Apsara

CAPÍTULO 67

Nuestra señal, al parecer, desató el completo caos.

Si pensaba que al salir de esa habitación tendría una pista de lo que sucedía, no podía haber estado más equivocada. Seguí a la mujer en contra de mi voluntad, mis fuerzas todavía alarmantemente débiles mientras me arrastraba por los distintos pasillos sospechosamente vacíos como si tuviera una ruta en mente. Su mano seguía en mi brazo, aferrándome a ella como si sólo me tratara de otra extensión de su persona.

Los pasillos se hicieron más y más cortos mientras nos acercábamos a lo que suponía era el origen de aquel estallido que nos alertó en primer lugar; los sonidos de lucha sólo añadían más peso en mis pasos tambaleantes, como si quisieran advertirme de no seguir en aquella dirección.

Pero es allí a dónde esta mujer me arrastraba.

—¿Qué está sucediendo? ¿Quién eres?

No podía saber si escuchó mis preguntas o simplemente eligió ignorarme mientras dábamos una última vuelta y salíamos finalmente a lo que parecía ser un gran espacio abierto.

Cualquier otra pregunta murió ante aquella visión.

Había cuerpos tirados sobre las baldosas blanquecinas, ahora cubriéndose de extrañas marcas oscuras que adivinaba eran sangre. Varios se encontraban con diferentes grados de desfiguración. Las náuseas se alzaron por mi garganta cuando reconocí lo que parecía un cuerpo decapitado a pocos metros de distancia.

No había señales de la cabeza por ningún lado.

Sospechaba que no me habían alimentado en un tiempo, porque de haber tenido algo en mi estómago hubiera escapado en ese momento, sin embargo, todo lo que mi cuerpo lograba en ese estado eran arcadas secas que retorcían mi cuerpo a la mitad.

—No, no. No tenemos tiempo para esto.

Apenas registré las palabras murmuradas por encima del ruido que nos rodeaba. Brazos delgados pero firmes me obligaron a enderezarme mientras me empujaban otros metros hacia adelante, antes de que mi pie tropezara con lo que esperaba fuera un trozo de madera carbonizada, el paso erróneo obligó a mi cuerpo a colocar demasiado peso sobre mi tobillo izquierdo. El dolor intenso me saludó mientras caía, las palmas de mis manos intentando detener mi caída, clavándose fragmentos de vidrio en el proceso.

—¡Marin!

El grito de la mujer se perdió en el caos, mi propio llanto interponiéndose por encima de su miedo. Me dolían las palmas maltratadas y no podía mover el pie lesionado sin que un dolor horrible recorriera mi sistema nervioso.

La mujer intentó en vano ponerme de pie, después de todo estaba claro que era mucho más menuda que yo. Su llanto de impotencia al no conseguirlo sólo incrementó mi desesperación.

Otra explosión me sorprendió, el sonido viajando hasta nosotros desde los pasillos que acabábamos de abandonar minutos antes.

Observé a mi alrededor intentando darle algún sentido a aquella situación. Había cadáveres, víctimas de lo que adivinaba fue aquella primera explosión. Todos vestían uniformes oscuros que no reconocí. Había otras personas de pie, algunos con sangre en diferentes partes de su cuerpo demostrando que no habían salido ilesos del todo. Se movían descontrolados por toda la estancia que parecía ser un gran hall de ingreso. Afortunadamente los altos techos abovedados habían resistido a la explosión, de lo contrario todos nos encontraríamos bajo los escombros ahora mismo.

Escuché disparos, un grito escapó de mi boca mientras un nuevo grupo de personas salían de un pasillo en el otro extremo de la gran recepción, atacando a los que ahora sabía eran los intrusos.

Los culpables de las explosiones, al parecer.

Miré a la mujer que todavía no había renunciado a mí. Su delgado cuerpo se inclinaba sobre el mío, como si intentara protegerme del ataque en el que habíamos quedado atrapadas. Mordí mi dolor mientras seguía su mirada desesperada alrededor del lugar, como si estuviera buscando por alguien. Su rostro palidecía más y más con cada sonido de disparo que alcanzaba nuestros oídos, las manchas rojizas que había detectado antes perdiéndose bajo el blanco fantasmal.

—¡Zed!

Su gritó me sorprendió, no creía que fuese buena idea llamar la atención sobre nuestra desafortunada posición en medio de toda esa masacre.

Algo me decía que no estábamos del lado de los recién llegados.

Una gran sombra cayó sobre nosotras, cerré los ojos con fuerza mientras esperaba el golpe final que nunca llegó.

—¿Gretta? ¿Qué carajos haces aquí? ¡Nos estamos retirando! ¡Deberías estar en el jodido camión!

Abrí los ojos, la voz ronca se escuchaba demasiado cerca. Alcé la mirada mientras observaba la alta figura inclinándose para hacerse escuchar por sobre el bullicio.

—Está herida. No puede caminar por su cuenta.

No necesitaba dirigir mi mirada a la mujer para saber que se refería a mí. Mis ojos permanecieron en el alto hombre mientras su mirada al fin se encontraba con la mía. La sorpresa me alcanzó cuando el extraño color brillante me devolvió la mirada. Había algo mal con aquellos ojos, el color era demasiado brillante, el tono grisáceo oscureciéndose en algunas manchas, casi volviéndose negro. Era como un cielo tormentoso. Era un huracán arrastrándome y manteniéndome cautiva.



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En el texto hay: romance paranormal, dioses, magia

Editado: 25.10.2026

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