A la mañana siguiente, la universidad ya había decidido nuestra historia por nosotros.
No hizo falta que nadie me lo contara.
Lo supe por las miradas.
Por la forma en que dos chicas dejaron de hablar cuando pasé junto a ellas.
Por el chico que sonrió como si supiera algo que yo no.
Por mi nombre susurrado demasiado bajo… y demasiado seguido.
Christian Carper y yo ya no éramos un rumor pasajero.
Éramos una versión aceptada.
Me senté en mi lugar del aula intentando concentrarme en el pizarrón, pero las palabras del profesor se mezclaban con una sola idea insistente:
Esto está funcionando… y eso es lo peligroso.
—Ashley.
Me giré.
Luciana me observaba con los brazos cruzados, los ojos brillándole de una forma que conocía demasiado bien.
—¿Desde cuándo tú y Christian Carper se miran así?
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Así cómo? —pregunté, fingiendo calma.
Luciana se inclinó un poco hacia mí.
—Como si compartieran algo feo pero no tanto es como que tengo que hacerlo porque si—dijo
Tragué saliva.
—No exageres.
—No exagero nunca —respondió—. Y menos cuando todo el campus está hablando del mismo beso.
Miré alrededor. Algunos estudiantes fingían no escuchar, pero sabía que estaban atentos.
—Luci… —empecé.
—No —me interrumpió—. No me mientas todavía. Primero dime si es verdad.
Mis dedos se cerraron sobre el cuaderno.
—No es lo que crees.
—Entonces dime qué es —insistió—. Porque Christian Carper no besa a cualquiera. Y tú no te metes en rumores sin razón.
Respiré hondo.
—Después —dije en voz baja—. Te lo explico después.
Luciana me estudió unos segundos más. Luego suspiró.
—Está bien —cedió—. Pero esto no se queda así.
Asentí, sabiendo que no mentía.
Cuando la clase terminó, salí rápido al pasillo.
Y ahí estaba él.
Christian apoyado contra una columna, rodeado de miradas curiosas, como si el lugar le perteneciera. Cuando me vio, levantó apenas la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
No hubo sonrisa.
No hubo gesto amable.
Solo un entendimiento incómodo.
El rumor había crecido.
La mentira ya estaba viva.
Y ahora no solo teníamos que fingir…
teníamos que hacerlo bien.
Tuvimos que empezar de inmediato.
Christian fue el primero en dar el paso, como si llevara años ensayándolo. Caminó a mi lado por el campus con una sonrisa fácil, relajada, esa que parecía hecha para cámaras invisibles y miradas curiosas.
Yo lo imité.
O al menos lo intenté.
—Relaja los hombros —murmuró sin mirarme—. Pareces a punto de huir.
—No es una actuación muy natural caminar al lado de alguien que me cae mal —respondí entre dientes.
Él sonrió más.
—Eso ayuda. Nadie sospecha cuando parece auténtico.
Pasamos frente a grupos de estudiantes que fingían no observarnos. Sentí miradas clavándose en mi espalda, cuchicheos, celulares levantándose con disimulo.
—Míralos —susurré—. Esto es absurdo.
—Es efectivo —corrigió—. Y por ahora, es lo único que tenemos.
Me rozó la mano de forma calculada. Apenas un gesto, lo justo para que alguien lo notara. Yo contuve el impulso de apartarme.
—No te pongas rígida —dijo—. Si vamos a fingir, que no parezca un castigo.
—Para mí lo es.
—Sonríe igual.
Lo hice. Una sonrisa breve, ensayada, que me dolió en las mejillas.
Caminamos así varios minutos. Sonrientes. Cercanos. Convincente mentira en movimiento.
Cuando llegamos a la biblioteca, Christian disminuyó el paso.
—Aquí —dijo en voz baja—. Nuestra “cita”.
Entramos juntos, demasiado juntos, como si el espacio entre nosotros fuera una amenaza. Algunos estudiantes levantaron la vista de sus libros; otros fingieron concentración exagerada.
Nos sentamos en una mesa al fondo.
Apenas nos rodeó el silencio, todo cambió.
—Tenemos que hacerlo rápido —dije, bajando la voz—. Antes de que alguien más empiece a atar cabos.
Christian sacó su celular.
—Ya revisé los registros del evento —susurró—. La chica no figura como estudiante regular.
—¿Invitada externa?
—O alguien que sabe moverse sin dejar rastro.
Me incliné un poco hacia él, fingiendo intimidad.
—Yo pregunté en secretaría —añadí—. Nadie recuerda haberla visto antes. Pero alguien la dejó pasar.
—Entonces tiene acceso —concluyó—. O influencia.
Nos miramos un segundo más de lo necesario. Desde afuera, probablemente parecíamos absortos el uno en el otro.
—Tenemos que encontrarla antes de que vuelva a aparecer —dije.
—O antes de que decida usar los sobres —respondió él.
Tragué saliva.
—Esto no es una relación —aclaré—. Es una tregua.
—Lo sé —asintió—. Pero mientras dure, nadie puede dudar de nosotros.
Se inclinó un poco más, como si fuera a decir algo importante. Sentí su respiración cerca y tuve que recordarme que todo era mentira.
—Confía en mí solo en esto —dijo—. Yo me encargo de rastrear cómo consiguió la información. Tú fíjate en quién nos observa.
Asentí.
—Y si alguien pregunta…
—Estamos saliendo —completó—. Nos gustamos. Fue inesperado.
Suspiré.
—Odio lo bien que suena.
Él sonrió apenas, esta vez sin público.
—Bienvenida a la mentira.
Desde una mesa cercana, sentí una mirada insistente.
No supe de quién era.
Pero supe algo con certeza:
Mientras fingíamos estar juntos,
alguien estaba observándonos de verdad.
Y la “cita” apenas acababa de empezar.
Christian se inclinó un poco más sobre la mesa, fingiendo revisar algo en su celular. Desde afuera, cualquiera habría jurado que estábamos compartiendo un momento íntimo.
Yo, en cambio, sentía el pulso acelerado.
—Estás demasiado cerca —murmuré sin levantar la vista.
—Y tú estás demasiado tensa —respondió en el mismo tono bajo—. Nos están mirando.
Editado: 13.01.2026