Apuesta Mortal.

III-Sombras del Pasado.

_“En la oscuridad de la mafia, el amor y el dolor son dos caras de la misma moneda.”_

De camino a la estación, no podía sacar de mi cabeza las imágenes de la escena; era como si alguien hubiera colocado un cortometraje a reproducir repetitivamente. Para mi alivio, yo no era la encargada de dar la noticia a la familia de la víctima y tampoco debía escoltarlos al reconocimiento. Aunque eso último era más por protocolo, ya que la documentación y el dinero de Marco estaban justo a su lado; razón por la que se descartó el robo en primer lugar. Pero mi padre siempre me decía: nunca descartes ninguna hipótesis hasta alcanzar la verdad.

Un excelente consejo viniendo de él y sus años de experiencia en su área de trabajo. Si bien mi familia era públicamente una mafia, la justicia aún no había logrado encarcelarnos; y no es que no lo hayan intentado, es solo que no encontraron evidencia de corrupción, sobornos u otros delitos. Los Moretti se dedicaban principalmente al manejo de casinos y apuestas, negocios donde las transacciones en efectivo y el anonimato eran comunes, lo que dificultaba encontrar pruebas concretas. Además, cualquier rastro de evidencia quedaba enterrado bajo capas de engaño y corrupción, y los testigos desaparecían o eran silenciados. Algo para lo que tampoco tenían evidencia y, yo no estaba tan segura de la veracidad de esas historias. Al ver a mi padre, me era difícil imaginarlo haciendo tales cosas, tenía una apariencia amable y un semblante tranquilo, salvó cuando se metían con sus casinos o su familia.

Para mí fortuna, mi padre decidió dejarme al margen de todo cuando confirmo que, para su mala suerte y decepción, yo no quería saber nada con el “negocio familiar”. Al principio le costaba comprender, y más aún, aceptar mi elección, pero con el tiempo, me apoyó. Después de todo, soy su única hija.

Al llegar a la estación, la fachada gris y austera del edificio me recibió con su imponente presencia. El letrero metálico, ligeramente oxidado, rezaba “Departamento de Policía de Las Vegas.” La estructura, aunque vieja, emanaba una sensación de autoridad e inquebrantabilidad. Caminé por la entrada principal, empujando la pesada puerta de vidrio y acero.

Dentro, el ambiente era caótico como de costumbre. Oficinas atestadas de papeles, teléfonos sonando sin cesar y agentes moviéndose de un lado a otro con prisa. Empecé a caminar por los pasillos, cada paso resonando en el suelo de linóleo. Los murmullos comenzaron casi de inmediato, susurros mal disimulados que se mezclaban con el bullicio del lugar.

—Ahí va la hija del jefe —murmuró alguien a mi izquierda.

—¿Qué hará aquí? ¿Espiar para su familia? —dijo otro con un tono lleno de veneno.

Apreté los dientes, tratando de bloquear sus palabras y enfocarme en el caso. Subí las escaleras al segundo piso, donde se encontraba mi oficina. Las paredes de los pasillos estaban decoradas con viejas fotografías de casos resueltos, un recordatorio constante de que cada oficial aquí tenía una historia.

Al llegar a mi oficina, empujé la puerta y entré. Mi espacio de trabajo era modesto pero funcional. Un escritorio de madera oscura, cubierto de papeles y archivos, dominaba la habitación. En la pared detrás del escritorio, un tablero de corcho estaba lleno de fotos y notas relacionadas con los casos en los que estaba trabajando. La luz del sol entraba por una ventana pequeña, iluminando el ambiente de manera tenue.

Me senté en mi silla y tomé un respiro profundo, tratando de centrarme. A pesar de las constantes miradas de desconfianza y los murmullos venenosos de mis compañeros, sabía que debía mantener la cabeza fría y seguir adelante. El caso de Marco Bellini no era solo una oportunidad para hacer justicia, sino también una forma de demostrar mi valía, no solo como oficial, sino como Alessandra Moretti, alguien que luchaba por alejarse de la sombra de su familia.

Al cabo de unas horas encerrada entre esas cuatro paredes, sentía que la cabeza me iba a estallar si no me tomaba un descanso. Justo entonces, el teléfono sobre mi escritorio resonó estrepitosamente agudizando el dolor y provocando un rechinar de mis dientes.

—¿Sí?

—Moretti —mi jefe, con tono cortante y exasperado, habló al otro lado de la línea—. Necesito que te presentes en mi oficina en diez minutos. Está por llegar una persona con un interés especial en tu caso.

—Como usted ordene, señor.

—Y, Moretti. —Su tono aún era serio, pero ahora notaba un atisbo de petición.

—¿Sí?

—Cuando vengas a mi oficina, trata de estar de mejor humor —suplicó antes de colgar.

Me levanté y salí de mi oficina, tratando de ignorar el nudo de ansiedad que se formaba en mi estómago. Al bajar las escaleras, cada paso resonaba en el edificio como una sentencia. Al llegar al último escalón, me topé con una mujer llorando desconsoladamente mientras una joven de unos 16 años aproximadamente intentaba consolarla. La joven era su hija, y el dolor en sus ojos reflejaba el sufrimiento que compartían.

Dani, mi excompañero, estaba allí con ellos. Él había tenido la difícil tarea de notificar a la familia de Marco y llevarlos para el reconocimiento. Sentí pena por él; vi el dolor en su rostro y recordé que hace unos años, en su juventud, él mismo tuvo que reconocer el cuerpo de su padre y hermano. Creía que eso fue lo que lo impulsó a ser policía de Las Vegas.

Intenté esquivar la situación, pero no pude ya que me quedaba de camino a la oficina de mi jefe. Mi corazón se encogió al ver la escena. La madre de Marco, con los ojos hinchados y el rostro desencajado por el dolor, me vio y se abalanzó hacia mí, rogándome que hiciera justicia para su hijo.

—¡Por favor, haga justicia para mi hijo! —suplicaba con lágrimas incesantes.

Me sentí acorralada, sin saber qué responder. Sus palabras eran desgarradoras, pero en ese momento, me faltaban las palabras para consolarla. Dani intervino rápidamente, logrando quitarme a la mujer desconsolada de encima.




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