Apuesta Inocente

6

Pasamos un rato más con sus padres y algunos de sus amigos. Todos parecían moverse como una colonia sabian que hacer y cuando era un poco extraño

Hablaban de proyectos, de inversiones, de planes que sonaban enormes incluso antes de entenderlos del todo.

El señor Harper explicaba con voz firme y calculada el proyecto que estaba desarrollando. No alzaba la voz, no necesitaba hacerlo. Todos lo escuchaban con atención. Emilia, en cambio, era la luz del grupo: sonreía, hacía comentarios oportunos, suavizaba la conversación cuando se volvía demasiado técnica. Se notaba que se complementaban a la perfección.

Christian permanecía a mi lado, correcto, atento, aunque distante.Seguia pensando que era muy diferente al chico divertido,Se le notaba más extraño hablando de los proyectos pensaba que era un cabeza hueca completamente

Después de un rato, se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Quieres conocer la mansión? —me susurró—. Antes de que me obliguen a quedarme toda la noche hablando de números.

Asentí de inmediato.

—Claro.

Se disculpó con sus padres con una facilidad ensayada y me ofreció el brazo. Subimos las escaleras principales, amplias, de mármol claro, con una baranda elegante que parecía recién pulida. Cada paso resonaba suave, casi solemne.

—Arriba es más tranquilo —me explicó en voz baja—. Y… es donde se hace el registro final de revisión.

Lo miré.

—¿Aquí arriba?

—Sí —respondió—. El cuarto donde guardan los registros está en el segundo nivel. Ahí se archivan los nombres, las invitaciones, todo. Nadie entra sin quedar anotado.

Mientras subíamos, observé los cuadros en las paredes, retratos antiguos, fotografías familiares, premios, recuerdos de una vida que no tenía nada que ver con la mía.

—Entonces —dije—, si ella estuvo aquí…

—Su nombre tiene que estar ahí —completó Christian—. No hay excepciones.

Llegamos al final de la escalera. El pasillo era silencioso, alfombrado, con puertas cerradas a ambos lados. Christian señaló una al fondo.

—Es ese cuarto.

Cuando entramos, todo estaba completamente oscuro.

—Debe haber un interruptor —murmuró Christian—. Tú revisa esos estantes. Yo veré las cámaras.

Asentí, aunque la oscuridad me ponía la piel de gallina. Avancé despacio, pasando la mano por los estantes llenos de carpetas y cajas perfectamente ordenadas. Todo olía a papel viejo y a algo metálico, como si ese cuarto guardara secretos desde hace años.

El silencio era tan pesado que cada pequeño ruido parecía amplificarse.

Busqué durante un buen rato, revisando etiquetas, nombres, fechas. Nada. O al menos nada que reconociera.

Entonces lo vi.

Al fondo del cuarto principal había una puerta más pequeña, casi escondida entre los estantes. Me acerqué con cautela.

—Christian —susurré—, hay otro cuarto aquí adentro.

Él se acercó, frunciendo el ceño.

—¿Qué? —miró la puerta—. No lo sabía.

—¿Qué es?

Negó con la cabeza.

—No lo sé.

Nos miramos un segundo, como si ambos pensáramos lo mismo. Y aun así, empujamos la puerta.

Apenas cruzamos el umbral, lo sentí.

Ese mismo escalofrío.
La misma presión en el pecho.
La misma sensación de no estar solos.

—Christian… —murmuré.

Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta se cerró de golpe detrás de nosotros.

El sonido fue seco. Definitivo.

—¿Qué diablos…? —alcanzó a decir él, girándose.

La luz se encendió de pronto.

Frente a nosotros, sobre una mesa, estaban las fotografías.

Las mismas.

Mi respiración se detuvo.

—No… —susurré—. Las tenía conmigo…

Me llevé la mano al bolso por puro reflejo. Estaba vacío.

—Nos las quitó —dijo Christian con voz tensa—. En el momento en que entramos.

Un paso resonó lentamente.

Desde la sombra, ella apareció otra vez.

Tranquila. Elegante. Sonriendo como si todo esto fuera parte de un juego perfectamente calculado.

—Siempre tan curiosos —dijo—. Sabía que vendrían.

Mi corazón latía con fuerza.

—¿Quién eres? —pregunté—. ¿Qué quieres de nosotros?

Ella inclinó la cabeza, observándonos como si fuéramos piezas en un tablero.

—Quiero asegurarme —respondió— de que sigan cooperando.

Christian dio un paso adelante.

—Esto se te fue de las manos.

Ella rió suavemente.

—Al contrario —dijo—. Recién empieza.

—Vale, admito que no sé quién les dejó esto —dijo finalmente, señalando las fotografías—. Fue un descuido… mío.

Su voz no sonaba arrepentida. Sonaba molesta.

—Pero ustedes deben disimular más —añadió, mirándonos con un leve gesto de desdén—. Casi me la creo, Christian. De verdad pensé que la habías presentado oficialmente a tus padres.

Sentí un vuelco en el estómago.

No estaba tranquila.
No estaba segura.
Estaba asustada.

Quería escapar. Salir corriendo de esa habitación, de esa mansión, de esa farsa que se nos estaba yendo de las manos. Quería que nada de esto hubiera pasado, que ella no supiera nada, que mi secreto siguiera enterrado donde siempre había estado.

—¿Eso es todo? —preguntó Christian con frialdad—. ¿Encerrarnos solo para burlarte?

Ella lo miró con calma, pero sus dedos apretaron levemente el borde de la mesa.

—No seas ingenuo —respondió—. Si los encerré aquí es porque necesito asegurarme de algo.

Me miró a mí.

Sentí que el aire me faltaba.

—Tú —dijo—. Aún dudas.

Negué de inmediato.

—No sabes nada de mí —mentí, aunque mi voz tembló.

Sonrió, satisfecha.

—Eso crees.

Di un paso atrás sin darme cuenta, chocando con la pared. Mi mente iba demasiado rápido. Si hablaba, podía empeorar todo. Si callaba, tal vez ganaría tiempo.

—No quiero seguir con esto —dije al fin—. Sea lo que sea que estés planeando, termina aquí.

Ella me observó con atención, como si evaluara cada palabra.




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