Apuesta Mortal.

IV- El regreso del pasado.

_“En el crisol del deber y la pasión, se encontraron dos almas, atrapadas en un torbellino de emociones y recuerdos inquebrantables.”_

1 Semana Atrás.

Ethan.

Lo primero que pensé fue: ¿Acaso esto es una jodida broma? ¿O por qué otra razón mi jefa me estaba enviando como agente de apoyo en un caso de la policía de Las Vegas? La frustración que sentí al escuchar la noticia me provocó la migraña del siglo. Por supuesto que ella sabía que yo viví allí por años y conocía la ciudad a la perfección, pero: ¿acaso la policía de Las Vegas no podía resolver sus casos solos? ¿Necesitaban el apoyo del FBI?

Para Miranda, mi jefa, la situación le resultaba más que conveniente. Ella llevaba años presionándome para que siquiera visitara esa ciudad, pero yo me negaba rotundamente. ¿La razón? No quería encontrarme con cierta persona. Pero cuando los de más arriba dieron la orden de que escogiera a uno de nosotros para que se instalara en Las Vegas, por su mente no pasó ningún otro nombre más que el mío: Ethan Blackwood.

—Tienes que estar bromeando. —Fue lo primero que salió de mis labios incluso antes de poder sellarlos.

Ella me lanzó una de sus famosas miradas, esas que no te daban oportunidad a retrucar nada, pero yo y mi gran necedad no estábamos dispuestos a ceder.

—Sabes que no me apetece ir a Las Vegas.

—Y yo te dije: tú no tienes la potestad para elegir, esta vez.

Miranda giró su silla mullida y se puso de pie. Era una mujer de cabello rubio platinado, muy atractiva. Su cabello caía en suaves ondas que enmarcaban su rostro de facciones finas y pómulos altos. Sus ojos azules eran fríos y calculadores, siempre evaluando cada movimiento. Llevaba un traje impecable que consistía en una pollera de tubo corta y una chaqueta ajustada, resaltando su figura esbelta y atlética. Sus piernas largas y torneadas parecían aún más largas con los tacones negros que llevaba. Era un desperdicio que se hubiera dedicado a las fuerzas y no al modelaje.

—Blackwood, estamos ante una serie de homicidios en Las Vegas que están fuera del alcance de la policía local. Han solicitado nuestro apoyo debido a la complejidad y el patrón que parece vincular los casos. Necesitamos tu experiencia y conocimiento de la ciudad para ayudar a resolver esto. —Explicó Miranda con una voz firme y autoritaria, digna de alguien de alto rango del FBI—. Los asesinatos han mostrado un nivel de brutalidad y precisión que no habíamos visto antes, y creemos que hay algo más grande detrás de esto. Tu misión es colaborar con las autoridades locales, recopilar información y, sobre todo, encontrar al responsable.

Su tono no dejaba lugar a objeciones. Sabía que discutir con Miranda era inútil, pero aún así, la perspectiva de regresar a Las Vegas me revolvía el estómago.

—Entendido, jefa. —Respondí, finalmente cediendo.

La oficina se llenó de un silencio tenso mientras Miranda me observaba, evaluando si aún tenía alguna resistencia. Finalmente, asintió, satisfecha con mi respuesta.

—Bien, Blackwood. Empieza a prepararte. Tu vuelo sale en la mañana.

Actualidad.

El edificio del Departamento de Policía de Las Vegas se alzaba imponente frente a mí, con su fachada gris y austera. A pesar de los años que habían pasado, la estructura seguía emanando la misma sensación de autoridad e inquebrantabilidad. Sentí una mezcla de nostalgia y ansiedad al verlo, recordando los innumerables momentos que había vivido en esa ciudad.

Al entrar, el bullicio típico de la estación me envolvió de inmediato. Oficinas atestadas de papeles, teléfonos sonando sin cesar y agentes moviéndose con prisa. Al mirar alrededor, noté a un oficial explicándole algo a una pobre mujer que lloraba desconsoladamente. De seguro era la madre de Marco Bellini; según el informe que Miranda me había enviado esa misma mañana, habían hallado su cuerpo en la madrugada. El oficial, con una expresión seria pero compasiva, le estaba dando la desgarradora noticia.

—Señora Bellini, me temo que necesitamos que identifique el cuerpo de un joven que podría ser su hijo. Hemos encontrado documentos que indican que se trata de Marco, pero necesitamos su confirmación.

La mujer sollozaba, aferrándose a una joven de unos 16 años, probablemente su hija. La escena era desgarradora, y sentí un nudo en el estómago al ver el dolor en sus rostros. Tuve que reprimir el impulso de acercarme y consolarlas, sabiendo que no era mi lugar.

Decidí enfocarme en mi tarea y me acerqué a una oficial que pasaba cerca.

—Disculpe, ¿podría indicarme cómo llegar a la oficina del Capitán Richard Starling? —pregunté, intentando mantener la compostura.

La oficial, una mujer joven y atractiva, me sonrió con un brillo en los ojos que delataba su intención de coquetear.

—Claro, guapo. La oficina del Capitán está en el primer piso. Sigue este pasillo hasta el final y gira a la izquierda. ¿Necesitas algo más? —dijo, su voz dulce y seductora.

—No, eso será todo. Gracias. —respondí, tratando de ser educado pero sin corresponder a sus insinuaciones.

Caminé por el pasillo, cada paso resonando en el suelo de linóleo. Las paredes estaban decoradas con viejas fotografías de casos resueltos, un recordatorio constante de que cada oficial aquí tenía una historia. Llegué a la puerta de la oficina del Capitán Starling y llamé a la puerta.

—Adelante. —escuché la voz de Starling desde el otro lado.

Entré y lo vi sentado en su silla tras el escritorio, con una sonrisa profesional y gentil a la vez.

—Ah, el agente Blackwood, supongo. —dijo Starling, aún sonriendo—. Permíteme presentarme, soy el Capitán Richard Starling. Es un placer tenerte aquí.

—Igualmente, Capitán Starling. Agradezco la bienvenida. —respondí, estrechándole la mano.

Starling me indicó una silla frente a su escritorio, pero negué con la cabeza aún sintiéndome incapaz de tomar asiento. Entonces comenzamos a charlar, intercambiando información sobre el caso y detalles sobre cómo podríamos colaborar. La conversación fue fluida, y me sentí más cómodo de lo que había anticipado.




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