Al final me desperte pensando en lo de ayer, me llevo a mi departamento sin novedad pero me inivito a salir al día siguiente osea hoy.
Esa tarde “tocaba” fingir.
Nada elegante, nada exagerado. Solo caminar por el campus, como cualquier otra pareja universitaria. Christian insistió en algo simple: una cafetería pequeña cerca de la biblioteca. Según él, “menos cámaras, menos miradas”.
Yo no dije nada, pero me sorprendió que pensara en eso.
Nos sentamos afuera. El sol era tibio, el lugar ruidoso, lleno de estudiantes riendo, quejándose de exámenes, viviendo cosas normales.
Nos quedamos más tiempo del que habíamos planeado.
No porque estuviéramos investigando —no todavía—, sino porque, por alguna razón, la conversación empezó a fluir sin esfuerzo. Christian se apoyó contra el respaldo de la silla, estirando las piernas, como si por primera vez en el día estaba más tranquilo.
—Antes entrenaba todos los días —dijo de pronto, mirando al techo—. Básquetbol.
Lo miré, sorprendida.
—¿En serio?
—Velocidad —aclaró—. Tiros de tres puntos o las clavadas. Era bueno.
No lo dijo con orgullo. Lo dijo como si no lo hubiese hecho para más.
—¿Y por qué lo dejaste?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque a mis padres no les parecía… conveniente —dijo—. Demasiado tiempo, demasiada exposición, demasiadas “distracciones”.Asi que eligieron torturarme con el esgrima.
Fruncí el ceño.
—¿Y a ti sí te parecía conveniente?
Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—Era lo único que me hacía sentir normal.Pero a que el esgrima no esta tan mal ¿no?
Eso me descolocó.
Christian Carper no encajaba con la palabra común
Ahora lo veia mejor era increible encajar con lo normal era aburrido ahora me interasba que más hacia sin ser el chico perfecto, bueno no tanto, pero si lo era .....enfrente de sus padres
—Ahora entreno a veces —añadió—. Solo. Para no perder la costumbre.
Guardé silencio, dejándolo hablar.
—Lo que sí nunca dejé fue la música —continuó—. Mis padres insisten con lo del piano, Pero me fascina el sonido de la guitarra electrica. Eso si me dejaron practicarlo pero no para mostrarlo al mundo
Lo miré como si acabara de confesarme un crimen.
—¿Tú? ¿Música de Beethoven? En serio
Se rió, de verdad.
—No pongas esa cara.No todo es genial a mi lado tambien veo lo clasio¿Te sorprendio?
—No me imaginaba eso —admití—. Pensé que eras más de… música que rompe los oidos con sus gritillos de raritos.
—Por favor —bufó—. Me gusta la música que se siente, no la que impresiona.
Me sorprendí sonriendo.
—¿Y en la forma de vestir? —pregunté—. Porque admitámoslo, esto —señalé su ropa— parece sacado de una revista.
—Porque toca —respondió—. Pero si fuera por mí, sudaderas, zapatillas viejas y nada que combine demasiado.
Lo miré de arriba abajo.
—Eso sí no lo veo.
—Porque nunca me has visto un domingo cualquiera —dijo—. O viendo series malas hasta tarde.
—¿Series malas?
—Las mejores —corrigió—. Las que no te hacen pensar. cosas así.
Negué con la cabeza, divertida.
—Definitivamente no eres como pensé.
—Tú tampoco —respondió—. Pensé que eras más… callada.
—Lo soy —dije—. Solo no contigo ya que estas peor que yo .
Hubo un silencio breve. No incómodo. De esos que no necesitan llenarse.
Lo observé sin que se diera cuenta: sin traje, sin poses, sin arrogancia. Solo un chico cansado de ser lo que otros decidieron.
Y eso fue lo que más me sorprendió.
No su apellido.
No su dinero.
No su fama.
Sino lo humano que era cuando bajaba la guardia.
Cuando nos levantamos para irnos, fingimos tomarnos de la mano porque alguien pasó cerca. Sus dedos estaban tibios. Firmes, pero no invasivos.Los mios en cambio estaban fríos mejor dicho helados
Ninguno dijo nada.
Pero mientras caminábamos juntos.Solo pensé
Christian Carper ya no era solo el chico arrogante con el que había empezado todo.
Y eso… me gustaba que sea un chico amable que muestra lo que le gusta y lo que no era más humano pero uno muy interesante
Mientras caminábamos, levanté la vista sin darme cuenta.
El cielo estaba hermoso. El atardecer se extendía sobre el campus como una pintura suave: tonos rosado claro mezclados con anaranjado y amarillo, y más allá, un celeste tranquilo que parecía prometer calma. Por un momento, todo lo demás dejó de importar.
Me detuve un segundo solo para mirarlo mejor.
—Es bonito —murmuré.
—Lo es —respondió una voz a mi lado.
Giré el rostro y me di cuenta de que Christian estaba mirando exactamente lo mismo que yo, con una expresión distinta a la de siempre. Sin arrogancia. Sin burla. Solo… quieto.
Lo observé sin pensarlo demasiado.
Entonces él ladeó la cabeza y dijo:
—Si me sigues mirando así, déjame decirte que mantener esta belleza cuesta.
Lo miré con mala cara de inmediato.
—Eres insoportable.
Se rió, una risa fácil, relajada, que no parecía ensayada. Eso me hizo negar con la cabeza, aunque no pude evitar sonreír.
Seguimos caminando.
Nuestras manos seguían entrelazadas, como parte de una rutina que no habíamos planeado. Me sorprendió darme cuenta de que no era incómodo. No sentía la necesidad de soltarlo ni de justificar el gesto.
Se sentía… natural.
Como si lo hubiéramos hecho desde siempre.
El ruido del campus se volvió lejano, las voces, los pasos, todo quedó en segundo plano. Solo estábamos nosotros, caminando bajo un cielo bonito, fingiendo algo que, por unos segundos, dejó de sentirse falso.
Y fue entonces cuando entendí por qué esto era peligroso.
Porque las mentiras no asustan cuando sabes que lo son.
Asustan cuando empiezan a sentirse reales.
Mientras caminábamos, sentí cómo su pulgar dibujaba pequeños círculos lentos sobre el dorso de mi mano. Fue un gesto mínimo, casi distraído, pero mi cuerpo reaccionó como si fuera algo enorme. Un cosquilleo me recorrió el brazo y se instaló en el pecho, obligándome a respirar más hondo de lo normal. No lo miré; temía que, si lo hacía, él notara cómo mis labios se curvaban en una sonrisa que no había planeado.
Editado: 13.01.2026