Apuesta Mortal.

VII- No tienes derecho.

_“Algunas heridas no cicatrizan; se esconden bajo la piel, esperando el instante perfecto para sangrar de nuevo.” _

Miré mi reloj por cuarta vez y confirmé lo inevitable: la medianoche se acercaba con paso lento y cruel. Marisol había ido al baño para refrescarse, y yo decidí esperarla afuera, buscando en el aire fresco un alivio que el alcohol no me daba. La ligera sensación de estar flotando me envolvía, como si mis pies apenas tocaran el suelo.

—Quizá no sea una buena idea conducir hasta casa —murmuré, más para mí que para nadie.

Levanté la mano hacia el cielo, intentando atrapar las estrellas entre mis dedos. Pero la luz artificial de las farolas me cegaba, robándole al cielo su magia.

—¡Joder! Tantas farolas arruinan una bella noche… —bufé con frustración.

—¿Me decías? —la voz de Marisol me sacó de mis pensamientos. Se acercaba despacio, con esa costumbre suya de anunciarse antes de llegar a mi espalda. Desde aquella noche del incidente… había aprendido a hacerlo.

—Solo me quejaba de cómo, por nuestro afán de tenerlo todo iluminado, nos olvidamos de disfrutar de una noche estrellada.

—Oh, claro —respondió ella con indiferencia, como si no entendiera la nostalgia que me atravesaba.

Pero yo sí entendía. Mi mente me traicionó, llevándome a otra noche, años atrás, cuando Ethan me llevó al campo a ver las estrellas. Él estaba orgulloso de su primer auto, un Mustang clásico que necesitaba más reparaciones que gasolina. La pintura estaba descascarada, el motor rugía como un animal herido, pero él lo amaba. Y con el tiempo, yo también terminé amando ese auto, porque era parte de él… y de nosotros.

—Creo que mejor llamaré un taxi —dijo Marisol, inclinándose para recoger las llaves que había dejado caer al suelo.

—Sí, definitivamente esa sería una excelente idea —respondí, observando cómo sus manos temblaban.

Era la tercera vez que levantaba el llavero de la acera. Apenas lograba mantenerse en pie, así que fui yo quien detuvo un taxi.

—Lamento que no podamos compartirlo —dijo arrastrando las palabras, con una sonrisa cansada.

—No te preocupes, ya conseguiré uno para mí. Avísame cuando llegues a tu casa.

—Te lo prometo —respondió, antes de cerrar la puerta del taxi.

La escuché dar las indicaciones al conductor, y luego la vi desaparecer entre las luces rojas de la ciudad. Siempre vivíamos en extremos opuestos, nunca lográbamos compartir un taxi. Era como una metáfora cruel: siempre juntas, pero nunca en el mismo destino.

Me quedé sola en la acera, viendo cómo las luces traseras se alejaban. Supe entonces que no lograría encontrar un taxi para mí. Tenía dos opciones: caminar o llamar a Luca. Pero él seguramente estaría trabajando en el casino, y no quería interrumpirlo.

Así que me decanté por lo más simple: caminar. Con cada paso, la ciudad parecía más vacía, y mi mente más llena de recuerdos. Ethan, su auto, las estrellas… y la certeza de que, aunque intentara huir, él seguía persiguiéndome en cada rincón de mi memoria.

Llevaba apenas dos cuadras caminando cuando un sonido de bocina me sacudió la calma. Al principio lo ignoré, convencida de que no podía ser para mí. Pero la insistencia se repitió, cortando el silencio de la noche como un latigazo. Giré de reojo y vi el capó brillante de una SUV negra. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro mientras la camioneta se detenía junto a la acera.

Con pasos alegres me acerqué a la ventanilla del acompañante. El cristal comenzó a descender lentamente y mis labios se adelantaron a mi mente.

—Creí que estabas trabajando. ¿Ahora eres mi acosador? No era necesario que vinieras a buscarme…

Las palabras se congelaron en mi boca. Mi corazón dio un vuelco. Ese no era Luca.

El rostro que apareció bajo la tenue luz de la calle me dejó sin aire. Ethan.

—Te ves decepcionada —dijo con calma, arqueando una ceja con esa insolencia que siempre me desarmaba—. ¿Acaso esperabas a alguien más?

Sentí cómo la sangre me golpeaba las mejillas. Mi sonrisa se borró de golpe, reemplazada por un nudo de emociones que no sabía cómo disimular.

—No… yo… —balbuceé, odiando la fragilidad de mi voz.

Él me miraba fijo, con esa mezcla de ironía y curiosidad que me hacía sentir desnuda, como si pudiera arrancar cada secreto que me empeñaba en ocultar.

—¿Tu novio, tal vez? —preguntó, dejando caer la frase como una daga.

El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Mi pecho ardía. ¿Celos? ¿Reproche? No lo sabía, pero la forma en que lo dijo me hizo sentir culpable de algo que no había hecho.

—No tienes derecho a… —empecé, pero mi voz se quebró antes de terminar.

Ethan sonrió apenas, un gesto mitad burla, mitad desafío.

—No necesito derechos, Alessandra. No es como si me importara tu vida privada.

Sus palabras me atravesaron como un disparo. El recuerdo de su Mustang y de nuestro primer beso en su interior, de las noches bajo las estrellas, de todo lo que habíamos sido, se mezcló con la rabia de lo que ya no éramos.

—Estás equivocado —dije al fin, con un hilo de voz que intentaba sonar firme.

—¿Lo estoy? —replicó, inclinándose hacia mí, sus ojos grises brillando con una intensidad que me quemaba.

Me quedé paralizada, atrapada entre el deseo de huir y la necesidad de quedarme. El alcohol en mi sangre no ayudaba; todo se sentía más vivo, más peligroso, más cercano.

—Bien, en algo sí que no te equivocaste.

—¿En qué? —preguntó desafiante.

—Sí, te confundí con alguien más. Y ahora, viendo que no eres él, puedo seguir mi camino.

Enfaticé la palabra él, buscando una reacción en sus ojos. Pero si le molestó, o no, no lo demostró.

—Lamento haberte decepcionado, Moretti. Solo te vi salir del bar con tu amiga y me quedé esperando.

—¿Esperando qué, exactamente?

—Quería corroborar que eran lo suficientemente listas como para no conducir hasta sus casas en estado de ebriedad —dijo él con una sonrisa socarrona.




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