Apuesta Inocente

3

Durante dos días, nada pasó.

Y eso fue lo que más me inquietó.

El rumor empezó a apagarse lentamente, como una llama sin oxígeno. Ya no escuchaba mi nombre en los pasillos, nadie me señalaba abiertamente y Christian Carper volvió a ser solo una silueta distante entre la multitud.

O eso quería creer.

Me concentré en mis clases, en mis apuntes, en cualquier cosa que no fuera él. Luciana, por supuesto, no estaba convencida.

—Esto no termina así —dijo una mañana, mientras caminábamos hacia la biblioteca—. Christian no es de los que dejan cabos sueltos.

—Ojalá esta sea la excepción —respondí.

Luciana me miró con esa expresión que siempre usaba cuando sabía que tenía razón.

—Ashley… Christian Carper no deja historias a medias.

No respondí.

Ese día, al salir de clases, sentí algo extraño. No era una mirada directa ni una risa evidente. Era… presencia. Como si alguien me observara sin querer ser visto.

Aceleré el paso.

—¿Te pasa algo? —preguntó Luciana.

—Siento que alguien nos sigue.

—Bienvenida a la paranoia post-rumor —bromeó, aunque también miró atrás.

No vimos a nadie.

Entramos al edificio de humanidades y nos separamos para ir a distintas aulas. Caminé sola por el pasillo, tratando de convencerme de que estaba exagerando.

Entonces, mi celular vibró.

Número desconocido.

Qué rápido se olvidan las cosas interesantes.

Me detuve en seco.

Miré a mi alrededor. El pasillo estaba casi vacío.

Tecleé con manos temblorosas.

¿Quién eres?

La respuesta llegó casi de inmediato.

Alguien a quien no le gustan las historias mal contadas.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

¿De verdad creíste que ese beso iba a desaparecer así como así?

Guardé el celular en el bolsillo justo cuando una chica se me cruzó por delante.

No la había visto antes.

Era alta, de cabello oscuro perfectamente lacio, vestida con una elegancia que no parecía casual. Sus ojos me recorrieron con interés, como si ya me conociera.

—Ashley —dijo, sonriendo—. Qué gusto conocerte por fin.

Mi corazón dio un salto.

—¿Nos conocemos?

—Aún no —respondió—. Pero compartimos un secreto bastante… valioso.

Antes de que pudiera decir algo, miró por encima de mi hombro.

—Y hablando del otro protagonista…

Me giré.

Christian estaba al final del pasillo, observándonos. No se acercaba. No hablaba. Solo miraba con una expresión seria, calculadora.

La chica volvió a mirarme.

—Esto apenas empieza —susurró—. Y te conviene escucharme.

Se dio la vuelta y se fue, dejándome allí, con el corazón acelerado y la certeza de que el rumor no había muerto.

Solo había cambiado de manos.

No lo tomé bien.

Pero tampoco hice nada.

Guardé el celular como si así pudiera encerrar el mensaje, la mirada de esa chica y la presencia silenciosa de Christian en algún lugar donde no pudiera alcanzarme. No quería pensar más. No quería preguntas. No quería abrir un problema que ya me estaba superando.

Decidí ignorarlo.

A veces, fingir que algo no existe es la única forma de seguir caminando.

Salí del pasillo y me reuní con Luciana cerca de las bancas del patio. Ella me miró apenas me vio la cara.

—¿Qué pasó?

—Nada —mentí—. Solo… quiero que esto se acabe.

Luciana frunció el ceño, pero no insistió. Por una vez, se lo agradecí.

Estábamos a punto de irnos cuando una chica se acercó a nosotras con una sonrisa exageradamente entusiasta. Era de una de mis clases; la había visto un par de veces, siempre rodeada de gente.

—¡Chicas! —dijo—. Justo las estaba buscando.

Luciana sonrió de inmediato.

—Hola.

—Soy Valeria —se presentó, mirándome—. Oigan, hoy es mi cumpleaños y voy a hacer una fiesta esta noche. Nada formal, solo música, gente del campus… están invitadas. En realidad, está invitado todo el campus.

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

—Gracias, pero yo… —empecé a decir.

—¡Tienes que ir! —me interrumpió Luciana—. Suena genial.

Valeria asintió con entusiasmo.

—Sí, será en una casa cerca de la residencia. No hay excusas.

Sonreí por compromiso.

—Lo pensaré.

—Perfecto —dijo Valeria—. Mientras más gente, mejor.

Cuando se fue, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Ni hablar —dije—. No voy a otra fiesta.

Luciana me miró como si hubiera dicho algo imperdonable.

—Ashley, vamos.

—No —insistí—. Ya tuve suficiente drama por un semestre entero.

—Precisamente por eso —respondió—. No puedes esconderte cada vez que algo sale mal.

—No me estoy escondiendo —repliqué—. Estoy siendo prudente.

Luciana cruzó los brazos.

—Estás teniendo miedo.

No respondí.

—Escúchame —continuó—. No tienes que beber, no tienes que hablar con nadie que no quieras. Solo ve. Muéstrate normal. Demuestra que no pasó nada.

—¿Y si pasa algo?

Luciana sonrió con seguridad.

—Entonces no estarás sola.

Miré el campus a mi alrededor. Gente riendo, caminando, viviendo como si nada hubiera cambiado. Como si ese beso no hubiera existido. Como si nadie estuviera observando.

Pero yo sabía que no era así.

—No me fascinan las fiestas —dije en voz baja.

—Lo sé —respondió Luciana—. Pero a veces, las cosas importantes pasan justo en los lugares que menos nos gustan.

Suspiré.

No quería ir.
No quería volver a sentirme fuera de control.
No quería volver a cruzarme con él.

Y aun así, algo dentro de mí sabía que rechazar esa invitación no iba a detener nada.

Solo lo retrasaría.

—Está bien —dije finalmente—. Pero solo un rato.

Luciana sonrió triunfante y me abrazó.

—Prometo que será divertido.

No le respondí.

Porque, muy en el fondo, tenía el presentimiento de que esa fiesta no sería divertida en absoluto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.