_“En la frontera entre la amistad y el deseo, un solo roce puede cambiarlo todo.”_
El café logró despejar mi mente y las aspirinas calmaron el dolor de cabeza, pero ni el mejor maquillaje podía disimular las ojeras ni los ojos hinchados. Una noche de bar mezclada con los recuerdos de tu primer amor, narrados por él mismo, era suficiente para destrozar cualquier intento de calma. Entre lágrimas y rabietas había pasado la madrugada, y aun así me repetía que no dejaría que Blackwood me afectara. Fingiría que solo era un colega más. Qué fácil era decirlo, qué imposible hacerlo.
Salí de mi apartamento con los dedos cruzados, rogando no cruzarme con él. Por una vez, los dioses parecían estar de mi lado: logré salir del edificio sin encontrarlo.
Mis ojos buscaron la SUV al otro lado de la calle. Bastó verla para que mi pecho se relajara. Luca bajó del vehículo con esa actitud vigilante que lo hacía parecer un guardián, escaneando cada rincón como si el mundo entero fuera una amenaza. El pobre debía pensar que me había pasado algo. Para tranquilizarlo, levanté la mano y lo saludé con entusiasmo antes de cruzar.
A mitad de la calle, un escalofrío me recorrió la columna. Sentí la mirada invisible de alguien sobre mí, un hormigueo que erizó los vellos de mis brazos. Mis ojos buscaron alrededor, pero no vi nada.
—Lessa, ¿qué pasa? —preguntó Luca al alcanzarme.
—Seguramente solo estoy paranoica —respondí, intentando sonar despreocupada, aunque mi voz tembló.
Decidí ignorar el malestar y concentrarme en él.
—¿Estás muy apurado para ir a trabajar? —pregunté, con un tono vago.
—Depende —su voz era seria, pero sus labios temblaban, conteniendo una sonrisa.
—¿Depende de qué?
—De si debo ir a la farmacia por tus toallas femeninas como aquella vez… entonces sí, estoy más que apurado —sus ojos celestes brillaron con la diversión de un niño travieso.
—¡Oye! —le grité, golpeando su brazo—. Fue solo una vez y era una emergencia.
—Ya, pero sabes que bromeo —su voz se tornó grave de repente—. Si alguna vez lo necesitas otra vez, lo haré. Estoy aquí para ti, cuando y donde sea. Para lo que sea.
Sus palabras me atravesaron con una mezcla de ternura y peligro.
—Lo sé. Como siempre ha sido —dije, recordando las incontables veces que me había salvado.
—Jamás lo olvides.
Me perdí en sus ojos, en esa determinación que parecía prometerme un refugio eterno. El trance se rompió de golpe.
Un rugido metálico nos alcanzó desde atrás: una motocicleta apareció de la nada, acelerando como un demonio desbocado. El sonido del motor me perforó los oídos y el viento me azotó el rostro. En un segundo, vi el reflejo del casco, el destello de la luz, y comprendí que estaba en su trayectoria.
—¡Alessandra! —la voz de Luca fue un trueno.
Su brazo se cerró alrededor de mi cintura con una fuerza que me arrancó el aire. Me tiró hacia él con un movimiento brusco, mi cuerpo chocó contra su pecho y el mundo se redujo a ese instante. El motociclista pasó rozándonos, tan cerca que sentí el calor del escape quemando el aire. Una maldición salió disparada de su boca, pero yo apenas la escuché: estaba atrapada en el abrazo de Luca, con el corazón golpeando como un tambor descontrolado.
Su cuerpo era un muro contra el peligro, firme, sólido, ardiente. El calor que emanaba me envolvía, y cada punto de contacto entre nosotros era un incendio que se propagaba sin permiso. Mis manos se aferraron a su chaqueta como si soltarlo significara caer al vacío.
—¿Estás bien, Lessa? —su voz llegó a mi oído, grave, cargada de preocupación. Su aliento cálido me recorrió la piel como una caricia abrasadora, encendiendo todas mis terminaciones nerviosas. Una alarma interna me gritaba que aquello era peligroso, que no debía sentir lo que estaba sintiendo.
—Sí —susurré apenas, con la garganta cerrada. Pero él me escuchó. —Seguro, estoy bien. Gracias por eso.
—Tonterías. No debes agradecerme. Mi trabajo es protegerte —sus palabras sonaron como una resignación amarga, como si quisiera convencerse de que solo era eso: trabajo.
—Claro. Es tu trabajo.
Me soltó despacio, con una delicadeza que me hizo dudar si realmente quería dejarme ir. Por un segundo, juré que su mano acariciaba el cabello que escapaba de mi coleta. Tal vez era mi imaginación, o tal vez era él.
Nos quedamos mirándonos, atrapados en un silencio que decía demasiado. El rugido de la motocicleta ya era un eco lejano, pero el temblor en mi pecho seguía ahí, recordándome que el verdadero peligro no había pasado: estaba justo frente a mí, con unos ojos celestes que podían desarmarme en cualquier momento.
—De todas formas —me aclaré la garganta, intentando romper el silencio y la tensión—, a lo que vine es a pedirte un aventón al trabajo.
—¿Qué hay de tu auto? —preguntó Luca, arqueando una ceja, con el ceño fruncido—. ¿Acaso está descompuesto?
—No… —solté una risa nerviosa—. En realidad fui yo la que se descompuso. Anoche salí a beber con Marisol… y ya sabes.
—Claro —respondió con una sonrisa ladeada, retrocediendo hacia la puerta de su lado—. Puedo imaginar que te bebiste hasta el agua del florero.
—No seas tan exagerado. No bebo tanto… bueno, no siempre bebo tanto —me corregí, recordando ciertas excepciones. Como aquella noche en que casi lo besé. El recuerdo me golpeó con fuerza y lo aparté de mi mente antes de que me delatara.
Caminé hacia la puerta del copiloto.
—Entonces, ¿puedes llevarme?
—Claro. Sube.
Ya estaba dentro, y me abrió la puerta desde el interior con ese gesto protector que siempre lo caracterizaba. Subí y él encendió el motor. Se colocó el cinturón de seguridad con naturalidad, mientras yo luchaba con el mío, que se trababa como si se negara a cooperar.
—Aquí, déjame —dijo, soltando su propio cinturón y acercándose hacia mí.
Su movimiento fue rápido, pero la cercanía me golpeó como un relámpago. Su cabello rozó mi mejilla mientras tiraba del cinturón, y el calor de su cuerpo me envolvió. Ajustó la hebilla con firmeza y se inclinó apenas para asegurarse de que quedara bien.
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Editado: 27.01.2026