Las palabras se reprodujeron como un eco en bucle, aunque sin tener sentido por más que las escuchara una y otra vez.
Apsara era mi madre.
Ni siquiera necesitaba pruebas para saber que aquello era simplemente…
Imposible.
—No es posible —dije, ganándome otra mirada desdeñosa por parte de Fairfax, aunque lo ignoré —. Si lo que dices es verdad, si Apsara era una dreamwalker…es imposible que fuera mi madre.
Fairfax no lo negó. No necesitaba hacerlo. Mis palabras distaban de ser falsas. Después de todo, los caminantes no podíamos reproducirnos.
Nacíamos estériles.
Quizás fuera el precio a pagar por recibir poder de los dioses, pero sin importar cuanto lo intentaran los dreamwalkers a lo largo de la historia, no podíamos concebir vida. Nacíamos y moríamos con esta pequeña porción de poder divino, sin la posibilidad de transmitirlo a nuevas generaciones. Los únicos capaces de crear caminantes no eran otros sino los mismos dioses.
Por ese motivo, nada de lo que Fairfax estaba diciendo ahora tenía sentido.
—Estás asumiendo que Apsara era una caminante pura —dijo Fairfax, burlándose de aquella palabra como si le causara repulsión la simple idea de pureza entre nuestra especie.
Esta vez no dije nada, confundida con su punto tras aquellas extrañas palabras. Ella debió notar mi confusión porque soltó un suspiro cansado como si mi incomprensión fuese otra molestia con la que lidiar mientras se inclinaba sobre la camilla, nuestras miradas encontrándose en la corta distancia que creó.
—Apsara era una médium. Adoptada por una deidad como su descendencia, aunque por supuesto no lo era. Fue criada como una caminante, en un tiempo en el que los médiums no eran más que los eslabones más débiles de la cadena de magia —el obvio rechazo se vislumbró en su mirada, quebrando su máscara por un instante —. La hicieron parecer tan malditamente especial. No lo era. Sólo era una más del montón.
No hablé mientras asumía toda la información que Fairfax, en su enfado, dejada entrever. No sólo la historia de Apsara siendo una médium con la suficiente influencia como para que una deidad la reclamara, o el hecho de que sospechara que fuera su descendencia; el rencor en la voz de Fairfax era imposible de ocultar, incluso a través de su máscara de desinterés. Ella la conocía. Ella odió a Apsara lo suficiente como para mantener ese sentimiento vivo a pesar de su muerte.
¿Era envidia por sus circunstancias…o había más?
Y qué de todo eso tenía que ver conmigo.
—No me has hecho, Marin Blackthorn, la pregunta más importante en toda esta historia.
Apreté mis dientes ante su sonrisa divertida. Sabía lo que quería que preguntara. Si sus teorías sobre mi nacimiento eran correctas...si Apsara realmente es mi madre, eso significa que una deidad es mi padre.
La sonrisa de Fairfax la delataba.
Ella sabía quién era mi padre.
Tragué a pesar de que la pregunta continuó obstruyendo mi garganta, deseosa de salir a pesar de que aquello la complacería. Tenía mi propia pregunta que hacer.
—¿Cómo matas a una deidad?
La sorpresa momentánea en su expresión fue tan dichosa de ver que casi sonrío en victoria. Fairfax dejó caer su máscara mientras echaba la cabeza hacia atrás y soltaba una risa divertida. El dulce sonido me perturbó mientras aquel rostro hermoso y malvado volvía a enfrentarme.
—Marin nunca es aburrido contigo, tengo que admitirlo. Por supuesto que sentirías curiosidad por eso después de escuchar esta historia, no me decepcionas.
Fairfax se acercó un poco más, como si lo siguiente fuera un secreto que ni siquiera su acompañante pudiera oír. Eché una rápida mirada sobre su hombro, pero la mujer seguía en su sitio, sin demostrar expresión por todo lo dicho en nuestra conversación. Volví mi atención a Fairfax, atrapando su sonrisa satisfecha demasiado cerca, el instinto me exigía poner más distancia entre nosotras, pero mis restricciones no lo permitirían.
—Para matar a una deidad sólo necesitas una cosa —susurró, el aroma floral y dulce alcanzó mi nariz, causándome cosquillas mientras me esforzaba por aguantar la respiración en su cercanía —, es curioso cómo decir eso hace que la hazaña se vuelva más sencilla, pero al mismo tiempo es lo que lo vuelve casi imposible.
Esperé ansiosa a que terminara de hablar.
—Para acabar con una deidad sólo necesitas su sacrificio.
Exhalé.
Ahora entendía por qué había dicho que la hazaña se volvía casi imposible al conocer ese único requisito. Un sacrificio por parte de una deidad. Que el dios mismo entregue su vida a favor de su asesino. Se me hacía un poco difícil pensar que alguna vez se llevó a cabo tal proeza.
No podía imaginar ninguna deidad sacrificándose por nadie que considerara inferior. Y para ellos, todos estábamos por debajo de su existencia.
—Ahora piensas que es imposible, ¿verdad? Que jamás en la historia se escribió la muerte de un dios.
No lo confirmé, pero mi expresión debió hablar por mí.
Fairfax sonrió mientras finalmente se alejaba, caminando hacia la salida. Sorprendiéndome mientras me dejaba a solas con su acompañante. Se detuvo frente a la puerta, volviéndose hasta encontrarse con mi mirada por encima de su hombro.