Apuesta Mortal.

VIII- Sorpresa, sorpresa.

_“Algunas verdades no se gritan, se clavan en silencio… y arden más que cualquier mentira.”_

Ethan conducía con esa destreza que siempre lo había caracterizado, como si las calles abarrotadas de Las Vegas fueran un tablero que él dominaba a la perfección. El silencio entre nosotros era tan incómodo que hasta la voz desgarradora de Adele en la radio parecía un alivio. Mis ojos se fijaron en el tablero: la calefacción estaba encendida, pero aun así, la piel de gallina recorría mis brazos. Me los froté con las yemas de los dedos, intentando disimular el temblor.

—Sigues siendo igual de friolenta —murmuró Ethan, subiendo un poco más la calefacción.

—No te preocupes, estoy bien —sentencié, sin mirarlo, con un tono seco que pretendía ser firme.

Me obligué a fijar la vista hacia el frente. Mi edificio ya se veía a lo lejos, como un faro que prometía refugio.

—Deberías salir con un abrigo extra, para cuando refresque —continuó él, ignorando mi desaire.

Sus palabras me golpearon como un eco del pasado. Recordé cada noche en que me cedía su chaqueta, aunque eso significara que él mismo pasara frío. Recordé su sonrisa, sus manos ajustando el abrigo sobre mis hombros, y sentí las lágrimas queriendo abrirse paso. No. No frente a Blackwood. Me refregué los ojos con disimulo y lancé un bostezo, fingiendo cansancio.

—Eso es otra cosa que no has dejado de lado —dijo con voz tranquila—. Sueles quedarte hasta tarde y luego…

—¡Basta! —exploté, girando hacia él con rabia contenida—. ¡Ya deja de hacer eso!

—¿Qué cosa? —preguntó con falsa inocencia, mientras ingresaba al estacionamiento subterráneo.

—¡Traer a colación viejos recuerdos! ¡Costumbres! No tienes derecho a hablar de lo que fuimos, ni de cómo era yo.

—Yo no…

—¡Sí! ¡Sí que lo haces, Ethan! —mi voz se quebró, mi pecho subía y bajaba con violencia—. Cada vez que hablas del pasado es como si me clavaras una daga en una herida que nunca cicatrizó. Y duele. Cada palabra tuya… duele.

Él me miró a los ojos, y en ellos vi mi propio reflejo: mi rostro contorsionado por el dolor, mis lágrimas al borde de caer. Aparté la mirada, pero no sin antes ver el mismo dolor reflejado en los suyos.

—Lo siento, Le… Alessandra —susurró, corrigiéndose a mitad de camino—. No era mi intención.

—Lo sé. Nunca caerías tan bajo. Pero inconscientemente… me estás hiriendo.

El silencio que siguió fue aún más incómodo que el anterior. Tomé mis cosas y abrí la puerta. Antes de bajarme, lo miré una última vez. Él me observaba con curiosidad, como si buscara leerme.

—No fui yo quien se marchó, Ethan. Fuiste tú.

No esperé su respuesta. Cerré la puerta de golpe y caminé hacia el ascensor, ignorando al guardia nocturno. El aire del edificio me pareció más pesado que el de la calle. Subí al ascensor y lancé un suspiro al vacío, pero antes de que las puertas se cerraran, alguien entró.

No necesité verlo. Su aroma me envolvió como un recuerdo imposible de borrar.

—No es necesario que me acompañes hasta la puerta —dije, con voz firme.

—Lo sé —respondió escuetamente.

—¿Entonces por qué lo haces?

—¿Quién dijo que estoy acompañándote a tu casa? —su tono burlón me crispó los nervios.

Lo fulminé con la mirada, lista para cantarle las cuatro verdades, pero su móvil sonó. Él lo miró y una sonrisa divertida se dibujó en su rostro, rejuveneciéndolo de repente.

—Miranda, no era necesario que me llamaras —dijo con calma. Mi corazón se detuvo. El nombre me golpeó como un puñal.

—Sí, ya estoy llegando a casa —continuó, con una pausa que me desgarró por dentro.

Mi ceño se frunció. ¿Quién era esa tal Miranda? ¿Vivían juntos? ¿Ya tenían un hogar?

—No, fue un día tranquilo. En cuanto llegue al apartamento te pondré al corriente. No es necesario hablar por llamada —otra pausa—. Bien, hablaremos allí.

Colgó. Yo estaba ansiosa por bajarme del ascensor. Nunca un trayecto me había parecido tan largo. Cada segundo era un tormento, cada palabra suya un recordatorio de que quizá ya no era parte de su vida… y que alguien más ocupaba el lugar que alguna vez fue mío.

El ascensor emitió el sonido metálico que anunciaba nuestra llegada y las puertas se abrieron con un suspiro. Salí disparada como si el piso pudiera devorarme si me quedaba un segundo más allí. Mi corazón latía con fuerza, ansioso por escapar de la tensión que me asfixiaba. Solo cuando me detuve frente a mi puerta, con las llaves temblando en mi mano, me di cuenta de que Ethan había estado conmigo todo el trayecto. Estaba a unos metros, observándome con esa diversión insolente que me sacaba de quicio.

—¿Por qué estás aquí? —pregunté abruptamente, con la voz cargada de reproche—. Según recuerdo, dijiste que no me acompañarías hasta la puerta.

—Y no lo estoy haciendo —respondió con calma, mientras se acercaba… pero no a mí, sino a la puerta contigua.

Lo miré confundida, con el ceño fruncido.

—¿Qué haces? —lo interrogué, incapaz de ocultar mi incredulidad.

—¿No es obvio? —me devolvió la pregunta con una sonrisa ladeada—. Estoy entrando a mi apartamento.

—No… de ninguna manera… —mi voz se quebró entre sorpresa y rabia.

—Tranquila —dijo, alzando las manos como si quisiera apaciguarme—. No es que te esté acosando. Mi superior fue quien se encargó de conseguirme dónde vivir.

—¿En serio? —alcé una ceja, buscando cualquier señal de mentira en su rostro.

—Créeme, también me sorprendió saber que seremos vecinos —su tono era ligero, casi burlón, pero sus ojos tenían un brillo que me desarmaba—. No te preocupes, no notarás mi presencia. Que descanses, Moretti.

Pronunció mi apellido con esa frialdad que me atravesó como un cuchillo. Sin más, abrió la puerta del apartamento 3005 y desapareció en su interior.

Me quedé de pie frente a la mía, con las llaves aún en la mano, sintiéndome una idiota. El pasillo estaba en silencio, pero dentro de mí todo era un caos. Íbamos a ser compañeros de trabajo y, ahora también vecinos. Vecinos. Ethan y yo, separados apenas por una pared y dos terrazas contiguas. La idea me revolvía el estómago y me aceleraba el pulso. No podía creerlo. No quería creerlo. Y sin embargo, ahí estaba: el destino jugando su partida más cruel.




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