictaba las órdenes, había enojado lo suficiente a Fairfax como para cumplirme un capricho —. Quizás no lo comprendas, ya que solo eres una sucia bastarda que nadie quiere reclamar, pero muchas deidades amaron a sus hijos una vez. O al menos lo más parecido al amor que pueden experimentar. Los caminantes lucían sus nombres con honor, sirviendo a sus padres hasta el momento de su muerte, dedicando con gusto su vida a ellos.

Las palabras que escapaban de Fairfax dibujaban un mundo que me parecía imposible. No podía imaginar a una deidad reconociendo a su hijo bastardo con nada más que burla y desprecio. Ellos nos veían sólo como mano de obra gratuita. Siempre a sus órdenes, sirviendo sus caprichos, muriendo si así lo deseaban. Ningún caminante veía a una deidad como familia. Eran nuestros dueños. Éramos su propiedad.

La incredulidad debió reflejarse en mi rostro, porque Fairfax añadió.

—Cada quien conocía su lugar. Las deidades habían recibido su poder del caos, y estaban dispuesto a ofrecerles un poco de este poder a sus hijos. Pero los caminantes se volvieron codiciosos —la oscuridad alcanzó su voz —. Deseando más poder, ya no estaban satisfechos con sólo ser vasallos de los dioses. Ellos ansiaban ascender.

Fairfax lucía perdida en sus pensamientos, su mirada brillosa como si se encontrara demasiado absorta como para regresar a la realidad. Incluso su voz sonó lejana mientras continuó con su historia.

—Comenzaron a buscar maneras de alcanzar esa cima, mordiendo las manos de sus dueños. Después de todo, para sentarse allí primero tenían que echar a quienes estaban ocupando el trono, ¿no? —no respondí, temerosa de interrumpir su relato. Pero mi silencio sacó a Fairfax de su ensoñación mientras se encontraba con mi mirada, su sonrisa siniestra otra vez en su rostro —¿Cuántos caminantes se necesitan para asesinar a un dios, Marin?

La pregunta me sorprendió. Fairfax respondió antes de que tuviera oportunidad.

—Sólo uno.

¿Matar a una deidad? Me había preguntado si era posible alguna vez, pero no nos enseñaban eso en la Academia. De hecho, todo giraba en torno a la lealtad ciega hacia ellos, no podía ni siquiera imaginar tener las agallas de intentar algo así.

—Fue Apsara quien lo descubrió —dijo Fairfax con amargura —fue su descaro el que nos condenó a todos. Una criatura insignificante aspirando a tocar la grandeza, llegando lo suficientemente cerca como para que todos los dioses temieran y desconfiaran de las acciones de los dreamwalkers. La paz se rompió tras eso. las deidades ya no volverían a bajar la guardia, y cualquier criatura con magia sería apresada para siempre bajo su dominio sin excepción.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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