Apsara

CAPÍTULO 66

Una luz demasiado brillante perturbó mi sueño.

El resplandor traspasó la piel delgada de mis párpados cerrados, obligándome a abrirlos y parpadear ante la molestosa interrupción. El color brillante de aquella luz sólo se veía potenciado por la blancura de las paredes que me rodeaban, alargando aquella tortura mientras mi cabeza gemía en protesta ante el dolor.

¿Dónde estaba?

La habitación era pequeña, apenas amueblada por el camastro en el que me encontraba. No había ventanas que me permitieran ver el exterior. No había nada más que mi persona tumbada en aquel camastro solitario.

Y una puerta.

Apenas distinguí la carpintería casi camuflada por la extensión imperturbable del muro. La puerta se mimetizaba con la mampostería, sólo distinguiéndose por las líneas sobresalientes y el hueco del cerrojo.

Hice una mueca mientras me incorporaba, sorprendiéndome al sentir la debilidad que azotaba mi cuerpo, ¿qué me había pasado para tenerme en este estado? No podía recordarlo.

No podía recordar nada.

El pensamiento detuvo mis esfuerzos por ponerme en pie, la sorpresa dando paso al terror mientras la realización me alcanzaba. No había nada allí. Ningún recuerdo de lo que pudo haberme sucedido para despertar en aquel lugar, ni nada antes de eso. Ni siquiera podía invocar un nombre.

No tenía idea de quién era, mucho menos de qué hacía en ese lugar.

La desesperación me quitó un sollozo mientras me lanzaba fuera del camastro, mis débiles extremidades cediendo ante el peso repentino; lloré mientras mis rodillas golpeaban el suelo frío. Las duras baldosas eran tan blancas como el resto de la habitación. Tanta blancura sólo aumentaba mi locura.

Me mantuve en esa posición, tirada en aquel duro y frío suelo, por lo que se sintió como demasiado tiempo. El llanto mermó mientras el deseo por huir crecía en mi interior, para cuando alcé la mirada hacia mi entorno nuevamente, las lágrimas ya sólo eran restos secos en mis mejillas.

Primero, saldría de aquel lugar. Quizás alguien allí afuera podría explicarme lo que sucedía, lo que estaba mal conmigo. Entonces procedería desde allí.

Un paso a la vez.

Recuperándome lentamente me puse nuevamente de pie, esta vez mis piernas protestaron con débiles temblores, pero conseguí mantenerme erguida mientras avanzaba con paciencia hacia la puerta. El dolor detrás de mis ojos no había disminuido en ningún momento, encendiendo todas mis alarmas internas, pero me obligué a continuar a través del dolor. Sólo necesitaba alcanzar esa puerta, entonces podría…

La puerta se abrió con un estallido antes de que lograra tocarla.

Observé confundida el rostro sorprendido de una mujer, su mirada buscó por la pequeña habitación hasta encontrarme a pocos pasos de distancia, todavía sobre mis piernas temblorosas. Esos ojos desesperados se encontraron con los míos, el alivio parpadeando rápidamente mientras se acercaba, inspeccionándome en cada paso, buscando por algo.

—Marín.

La palabra escapó de su boca, el nombre tan desconocido como el rostro que lo pronunciaba.

La confusión debió percibirse en mi expresión porque sus pasos tropezaron hasta detenerse a poca distancia. La sospecha brilló en aquel rostro lleno de pecas, sus cejas rojizas se arrugaron en pregunta.

—¿Marin?

Marin. Parecía segura al llamarme de esa forma. Marin. Quizás ese era mi nombre después de todo. Si había esperado algún momento de iluminación al obtener alguna pista, podía decepcionarme con el silencio que persiguió a aquel nombre al alcanzar mis oídos. No había revelación divina. Ni siquiera sentí una pizca de familiaridad con el que era, al parecer, mi nombre.

El miedo volvió a pasearse por las esquinas de mi mente, como si nunca se hubiera alejado en primer lugar. Me tomó un momento descubrir que en mi desconexión la mujer se había acercado hasta alcanzar mi rostro con una delgada mano.

Me alejé por instinto, los dedos delicados deteniéndose a poca distancia, las preguntas se reflejaban silenciosas en aquella mirada que sólo se oscurecía más y más con sospecha.

—¿Qué sucede, Marin?

Me mordí el labio inferior, los nervios luchando por poseerme. Tragué con dificultad mientras intentaba buscar una respuesta. Hablar dolía como si jamás lo hubiera hecho. Me tomó tres intentos conseguir expulsar aquellas palabras, la mirada preocupada sólo crecía con cada intento fallido que observó.

—¿Quién eres?

Quizás lo más acertado hubiera sido preguntar “¿quién soy?”, pero me sentía reacia a demostrar la desventaja que me dominaba. Si tan sólo tuviera más información… sí, estaba segura que conseguiría recordarlo todo si tuviera más pistas.

—¿Qué hicieron contigo?

La mirada horrorizada que siguió a aquella pregunta sólo me aseguró que descubrir lo que sucedía podría representar una mayor amenaza que la ignorancia. El temor pareció burlarse de mí mientras lágrimas silenciosas alcanzaban aquella mirada horrorizada. Me observó nuevamente, como si esta vez me viera por primera vez.

—Dioses, ¿qué te hicieron?



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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