_“Amor, traición y peligro: el juego de Alessandra Moretti.”_
Siento el sudor helado sobre mi piel, el salitre del mismo hace que me ardan los ojos y se nuble mi visión, pero aún así, no puedo dejar de correr. No, mejor dicho: no debo dejar de correr. Me falta el aliento y mis pulmones queman exigiendo oxígeno que no les puedo dar. Siento la punzada en mi lado izquierdo, esa que indica cuando le has exigido más de la cuenta al cuerpo. A su vez, debo presionar en el lateral derecho y bajo, para evitar desangrarme. Puedo oler y sentir el sabor metálico en mi boca, y las náuseas no tardan en llegar junto con el mareo que me hace perder la perspectiva de la realidad; algo peligroso cuando estás corriendo por tu vida.
Al frente, logro divisar un pasillo que se bifurca y siento la esperanza renovarse. Si logro alcanzarlo, puedo escoger la derecha o la izquierda y esconderme, siquiera para recuperar el aliento y pedir apoyo. Aumento la velocidad, exigiéndole una cuota más de energía que ya no tengo a mi pobre cuerpo maltratado. Afortunadamente, este me responde y alcanzo a doblar hacia la derecha y continúo corriendo hasta llegar al final, donde soy recibida por un gran foco callejero. Sonrío aliviada porque sé con certeza que logré perderlo, pero esa sensación de euforia fue tan efímera como todo en mi vida.
De repente, algo puntiagudo y frío me atraviesa desde atrás, justo debajo de la primera herida. Puedo sentir cómo corta la carne y rompe tejidos abriéndose camino. La sangre brota sin control al igual que las lágrimas de mis ojos. No puedo evitarlo y dejo escapar un doloroso y penoso gemido de dolor, lo que regocija a mi atacante. Siento su asqueroso aliento cerca de mi rostro cuando susurra en mi oído:
—Te lo advertí, Moretti: nadie, absolutamente nadie se escapa de mí.
Un grito ensordecedor salió desde lo más profundo de mi ser, al mismo tiempo que me senté de golpe en la cama. Mi respiración era errática, igual que los latidos de mi corazón. Miré a mi alrededor tratando de ubicarme y, cuando logré descubrir que estaba en mi oscura y solitaria habitación, comencé a tranquilizarme; en parte, al menos. Coloqué mi mano sobre la frente para tomarme la temperatura y, como sospechaba, tenía fiebre.
—Genial. Esto me pasa por pasarme dos horas bajo la lluvia helada.
Me puse de pie y caminé a tientas hasta la nevera para sacar una jarra de agua helada. Saqué un par de aspirinas del cajón medio de la alacena y me las tomé de una. Con un suspiro cansino, me dirigí hacia el balcón. Desde lo más alto del edificio en la esquina de Las Vegas Boulevard y Flamingo Road, observaba la ciudad que nunca dormía. Mi apartamento, ubicado en el último piso de una de las torres más altas de Las Vegas, ofrecía una vista panorámica impresionante. Aunque Las Vegas no tiene costa, desde aquí podía ver el Lago Mead en la distancia, reflejando las luces de la ciudad.
Mi dormitorio era un refugio de lujo y sofisticación. Algo en lo que mi padre insistió: si iba a renegar de mi legado, al menos debía hacerlo con estilo. Esas fueron sus palabras.
Las paredes estaban pintadas en tonos suaves de crema y dorado, creando un ambiente cálido y acogedor. Una cama king-size con un cabecero de terciopelo azul oscuro dominaba la habitación, cubierta con sábanas de seda y cojines decorativos en tonos de azul y plata. A un lado, una ventana del piso al techo ofrecía una vista ininterrumpida de las luces parpadeantes de la ciudad. Las cortinas de terciopelo, en un tono azul profundo, podían cerrarse para crear un ambiente íntimo y tranquilo.
El apartamento en general era un ejemplo de elegancia moderna. La sala de estar tenía un diseño abierto, con muebles de líneas limpias y colores neutros que contrastaban con las vibrantes obras de arte en las paredes. Un sofá de cuero blanco se enfrentaba a una chimenea moderna, y una alfombra persa añadía un toque de color y textura al espacio. La cocina, equipada con electrodomésticos de última generación, tenía una isla central de mármol donde solía disfrutar de mis desayunos mientras observaba el amanecer sobre la ciudad.
Por la noche, el ruido de la gran ciudad se filtraba a través de las ventanas. El bullicio de los coches, las risas de los turistas y el sonido distante de la música de los casinos creaban una sinfonía urbana que encontraba extrañamente reconfortante. Las luces de neón de los hoteles y casinos iluminaban el cielo nocturno, creando un espectáculo de colores que se reflejaba en las ventanas del apartamento.
Desde mi balcón, podía ver el ajetreo constante de la ciudad. Las calles estaban llenas de vida, con personas que iban y venían, disfrutando de todo lo que Las Vegas tenía para ofrecer. A pesar del ruido y la actividad, había una sensación de paz en mi hogar en las alturas, un lugar donde podía retirarme del mundo y encontrar mi propio oasis de tranquilidad. Pero, a pesar de eso, ahora, Las Vegas era el último lugar en dónde deseaba estar. Ese sentimiento se había instalado hacia ya un año y, creí que se iría con el paso de los días, pero se convirtieron en semanas, y luego en meses; y aún deseo huir.
Miró el reloj dándome cuenta que solo faltan un par de horas para que la alarma suene. Decido tomar mi ropa de correr para salir a realizar ejercicio, hace semanas que no hago mi rutina, y más que usarla para mantenerme en forma, me ayuda a escapar de la realidad. Por lo menos un poco.
El aire de la madrugada está cargado y viciado con el humo de los cientos de caños de escape, y los abarrotados puestos de comida rápida, no contribuyen a la purificación del aire precisamente. Aún así, inhaló profundamente y luego exhaló antes de colocarme los audífonos y comenzar a trotar. A pesar de tener a tope la música, el mundanal ruido de los autos y sus estresantes cláxones logran filtrarse y mezclarse con la voz de Amy Lee, de Evanescence. Una de mis bandas favoritas, y la canción Bring me to life, me parecía la personificación de una parte importante de mi vida.
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Editado: 27.01.2026