_“Entre copas y susurros, las heridas del pasado resurgen, revelando verdades que cambiarán el rumbo del presente.”_
El cansancio y el estrés acumulado de los últimos meses competían ferozmente para ver cuál me llevaría primero al hospital. Probablemente terminaría en el sector psiquiátrico, en una habitación de paredes acolchonadas.
—¿Te encuentras bien? —La voz de Ethan sonaba genuinamente preocupada.
Al abrir mis ojos, lo vi a solo unos pasos de distancia, analizando mi rostro con detenimiento. Eso me puso nerviosa. Agradecía la escasa luz del aparcamiento de la estación, ya que ayudaba a ocultar mi sonrojo.
—Claro —dije, lanzando un suspiro al aire y elevando los ojos para ver el cielo estrellado—. Solo es la acumulación del trabajo.
—A mi parecer también te ves cansada. ¿No estás durmiendo bien? —inclinó su cabeza, esperando una respuesta.
Eludí su pregunta, no quería admitir la verdad.
En ese momento, la doctora Vargas salió de la estación y nos saludó.
—¡Hola, chicos! Vaya día agotador, ¿verdad? —dijo con una sonrisa—. Alessandra, ¿te apetece tener una NDB hoy?
Miré a Ethan, que parecía confundido por nuestras siglas. Solíamos usarlas para abreviar lo obvio: noche de bar.
—Es algo personal —le expliqué brevemente, antes de volverme hacia la doctora Vargas—. Claro, suena genial.
—Perfecto, nos vemos donde siempre entonces. —La doctora Vargas sonrió y se dirigió hacia su auto, un práctico Honda Civic azul oscuro.
—Buenas noches, Ethan —me despedí de él, notando una mezcla de confusión y preocupación en su rostro.
Me subí a mi auto mientras veía a la doctora Vargas arrancar el suyo, dejando a Ethan parado en el estacionamiento de la estación. El ambiente estaba cargado de tensiones no dichas y preguntas sin respuesta, pero necesitaba despejar mi mente, al menos por unas horas.
Encendí el motor y las luces de la ciudad comenzaron a deslizarse por las ventanillas como haces luminosos que cortaban la oscuridad. El camino hacia el bar se convirtió en un desfile de neones, semáforos intermitentes y rostros fugaces que no tenían idea de la tormenta que yo llevaba dentro. Cada vez que el recuerdo de Ethan se colaba en mi mente, apretaba el volante con más fuerza, como si pudiera exprimir de mis manos la rabia, el deseo y la confusión.
El bar al que íbamos se llamaba “La Madriguera”, un lugar discreto pero con fama de ser refugio de policías, médicos y almas cansadas de la ciudad. Al llegar, estacioné justo detrás del Honda Civic de Marisol. El exterior del bar estaba iluminado por un letrero de neón azul que parpadeaba con cierta melancolía, y la fachada de ladrillo oscuro le daba un aire de guarida clandestina. Desde afuera se escuchaba el murmullo de conversaciones mezclado con el golpeteo de vasos y una música suave de fondo.
Respiré hondo antes de entrar. El interior era cálido, con luces bajas que bañaban las mesas en un resplandor ámbar. El aire olía a madera vieja, cerveza y un toque dulzón de whisky derramado. Había un largo mostrador de madera pulida, detrás del cual las botellas se alineaban como soldados brillantes bajo la luz. Las paredes estaban adornadas con fotografías en blanco y negro de la ciudad en décadas pasadas, y el ambiente tenía esa mezcla de nostalgia y complicidad que solo los bares nocturnos saben ofrecer.
Marisol ya estaba allí, sentada en una mesa junto a la ventana. Me esperaba con una copa servida frente a su lugar vacío. Ella bebía pequeños sorbos de su propio vaso, un whisky sour, mientras me hacía señas con la mano.
—Sabía que vendrías rápido—dijo con una sonrisa cansada, levantando su copa.
Me senté frente a ella, y mis ojos se posaron en la bebida que había pedido para mí: un gin tonic con rodajas de limón, fresco y cristalino, como si pudiera limpiar las sombras que me perseguían.
—Necesitaba esto —confesé, tomando el vaso entre mis manos y dejando que el frío del cristal me devolviera un poco de calma.
Marisol me observó con esa mirada que siempre parecía leer más allá de las palabras.
—Lo sé, Ale. Hoy fue demasiado… y no hablo solo del caso.
Sentí cómo mi pecho se apretaba. Ethan seguía allí, en mi mente, como un fantasma que no me dejaba respirar. El recuerdo de su voz preocupada en el estacionamiento me perseguía, y ahora, con el alcohol frente a mí, la tentación de hablar de él era casi insoportable.
—No quiero hablar de él —dije al fin, con un tono más brusco de lo que pretendía.
Marisol arqueó una ceja y bebió otro sorbo lento de su whisky sour.
—Entonces bebamos —respondió Marisol con ironía, y su sonrisa me arrancó una risa breve, aunque amarga.
Tomé mi primer trago de gin tonic. El sabor cítrico y amargo me recorrió la garganta como un recordatorio cruel de que la vida podía ser refrescante y despiadada al mismo tiempo.
Por supuesto, Marisol no pudo aguantar demasiado tiempo sin hacer la pregunta obvia, esa que llevaba en la punta de la lengua desde que me vio entrar.
—Entonces… —murmuró, girando el hielo en su vaso como si quisiera hipnotizarme— Ethan… ¿es él, verdad? Tu amor de hace años.
Sentí un nudo en el estómago. Pensé en ignorar su pregunta, en desviar el tema hacia cualquier otra cosa, pero conocía demasiado bien su vieja curiosidad. No se detendría hasta arrancarme la respuesta.
—Sí. ¿Cómo supiste? —pregunté, realmente sorprendida— Que recuerde, jamás te dije su nombre.
Marisol soltó una risa corta, cargada de complicidad.
—Pss, por favor, no fue necesario que lo hicieras. Hoy fue bastante fácil descifrar que se trataba de él —declaró mientras bebía un sorbo lento de su whisky sour.
—¿Ah sí? ¿Y cómo? —quise sonar desafiante, pero mi voz tembló apenas.
Ella me miró con esa expresión que siempre me incomodaba, como si pudiera leerme por dentro.
—Por la tensión sexual que se traen entre ustedes. Es palpable a kilómetros de distancia.
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Editado: 27.01.2026