Apuesta Inocente

2

Desperté con la sensación de que alguien había usado mi cabeza como tambor.

Gemí y me giré lentamente, enterrando la cara en la almohada. La luz que se colaba por la ventana era demasiado brillante, demasiado cruel para una mañana como esa. Mi boca estaba seca, el estómago revuelto y cada pensamiento llegaba tarde y mal.

—Nunca más… —murmuré.

Entonces los recuerdos empezaron a caer uno por uno, como piezas mal encajadas:
la fiesta, la bebida, la cocina, su mirada burlona…

El beso.

Abrí los ojos de golpe y me incorporé demasiado rápido.

—¡Ay! —me llevé una mano a la cabeza.

No. No había sido un sueño.

Me besé con un desconocido arrogante en medio de una fiesta universitaria… y luego huí como si hubiera cometido un crimen.

Genial, Ashley. Excelente inicio de semestre.

—¿Ya estás despierta o sigues fingiendo que no existes?

La voz de Luciana llegó desde la puerta. Giré lentamente la cabeza y la vi apoyada en el marco, con los brazos cruzados y una ceja arqueada. Esa expresión solo significaba una cosa: sabía algo.

—¿Qué hora es? —pregunté con voz ronca.

—Tarde —respondió—. Y antes de que preguntes: sí, llegué a la residencia anoche. Y no, no me gustó no encontrarte.

Me dejé caer de nuevo en la cama.

—Lo siento…

Luciana suspiró y se acercó, sentándose a mi lado.

—Ashley… ¿qué pasó?

Me quedé en silencio unos segundos. Luego, con vergüenza, se lo conté todo. La bebida, el mareo, el chico insoportable, el beso, el taxi. Cada palabra me pesaba más que la anterior.

Cuando terminé, Luciana estaba completamente quieta.

—¿Lo besaste? —repitió despacio.

—Fue un error —me apresuré a decir—. No significó nada. Estaba alterada. Drogada. Confundida.

Luciana me miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Sabes a quién besaste?

Negué.

—Solo sé que es un idiota.

Luciana tomó su celular.

—Dime cómo era.

Fruncí el ceño.

—Alto. Cabello negro. Ojos marrones claros. Camiseta negra. Actitud de “el mundo gira a mi alrededor”.

Luciana se quedó congelada.

—No… —murmuró.

—¿Qué?

Ella ya estaba escribiendo algo frenéticamente.

—Ashley… dime que no es él.

—Luciana, ¿qué estás haciendo?

Giró la pantalla hacia mí.

Allí estaba.

El mismo chico. La misma sonrisa segura. El mismo rostro que había visto tan de cerca la noche anterior.

Christian Carper.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Quién es? —pregunté.

Luciana tragó saliva.

—Ashley… es uno de los estudiantes más conocidos de la universidad. Su familia es dueña de media ciudad. Empresas, hoteles, fundaciones… todo lleva su apellido.

Me quedé sin palabras.

—¿Millonario? —susurré.

—Multimillonario —corrigió—. Y no precisamente famoso por ser amable.

Miré la pantalla sin poder apartar los ojos.

Todo encajaba: su seguridad, su tono, la forma en que todos parecían conocerlo.

—Genial… —murmuré—. Besé al chico más poderoso y arrogante del campus.

Luciana me observó con atención.

—Esto puede ser un problema.

Asentí lentamente.

—Sí… —dije, sintiendo cómo la resaca ya no era lo peor—. Tengo el presentimiento de que no va a quedarse en el pasado.

Y por primera vez desde que llegué a la universidad, sentí que algo —o alguien— estaba a punto de complicarme la vida mucho más de lo que estaba preparada para soportar.

Me quedé mirando el techo mientras Luciana seguía hablando, como si no acabara de decir que había besado a uno de los chicos más poderosos de la universidad.

—No —dije al fin—. No, no, no. Esto no es bueno.

Luciana sonrió. Sonrió.

—Ashley… ¿te das cuenta de lo que significa?

Me incorporé lentamente, todavía con la cabeza doliéndome.

—Que soy una idiota.

—Que eres interesante —corrigió—. Y que, por primera vez desde que llegaste, alguien va a mirarte.

Eso no me tranquilizó en absoluto.

Me levanté de la cama y caminé hasta el armario. Necesitaba una ducha. Necesitaba ropa cómoda. Necesitaba borrar el recuerdo de Christian Carper de mi cerebro.

—No quiero ser “mirada” —respondí—. Quiero pasar desapercibida. Estudiar. No meterme en problemas.

—Aburrido —dijo Luciana, sentándose en mi cama—. Además, ya es tarde para eso.

La miré por encima del hombro.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el beso no pasó desapercibido —respondió con naturalidad—. Ashley, fue en una fiesta grande. Y créeme, cuando alguien como Christian Carper está involucrado, nada se queda en secreto.

Sentí un escalofrío.

Me metí a la ducha intentando ordenar mis pensamientos. El agua caliente ayudó un poco con la resaca, pero no con la ansiedad. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba su expresión justo antes de irse. No de sorpresa. No de burla.

De control perdido.

Cuando salí, Luciana ya había dejado dos conjuntos sobre la cama.

—Ni se te ocurra —dije.

—Escúchame —replicó—. Hoy es tu primer día real en la universidad. Y existe una mínima posibilidad de que te lo cruces.

—Genial —murmuré.

—Así que necesitas verte bien. No “demasiado”, pero tampoco invisible.

Me puse el jean y una blusa sencilla. Nada llamativo. Nada provocador. Nada que gritara besé a un multimillonario arrogante.

Mientras me arreglaba el cabello frente al espejo, Luciana me observaba con una sonrisa que no me gustaba nada.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —dijo.

—No.

—Que si esto se sabe… tú no eres la chica nueva y tímida.

Suspiré.

—Luciana…

—Eres la chica que besó a Christian Carper.

Me giré de golpe.

—No quiero ser popular por eso.

—¿Y si lo eres igual? —respondió encogiéndose de hombros—. Ashley, la gente aquí vive de rumores. Y tú acabas de protagonizar uno excelente.




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