Apuesta Inocente

1

Me miré en el espejo con un nudo en el estómago.
¿Por qué me había dejado convencer por Luciana para venir a esta fiesta?

Era la chica nueva en la universidad. No conocía a nadie. Bueno… a nadie excepto a Luciana, que había sido la única persona en hablarme desde que llegué.

La conocía desde primaria. Luciana siempre había sido así: linda, tierna, popular. Nunca entendí cómo se fijó en mí ni por qué me consideraba su mejor amiga, pero agradecía cada día que lo hubiera hecho. Sin ella, probablemente no habría sobrevivido a nada de esto.

Me ajusté el vestido rojo que me había prestado. Era demasiado ceñido para mi gusto y el escote me incomodaba. No era yo.
Pero Luciana insistía en que me veía increíble.

—Vamos, Ashley, no lo pienses tanto —dijo mientras se aplicaba labial frente al espejo—. Es solo una fiesta de bienvenida, no te estás casando.

Solté una risa nerviosa.

—No sé, Luci… no me siento cómoda.

Se giró y me observó con una sonrisa segura.

—¿Por el vestido? Créeme, te queda perfecto.

Negué con la cabeza.

—No es solo eso. Es todo. No sé si quiero ir.

Se acercó y apoyó una mano en mi hombro.

—Relájate. Solo vamos a divertirnos. Nada malo va a pasar.

Asentí, aunque no estaba del todo convencida.

—Supongo que tienes razón…

Luciana sonrió satisfecha y me abrazó.

—Claro que sí. Ahora vamos antes de que llegue todo el mundo.

La fiesta era un caos.

La música estaba demasiado alta, la casa llena, y el aire olía a alcohol y comida grasosa. Me sentí pequeña, fuera de lugar. Luciana me tomó de la mano y me arrastró hasta la cocina, donde había bebidas y bocadillos por todas partes.

—Espérame aquí —me dijo—. Voy a saludar a alguien.

Y desapareció.

Me quedé sola, observando gente que no conocía. Tomé un vaso y me serví refresco, intentando parecer tranquila.

Cuando me giré, choqué con alguien.

Levanté la vista… y me quedé inmóvil.

Era alto. Demasiado. Tenía el cabello negro, ondulado y algo desordenado, como si no se hubiera molestado en arreglarlo. Sus ojos marrones claros me observaron con diversión. Su postura era relajada, segura… como si el lugar le perteneciera.

Me di cuenta, demasiado tarde, de que lo estaba mirando fijamente.

—¿Perdón? —dijo, con una voz profunda y burlona.

Sentí el calor subir a mis mejillas.

—Lo siento, no estaba mirando por dónde iba —murmuré.

Sus ojos recorrieron mi vestido sin disimulo. No con descaro, sino con una calma peligrosa, como alguien acostumbrado a que lo miren… y a mirar.

—No eres la primera que se tropieza conmigo esta noche —sonrió—. ¿Sueles quedarte mirando así a todos los chicos?

Eso me molestó.

—Solo a los idiotas —respondí, dándome la vuelta.

—Hey —me llamó—. ¿Cómo te llamas?

Suspiré y me giré.

—Ashley.

—Bonito nombre —dijo—. Para alguien tan torpe.

Rodé los ojos.

—Gracias.

Se acercó un poco más. No invadía mi espacio… pero lo rozaba.

—¿Te gusta la fiesta?

Solté una risa que no sabía de dónde venía. Me sentía extraña. Ligera.

—Supongo que sí.

Él frunció apenas el ceño y miró el vaso en mi mano.

—¿Sabes qué no está bien?

—¿Qué? —pregunté.

Se inclinó hacia mí.

—Eso que estás bebiendo.

Antes de responder, todo se volvió negro.

Desperté sintiendo unas manos firmes en mi cintura.

Abrí los ojos con dificultad, lista para golpear a quien fuera… hasta que lo vi.

Era él.

—Eres increíblemente tonta —dijo—. ¿De verdad no te diste cuenta de que eso tenía algo?

Intenté incorporarme, pero terminé riendo sin control.

Me sentó en una esquina.

—No te rías —añadió con voz baja—. Si alguien se da cuenta de que estás así, tendrás problemas. Eres nueva.

Lo señalé con el dedo, molesta.

—¿Y a ti qué te importa? Ni siquiera te conozco. Me tocaste sin permiso, no me advertiste antes y ahora actúas como si yo fuera la estúpida.

Su expresión cambió. Se tensó.

—Yo te sostuve porque te desmayaste —respondió—. Me conoces menos de lo que crees, Ashley. Aquí todos me conocen. Tú no. Y sí, tienes cero resistencia. Me arruinaste la fiesta.

Eso fue suficiente.

Vi a Luciana al fondo y el pánico me atravesó. Si me veía así, estaba muerta.

No pensé. Solo actué.

—¿Una idiota haría esto? —dije.

Lo tomé del cuello de la camiseta negra, sintiendo la tela tensarse entre mis dedos. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando lo acerqué a mí.

Mis labios chocaron con los suyos.

Al principio fue torpe, impulsivo, casi desesperado. No buscaba delicadeza; buscaba silencio, escape, control. Sentí cómo se tensaba por completo, sorprendido, como si no esperara que yo fuera capaz de algo así.

Por un segundo pensé que me apartaría.

No lo hizo.

Su sorpresa se transformó en quietud, y esa quietud en respuesta. El beso dejó de ser un impulso y se volvió consciente. Más firme. Más lento. Mi corazón latía tan fuerte que me zumbaban los oídos.

Me acerqué más sin darme cuenta, como si el mundo alrededor hubiera desaparecido. La música, las voces, la fiesta… todo se volvió ruido distante. Solo existía ese momento suspendido.

Sentí su respiración cambiar, más profunda, más controlada, como si estuviera luchando consigo mismo. Yo también lo hacía.

Mis dedos se deslizaron hasta su cabello, sin pensarlo, aferrándome a él como si el suelo pudiera desaparecer bajo mis pies. El beso se volvió más intenso, más cargado de emociones que no entendía del todo: rabia, confusión, desafío… algo más que no sabía nombrar.

Entonces se separó.

No bruscamente, pero sí con decisión.

Sus ojos me miraban con una mezcla de enojo y algo que no supe identificar. Su mandíbula estaba tensa. Respiraba hondo, como si necesitara recomponerse.

No dijo nada.

Se apartó de mí y se fue, perdiéndose entre la gente.




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