Apuesta Inocente

5

El fin de semana llegó más rápido de lo que me hubiera gustado.

Christian pasaría por mí para llevarme a una de las fiestas privadas de su padre. “Presentarte”, había dicho, como si eso no significara entrar a un mundo que claramente no era el mío.

Estaba duchándome cuando decidí salir un momento a la cocina por agua. No pensé en nada más. Error enorme.

Al cruzar el pasillo, me quedé completamente inmóvil.

Christian estaba sentado en la sala junto a Luciana.

Llevaba un traje oscuro que le quedaba como si hubiera sido hecho solo para él. Elegante, sobrio, demasiado perfecto. De esos que no se ven en fiestas normales… ni en personas normales.

Y yo estaba envuelta únicamente en una toalla.

Una bendita toalla que apenas cumplía su función.

—Oh —dije, intentando sonar natural—. Hola.

Luciana me miró, luego a él, y sonrió con una expresión peligrosamente divertida.

—Creo que… tengo algo que hacer —dijo levantándose de golpe—. Mucha suerte.

Y desapareció antes de que pudiera asesinarla con la mirada.

Genial.
Sola.
En toalla.
Con Christian Carper.

—Ve a cambiarte —dijo él.

Levanté la vista, preparada para una mirada descarada… pero no.

No miraba nada más que mis ojos.

Eso me descolocó.

—¿Qué? —pregunté—. ¿No vas a burlarte?

—Todavía no —respondió—. Pero apúrate.

¿Eso era respeto o una actuación perfecta? No lo sabía. Y me molestaba no saberlo.

Me di la vuelta y fui directo a mi habitación antes de que mi cerebro explotara.

Respiré hondo.

Elegí un vestido negro, largo, con una abertura discreta en la pierna. Solté mi cabello, me maquillé con cuidado —por una vez todo salió bien— y me puse un collar plateado sencillo.

Cuando salí, él se levantó lentamente.

Ahora sí me miró.

Y no disimuló.Aunque yo tambien hice lo mismo le quedaba demsiado bien para ser cierto.

—Vaya —dijo—. Así que sí sabes arreglarte.

—Gracias —respondí—. Creo. ¿Eso fue un halago o una burla?

Sonrió de lado.

—Ambos.

Rodé los ojos.

—Eres Insorpotable.

—Y tú exageras —replicó—. El vestido está bien… para alguien que claramente no es de ponerse ese tipo de cosas ¿no?

—Dijo el chico que parece sacado de una revista mal hecha

Eso lo hizo reír.Lo mire mas tellado el cabello era ondulado estaba mas definido no se peino pero le dismulaba tenia un triangulo de lunares pequeño no se notaba cuando sonreia con sus dientes muy bien cuidados

—Vamos —dijo extendiendo la mano—. No quiero llegar tarde.

Lo dudé un segundo… pero la tomé.

Mientras salíamos, una idea no dejaba de rondarme la cabeza:

No sabía si Christian estaba fingiendo ser decente…
o si lo realmente peligroso era que, por momentos, parecía no estar fingiendo en absoluto.

Y eso me inquietaba más que cualquier fiesta privada.

Cuando subí a su auto, el ambiente cambió.

Ya no estaba el sarcasmo ni las burlas. Christian parecía… concentrado.

—Estas fiestas no son como las que conoces —me dijo mientras arrancaba—. La seguridad es máxima. Justamente por eso iremos.

—¿Ir para qué? —pregunté, acomodándome el vestido.

—Para encontrarla —respondió—. El nombre que vimos no aparece en cualquier lugar. Si alguien logró entrar a las reuniones privadas de mi padre, tiene que estar en el registro.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Registro?

—Hay dos revisiones —explicó—. Primero, la invitación. Cada persona entra con nombre, apellido y acompañante asignado. Nada improvisado.

—¿Y la segunda?

—Revisión completa —dijo—. Bolsos, objetos personales, cualquier cosa que pueda ser usada como arma o representar un peligro. Todo se decomisa.

Tragué saliva.

—¿Siempre es así?

—Siempre —afirmó—. A veces incluso hacen dinámicas… juegos de apuestas, retos controlados. Todo parece relajado, pero en realidad está vigilado cada segundo.

Lo resumió con una frase que me dejó helada:

—Nada ocurre ahí sin que alguien lo sepa.

Después de eso… silencio.

El auto avanzaba por calles cada vez más elegantes, más lejanas a mi mundo. Miré por la ventana, observando luces, casas enormes, entradas custodiadas.

No sé por qué, pero empecé a sentirme insegura.

No era el miedo normal. No era nervios.

Era esa sensación rara… como si estuviera entrando a un lugar donde no debía existir.

—Christian —dije de pronto—. Si esto se sale de control…

—No lo hará —respondió sin mirarme—. Te lo prometí.

No supe por qué, pero esa vez le creí.

Aun así, mi pecho seguía apretado.

Tal vez porque, por primera vez desde que empezó todo esto, entendí algo con claridad inquietante:

No solo estábamos fingiendo frente a otros.
Estábamos entrando al territorio de alguien que jugaba con reglas mucho más grandes que nosotros.

Y no había marcha atrás.

aparecido junto a las fotos en la biblioteca. La abrí con cuidado, como si el papel pudiera romperse con solo mirarlo.

El nombre no estaba escrito completo.

Eran siglas.

Un diminutivo extraño, casi deliberado, como si quien lo hubiera escrito no quisiera ser reconocida del todo. Las letras estaban trazadas con una caligrafía antigua, elegante, de esas que ya casi no se ven. Curvas marcadas, líneas finas, algunas palabras tan desvaídas que apenas se distinguían.

Me acerqué un poco más, forzando la vista.

Había algo inquietante en esa escritura.

No parecía hecha a las apuradas. Al contrario, cada trazo daba la impresión de haber sido pensado, ensayado… como si esa persona tuviera todo el tiempo del mundo.

Pasé el dedo suavemente por el papel.

La tinta estaba ligeramente corrida en algunos puntos, como si fuera vieja o hubiera sido expuesta al aire durante mucho tiempo antes de llegar a nosotros.

—Esto no es reciente —murmuré para mí misma.




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